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Andrés Roemer

¿Se puede comprar la felicidad?

El Dr. Andrés Romer es periodista, escritor, conductor de televisión, politólogo, presentador de noticias, filántropo e intelectual. Nieto ...

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    20 de febrero de 2010

     

    Dan Gilbert, Eduard Punset y Daniel Kahneman sostienen que después de cierto nivel de ingreso (que para Kahneman es aproximadamente 60,000 USD anuales en EU y cubre las necesidades básicas) con dinero no se puede “comprar felicidad”. Que sí se puede teniendo una buena relación de pareja, o teniendo nietos, pero con más ingresos uno no es más feliz; mientras que menores ingresos a los 60,000 (para el caso norteamericano), sí te hace más infeliz y miserable.

     

    En palabras de Punset, “un vaso de vino le hará sentir muy bien, dos le harán sentir maravillosamente, pero cien vasos no le harán sentir mejor”. Considerando esto, el dinero es importante para la felicidad cuando permite pasar de la pobreza a la clase media pero conforme los ingresos aumentan, su importancia disminuye.

     

    Si es verdad, ¿en qué piensan los que cambian a sus amigos por más horas de trabajo? Sucede que la mayoría no trabaja sólo por dinero sino por hacer o demostrar algo. Para Clotaire Rapaille, el ingreso es un buen indicador de éxito en EU, equiparable a los títulos nobiliarios de Europa. Después de cierto ingreso ya no se trata de lo que puedo comprar, sino de ver quién gana el juego.

     

    Estudios —entre ellos los de Michael Marmot— dan cuenta de que tanto la felicidad como la salud están asociadas con el estatus. No obstante, Kahneman escribió para Edge Foundation que los humanos evalúan su vida mediante un promedio común de prosperidad material, lo cual cambia a medida que incrementa el PIB. La conclusión implicada es que los ciudadanos de distintos países no se adaptan a su nivel de prosperidad como se pensaba.

     

    Estos estudios omiten cuatro elementos de análisis: (I) lo que se define como “economía posicional”, donde la felicidad de uno no depende sólo de los ingresos absolutos y del poder de compra, sino de los ingresos relativos que uno tiene en referencia al otro con quien uno se compara. En el ejemplo de Punset, la utilidad de vino no radica únicamente en la utilidad que al margen me da una copa adicional dadas las ingeridas anteriormente, sino de cuántas —y de qué precio y calidad— ingiere mi amigo en referencia. Es decir, los economistas deben ponderar el tema de la envidia, el éxito y el poder en su tema de análisis.

     

    (II) A diferencia del vino, el dinero se transforma en todo tipo de bien. Lo cual hace de la ley de utilidad marginal decreciente, expuesta por Eduardo Punset, —en el caso del dinero— un argumento inoperante.

     

    (III) El dinero, si tuviese una marginalidad, es creciente o aleatoria, no decreciente. El tener un peso adicional y llegar al 100 mil del 99 mil 999 genera sicológicamente mayor utilidad que pasar del 99 mil 998 al 99 mil 999.

     

    (IV) Mayores ingresos generan mayor estatus con el grupo de referencia inicial. Probablemente al generar mayores ingresos, una persona se incorpora al “club de ligas mayores” como el más pobre del mismo y pierde su relevancia al ser el más rico del “club de ligas menores”. Ello le puede ocasionar menor felicidad porque el estatus se correlaciona con la felicidad.

     

    Es decir, alguien puede ser el más rico de un pequeño país caribeño pero si quiere vivir en Nueva York probablemente ya no se sienta tan satisfecho con sus logros, incluido su nivel de ingreso. Asimismo, Kahneman deja de lado la relatividad con la que definimos nuestra vida. Dan Ariely sostiene en su obra, Predictably Irrational, que nuestra mente está de alguna forma diseñada para fijar puntos de referencia que nos permitan valorar las cosas. ¿Cómo saber si algo es caro o no?

     

    Pero la pregunta es: “¿qué es la felicidad?”, muchas respuestas existen; pero sin duda un acuerdo es que la felicidad es una sensación no permanente, un tropiezo, un proceso, un camino, no una meta, una experiencia, un recuerdo, o una expectativa de lo que se va a vivir. Por otro lado, si Kahneman nos comparte que más dinero no te hace más feliz, pero sí te hace un ser más satisfecho, me pregunto: ¿la satisfacción no se correlaciona significativamente con la felicidad?

     

    Doctor en Políticas Públicas.

     

     



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