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Sandra Lorenzano

Los paparazzi del horror



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    30 de enero de 2010

    Salvador Cabañas desangrándose en el piso del bar. Fragmentos de seres humanos que asoman por entre las ruinas de Puerto Príncipe. Esqueletos amontonados en Auschwitz (fotografía que reaparece cada 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto). Decenas de niños bombardeados en Palestina. Cuerpos, cuerpos, cuerpos. Muertos o moribundos. Desgarrados, heridos, violentados, torturados. Las imágenes nos llegan a través de los medios de manera cotidiana.

    Los periódicos, la televisión, y ahora Twitter y Facebook se suman al show de la muerte. Los paparazzi del horror no pierden ocasión de registrar la sangre. Todos podemos hacerlo desde nuestros teléfonos celulares. ¿De qué se trata? ¿De documentos históricos? ¿De responsabilidad informativa? ¿De amarillismo? ¿De morbo? ¿Hasta dónde es éticamente responsable mostrar la violencia? ¿Dónde empiezan la apología y el regodeo?

    ¿Y qué sucede con los espectadores? ¿En qué medida las imágenes ayudan a sensibilizarnos hacia lo atroz? ¿O será, por el contrario, que el exceso nos va volviendo insensibles?

    Esta semana, a raíz del caso del futbolista paraguayo, el tema ha resurgido con fuerza. En este mismo periódico, Gabriela Warketin se preguntaba sobre la necesidad o pertinencia de publicar las fotografías de Cabañas que alguien tomó y vendió inmediatamente.

    Quizás sea buen momento para traer al debate el estupendo libro de Susan Sontag, Ante el dolor de los demás. Se trata de un ensayo sobre la guerra, sobre la violencia, y sobre el modo en que se representan. ¿Qué sucede cuando las imágenes sangrientas se convierten en un lugar común? A diferencia de lo que ella misma proponía en su clásico libro de los años 70, Sobre la fotografía, en el que pugnaba por una “ecología de las imágenes”, en éste, uno de los últimos trabajos que escribió antes de su muerte, sostiene: “Debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan. Aunque sólo se trate de muestras y no consigan apenas abarcar la mayor parte de la realidad a que se refieren, cumplen no obstante una función esencial. Las imágenes dicen: Esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer...”.

    Es en este sentido que Susan Sontag propone leer, por ejemplo, las fotografías de los soldados estadounidenses torturando a los prisioneros iraquíes. Esas imágenes, de algún modo nos hacen cómplices de la “diversión” de las tropas invasoras. Finalmente no son tan diferentes a la pornografía que circula por internet, o a las escenas de violencia que muestran constantemente la televisión, los videojuegos, o las “snuff movies”.

    Lo que se está perdiendo ante la profusión amarillista de fotografías del horror es la fuerza moral que deberían contener las imágenes. Algo que nos obligue a detenernos a reflexionar. Pero ¿cómo? Sabemos que el dolor de los demás puede convertirse en mercancía: se usa y se tira. No queda huella, no hay memoria. Nuevas fotos sustituyen a las anteriores.

    Recuerdo ahora una obra que el artista Alfredo Jaar creó a partir de las más de tres mil fotografías que tomó en Ruanda en 1994, después del genocidio. La idea de mostrarlas le pareció intolerable: podían verse como una apología de la violencia, o quizás – peor aún - sólo como una ilustración del periódico del día. Así que decidió guardarlas en grandes cajas negras dispuestas en el piso, casi como lápidas, iluminadas por una luz tenue, y en cada caja puso una descripción de la foto que estaba en su interior.  Frente al “mercado” mediático, Jaar eligió el silencio de la ausencia de imágenes.

    Tal vez él tenga razón y lo único que podamos hacer para volver a conmovernos sea encerrar, cada tanto, en cajas negras los rostros del horror.



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