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Sandra Lorenzano

Brother, I’m dying



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    16 de enero de 2010

    Escucho las noticias que llegan de Haití, leo los reportes, los artículos, las entrevistas, los mensajes que mandan por Twitter. Miro los videos y las fotos de la tragedia. Digo qué horror, qué horror, qué horror… Tres veces a modo de conjuro. Hablamos a la Embajada. Juntamos agua, medicinas. Sigo diciendo qué horror. Hace dos días fuimos a ver qué sucedía en los albergues del GDF. La gente se está muriendo en las calles por el frío. No hay comida suficiente. No hay abrigos. Eso es acá, no en Haití. En esta ciudad nuestra, también nos topamos con el horror. Pero hoy es Haití. Una desgarradora foto de un hombre llorando con un bebé muerto en brazos. Hay cien mil muertos, dicen. Se abren las antiguas fosas y se echan los nuevos cadáveres. No hay cómo juntar tantos.

    Camillas improvisadas y palas mecánicas funcionan por igual. Se cayó un hospital. Se cayó una guardería. Las madres esperan tensas sentadas en sillitas frente a un edificio en ruinas. Pienso en Hermosillo. En los niños de la guardería ABC. Pero hoy es Haití. Las imágenes que llegan nos dejan sin aliento, sin habla. El silencio quiere ser solidario. No me alejo de la pantalla, como si en saber qué está pasando también a mí se me fuera la vida. Me encuentro con una mujer de rostro redondo y ojos de una vivacidad impresionante. Pareciera tener menos de treinta años. La escucho hablar en un video de youtube. Nació en Puerto Príncipe. Es una conferencia que dio en alguna universidad de Estados Unidos, donde vive desde los doce años. Su voz tiene el aplomo de quien ha pasado por todo; de quien ya está de vuelta. La voz de los que no tienen voz, la llaman algunos. La voz del país más pobre del hemisferio occidental. La voz de ese pequeño territorio que fuera el primero en abolir la esclavitud. El país bañado de sangre por Papa Doc y por su hijo. El país de Aristide y de las galletas hechas con lodo y manteca cuando no hay más que comer. Pero también el país de René Depestre, de Jacques Roumain, de Mimi Barthélémy y de tantos otros maravillosos escritores. Y allí nació Edwidge Danticat, una mujer que escribe de desarraigos, de discriminación, de cuerpos marcados. Una mujer que denuncia a través de una lengua hecha de poesía y dolor. Brother, I’m dying es el título de uno de sus últimos libros. En él relata la muerte de su tío, el Reverendo Joseph Dantica (la “t” final en el apellido de Edwidge se debe a un error de escritura en el acta de nacimiento de su padre), a los 81 años cuando se encontraba en custodia en el Krome Detention Center de Miami por tratar de ingresar a Estados Unidos, de manera legal. Anualmente 300 mil personas son detenidas por el Departamento de Seguridad Interna. El Reverendo Dantica decidió dejar su país después de un tiroteo entre la policía haitiana y los cascos azules de Naciones Unidas en su propia iglesia, la que él mismo había construido. Al llegar a la Florida, fue acusado de “fingir” la enfermedad cardiaca que lo aquejaba y se le retiraron todos los medicamentos. Murió a los pocos días. La joven escritora haitiana escribe, a partir de esta historia, un conmovedor testimonio sobre las injusticias que padecen los inmigrantes. Premiada en numerosas ocasiones, Edwidge, quien llegara a Nueva York a reunirse con sus padres a los 12 años, sin hablar una palabra de inglés, se ha convertido en un referente insoslayable cuando de nueva literatura americana se trata. Desde su primera novela, la melancólica Breath, Eyes, Memory, publicada en 1994, hasta sus declaraciones sobre las consecuencias del terremoto que asoló Haití (“esto es el Apocalipsis para este pequeño y abusado país”), el compromiso de Danticat con su gente y con todos aquellos que pasan por situaciones de injusticia, de carencias, de maltratos, es fundamental en su vida y en su escritura.

    Hoy, que tantos y tantos haitianos murmuran “Brother, I’m dying”, el horror vuelto palabras por la literatura se vuelve imprescindible plegaria.



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