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Gabriel Guerra

El retorno del miedo

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...

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    11 de enero de 2010

    Cuando los estadounidenses comenzaban a acostumbrarse a vivir semialertas y podían darse el lujo de estar en dos guerras simultaneas sin sentir las consecuencias en carne propia, el frustrado atentado navideño en el vuelo 253 de Northwest prendió de nuevo los focos de alarma y desató los temores de un sistema y una sociedad que aparentemente no saben vivir sin miedo.

    Más allá de los detalles —de sobra conocidos- acerca de la manera en que un joven nigeriano estuvo literalmente a un tris de hacer volar el avión en su aproximación a Detroit—, es destacable la manera en que puso en evidencia las fallas de los sistemas de seguridad en EEUU, y las severas deficiencias de un aparato de inteligencia que se precia de ser de los mejores del mundo pero no puede procesar información mínimamente confiable.

    A partir del 11 de septiembre de 2001, el gobierno estadounidense apostó por tres caminos que —en paralelo— debían garantizar que tanto su espacio aéreo como su aviación civil estuvieran a salvo de posibles imitaciones. Los ataques del 11 de septiembre no sólo cumplieron con el objetivo de los terroristas, sino que además lograron sembrar el temor y la duda hasta afectar la vida cotidiana de las personas, que no sólo de los gobiernos, a los que busca atacar.

    Así, más que el numero de víctimas mortales, que por sí mismo puede llevarnos a un debate de fondo acerca de si están o no justificados y bien empleados los recursos destinados al combate al terrorismo, lo verdaderamente trascendente del 11 de septiembre fue cómo transformó la manera en que la gente viaja y se comporta tanto en EEUU como en muchos de sus países aliados y de otros que sólo tienen en común o una frontera o una comunidad de expatriados viviendo allí.

    Fueron tres los caminos escogidos por EEUU (y en menor medida por aliados como Gran Bretaña y otros). El primero, reforzar los sistemas de recolección, procesamiento y análisis de información para detectar y detener a terroristas en potencia. Esto, que es trabajo de inteligencia, ha demostrado ser un gran oxímoron, una contradicción, que ha generado el efecto de hacer creer a muchos funcionarios que han logrado mejorar la seguridad. El segundo consistió en establecer nuevos y mucho más estrictos mecanismos de revisión a equipaje y a pasajeros, lo cual ha generado altísimos costos a la industria de la aviación, serios inconvenientes e incomodidades a los pasajeros y una creciente paranoia ante su ineficiencia.

    Muestras de ello hay muchas, desde los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid y los del 7 de julio del 2005 en Londres hasta los casos en que atentados frustrados por la torpeza e inexperiencia de los terroristas o por las reacciones heroicas de pasajeros o tripulaciones. El caso reciente de Northwest es el más notorio, pero no olvidemos el del “terrorista del zapato”, Richard Reid, quien intentó detonar una bomba oculta en sus tenis apenas dos meses después de los atentados del 11 de Septiembre del 2001, casi ocho años exactos antes del más reciente intento fallido.

    La tercera vía fue para el gobierno de George W. Bush una obsesión y es ahora una herencia para el aun novato Obama (quien sorprendentemente mostró un tono verde en su reacción inmediata a este incidente) fue la de declararle la guerra, formal y en forma, a las organizaciones terroristas y a los países que real o supuestamente las albergaban.

    Sabemos a lo que ha llevado esa estrategia: una guerra fallida y basada en premisas falsas en Irak; un pantano cada vez más inescapable en Afganistán, y la demostrada capacidad de Al Qaeda y otras organizaciones de moverse con gran agilidad de un lugar a otro. Mientras tanto, países que estaban relativamente al margen se encuentran hoy bajo la amenaza no sólo de los terroristas, sino del colapso institucional e incluso de la implosión, como podría ser Paquistán.

    Lo intentado hasta hoy no ha resultado. La respuesta parece ser más de lo mismo, no obstante la evidencia abrumadora de que el costo es muy superior a cualquier beneficio, y que los afectados tanto en lo sustancial como en lo cotidiano son centenares de miles o millones de personas, todo para detener a un enemigo que ha mostrado su maldad pero no siempre su efectividad.

    Qué paradoja que la mejor línea de defensa contra el terrorismo hasta el momento haya sido la ineptitud de sus operadores.

     

    gguerra@gcya.net www.twitter.com/gguerrac

    Internacionalista

     



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