aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




Élmer Mendoza

David Toscana



ARTÍCULOS ANTERIORES


    11 de noviembre de 2009

    Que la vida es una farsa contada por David Toscana, parece ser una de las premisas de su novela Los puentes de Königsberg (Alfaguara, julio 2009). Otra podría ser que, tanto el tiempo como el espacio, son ilimitados y los personajes pueden moverse a su aire por donde les pegue la gana. Al fin de cuentas son un símbolo.

    David Toscana, nacido en Monterrey, México, en 1961, es un narrador emblemático de nuestro tiempo. De imaginación desbordada, sus extraños y terribles universos no se constriñen en la espectacular mezcla de contrarios, como en esta novela, donde el símbolo del sacrificio siempre está presente: “Cuando las guerras se ganan, las ganan los hombres; cuando se pierden, las pierden las mujeres”. A pesar de los esfuerzos de Andrea, Nicole y Roberta, las mujeres son el símbolo de la derrota.

    Por los autores que se recuerdan durante la lectura, Goran Petrovic por ejemplo, Toscana se ha acercado a la tradición literaria de la Europa oriental con éxito; no sólo en la ruptura del espacio, los personajes tanto están en Königsberg como en Monterrey, sino en una profunda ironía que de vez en cuando se desborda, cuando señala que Monterrey sólo tiene un río seco y un puente, mientras que Königsberg posee siete puentes y un río donde viajan las señales de la suerte que han tenido sus ejércitos en la guerra. “No hay distancia entre Königsberg y Monterrey”, escribe Toscana, aunque se resiste a establecer numerosas similitudes: “La ciudad crece y con eso aumentan los imbéciles”, remata en una comparación terrible entre los regios y los hombres que habitan la tierra de Immanuel Kant.

    Steiner, hablando de Beckett, expresa que “En ciertos momentos de la literatura, un determinado escritor parece personificar la dignidad y la soledad de toda la profesión.” De Toscana se puede decir lo mismo. Es también, como el irlandés, oficio hasta la última fibra de su ser.

    En una novela como ésta, donde es más importante ocultar que mostrar, sólo es posible escribirla si se llevan los demonios de la mano. Y para llevar los demonios de la mano, se requiere tiempo y un dominio exhaustivo de un arte de narrar que consiga un discurso que nos comparta el poder de una imaginación desbocada.

    Es 1945. Hay una zanja en Monterrey que es trinchera en Polonia donde los personajes se resguardan. Hay seis muchachas que son botellas. ¿No son las botellas un símbolo eterno desde que fueron inventadas? Perfume, pócimas, medicinas, líquidos embriagantes, juego que desnuda, baile, máquina del tiempo y ahora muchachas. Jóvenes que se han perdido junto con una monja personificada por una botella de rompope. ¿Personificada dije?

    Pues sí, porque en este juego fársico y teatral, Floro, como él dice: “Soy el director y escritor; soy los actores”. Y en un momento también es David Toscana, es el alma del movimiento en una novela donde casi todo es representación.

    Desgrana agudos cuestionamientos a los contemporáneos: “Los hombres llenos de excusas no son hombres”, “Dios no sabrá nunca amar a una mujer”, como parte de la mirilla de observación que desarrolla.

    Los puentes de Königsberg es un gran montaje. Un viejo actor ayudado por el alcohol va de las figuras que ha encarnado a sus asuntos. Ama a Laura, el único personaje que parece estar fuera de la trama, pero ella le cierra la puerta. Ver a Laura de vez en cuando no fue suficiente para que Floro evitara desvanecerse en escena, y ser llevado por sus amigos al Lontananza, uno de los mitos toscanianos, en vez de a un hospital.

    El asunto de los puentes, de cómo andarlos todos sin repetir mientras se cruza el río Préguel, se plantea como un acertijo que debe resolver Gortari, el joven personaje, que a través de su maestra Andrea se engancha en la pieza que Floro irá creando página tras página, y que representa uno de los misterios de la novela.

    Desde luego es una novela que se inventa a sí misma pasando de un espacio, tiempo o tema a otro, con pasmosa facilidad.

    En el fondo, aparece la invasión soviética a Polonia que dentro de las cosas terribles que provocó, estaba el cambio de nombre de Königsberg. Toscana juega, inventa y reinventa. El mapa se distorsiona con las sombras de habitantes de otras historias. Al final es una fotografía del horizonte en un lago apacible donde el reflejo y lo real se imbrican.

    Como acostumbra, logra un discurso ágil, sustentado en la calidad de los capítulos cortos. Sólo se abandona la novela cuando se requiere reflexionar sobre la vida y sobre las posibilidades que tiene una mujer hermosa que se ha convertido en botella de vino, a la que se puede besar e incluso babear en el paroxismo del amor.



    ARTÍCULO ANTERIOR
    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


    PUBLICIDAD.