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Sandra Lorenzano

Mencionarlos a todos



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    25 de octubre de 2009

    Mientras escribo estas líneas llega la noticia: 20 asesinados más hoy en nuestro país. ¿Quiénes eran? ¿Cómo se llamaban?

    “Yo quería mencionarlos a todos por su nombre”, escribe Ana Ajmátova en el poema “Réquiem”. Escrito como homenaje a las víctimas de la violencia del Estado en la Rusia de Stalin, en él están su marido que murió fusilado, el hijo encarcelado en Siberia, los amigos muertos en los campos de concentración y su propio dolor.

    Del silencio a la denuncia, Ajmátova (apellido que recupera el de su abuela tártara, ya que su padre le prohibió publicar versos con el nombre de la familia) sabe que es necesario nombrar a aquellos que han sido despojados de su identidad para recordarlos, para volver a darles un rostro, para restituirles la humanidad que han pretendido arrebatarles.

    “Y les daré un nombre eterno”, dice Isaías, y Claude Lanzmann inicia con esa frase su película Shoa, quizás el film más importante que se ha hecho sobre este tema. Ana Ajmátova escribe para mencionarlos a todos, para reconocer cada nombre secreto, cada nombre eterno: el de su hijo, el de su compañero, el de Osip Mandelstam; “Quién sabe al decir esa palabra —adiós— cuánta separación nos aguarda”, había escrito el poeta ruso.

    Candidata a un Premio Nobel que jamás recibió, se negó a quedarse callada a pesar de las amenazas, a pesar de los muertos queridos. Y hoy se me cruzan su imagen y sus palabras mientras leo a Herta Müller, ella sí recientemente premiada.

    “Mencionarlos a todos”. Alguien me comentaba que lo que le había resultado más fuerte, o quizás más incómodo, del monumento construido en Berlín a las víctimas judías del nazismo (monumento que tanta polémica generó: por el costo, por el concepto, por el uso de una pintura antigraffiti fabricada por la misma empresa que hacía el Zyklon B, con el que se asesinaba en las cámaras de gas) era justamente la ausencia de nombres. No hay nombres ni huella de los cuerpos: todo es brutalmente aséptico.

    Nombrar es reconocer al otro, es darle carne, piel, existencia. El primer gesto de cualquier autoritarismo es borrar el nombre propio de la víctima, buscando así la despersonalización que la convierte en un número más, en una pieza del engranaje. El mecanismo continúa incluso después de la muerte: fosas comunes, tumbas NN, cuerpos convertidos en humo, como decía Paul Celan. Nombrar es un modo de recuperar los restos, de darles sepultura. Nombrar es resistencia y memoria.

    ¿A quién nombra Herta Müller? La suya es la voz de una minoría: los alemanes en Rumania. Es también la de quienes vivieron oprimidos por el régimen de Nicolai Ceaucescu.

    Cuentan que su obra En tierras bajas fue censurada por el gobierno rumano; entre otras cosas, “borraron” (como se borran los nombres, como se borran los cuerpos) todas las palabras vinculadas con viajes (maletas, trenes, etcétera), para “evitar que el pueblo sea inducido a dejar su patria” (sic).

    A través de las imágenes descarnadas que relata una niña sobre la vida campesina de una comunidad suava, la autora construye un fresco brutal de la realidad de su gente. La violencia dentro del hogar, la suciedad, los engaños, la falta de afecto y de solidaridad. Finalmente el objetivo último de cualquier autoritarismo es la destrucción del individuo; quitarle los recuerdos, la voluntad, el deseo. Queda el miedo. Después: sólo la dureza del que ha perdido lo esencial y a veces ni siquiera es consciente de ello.

    También Paul Celan perteneció a la minoría germanoparlante de Rumania. Pero Paul Celan era judío, y su ser judío —su identidad cultural, pero sobre todo su identidad como víctima de la violencia nazi— marcó su vida, su poesía y, sin duda, su muerte en el Sena. Había nacido un 23 de octubre. Esta semana se cumplen 89 años.

    Müller proviene de una familia católica. Su madre fue deportada a la Unión Soviética después del fin de la Segunda Guerra, y de una u otra manera el tema aparece siempre en sus obras. En su novela más reciente —Atemschaukel (“Columpio de la respiración”), galardonada con el Premio Franz Werfel de Derechos Humanos— es el centro del relato.

    El padre fue miembro de las SS. “Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia”, le dice un hombre a la niña narradora de En tierras bajas durante el velorio con que inicia el relato. Víctimas y victimarios en una prosa descarnada, dura, incluso violenta de a ratos, dolida muchas veces, le dan —a través de la pluma de Herta Müller— un nombre al horror.

    Escritora



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