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Gabriel Guerra Castellanos

Obama en el cielo…

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...

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    12 de octubre de 2009

    Justo cuando algunos escépticos y descreídos pensaban que Barack Obama estaba perdiendo su magia al no obtener para Chicago la sede de los Juegos Olímpicos, apareció sobre un caballo alado el Premio Nobel de la Paz, para recordarnos que el presidente estadounidense aún las trae todas consigo. ¿O no?

    Bien dice el refrán que no tiene la culpa el galardonado, sino quien lo hace Premio Nobel, y algo tiene que estar mal con una decisión que no sólo aumenta la ya de por sí enorme carga de expectativas que trae a cuestas Barack Obama, sino que además da elementos a sus críticos para recalcar que no hay demasiado mérito para él en este premio.

    Sea quien sea, el presidente estadounidense en turno siempre acapara reflectores y concentra sobre sí las filias y las fobias, las esperanzas y desesperanzas de buena parte del mundo. Desde los más acérrimos enemigos de Estados Unidos hasta quienes viven inspirados por su modelo, nadie quita la mirada de lo que el inquilino en turno de la Casa Blanca haga o deje de hacer. Osama bin Laden en su cueva o los activistas democráticos en Ucrania no pierden detalle de sus palabras, de sus gestos, del simbolismo y el contenido real de sus actos.

    Como pocos en la historia reciente, George W. Bush logró personificar al “estadounidense feo”, ese “Ugly American” de la novela de Eugene Burdick y William Lederer de finales de los años 50 que daría pie a la aún mejor película del mismo nombre, en la que Marlon Brando destacó como acostumbraba, encarnando a un diplomático estadounidense en un ficticio país del sudeste asiático que se da cuenta de que a más ayuda e intervención por parte de EU mayor ímpetu a la rebelión local.

    Las habilidades histriónicas de Bush eran ciertamente menores que las de Brando, mas no por ello desmereció en sus intentos por recordarle al mundo lo dañina y perjudicial que puede ser la influencia estadounidense cuando está mal dirigida y peor sustentada. Ocho años de su presidencia fueron suficientes para devolver a EU a la nada envidiable condición en que se encontraba en los años 60 y 70, cuando se le veía con reserva y rechazo alrededor del mundo por sus políticas de segregación, sus agresivas acciones y su vocación unilateral. Ya que la historia se repite como farsa, el joven Bush volvió a andar sobre las huellas de sus antecesores, pero sólo en las que habían pisado algún desecho.

    En buena medida el Premio Nobel de la Paz le fue otorgado a Obama no por ser quien es o por hacer lo que haya o aún no haya hecho, sino como una manera de enfatizar que Obama NO es George W. Bush, cosa que algunos perspicaces (y otros no tanto) ya habíamos captado. Claramente se trata de una reprimenda a posteriori al presidente guerrero, lo cual no está necesariamente mal, pero es en el elogio desmedido a lo que hasta ahora son solamente expresiones y gestos de buena voluntad que se pierde un poco el enfoque y el concepto de lo que el Premio Nobel representa y de lo que su creador anticipó y postuló.

    Alfred Nobel fue un próspero empresario noruego, descubridor entre otras cosas de la nitroglicerina y de la dinamita, que le fueron de buen uso en sus numerosos y lucrativos quehaceres industriales. Si ya de familia le venía el vínculo con la industria del armamento, él lo condujo a otro nivel que no solamente lo volvió enormemente rico sino que también, por las razones que el lector quiera inferir, lo llevó a crear la fundación que todavía hoy lleva su nombre y que más de un siglo después continúa otorgando los premios que Alfred determinó en su testamento. Si bien en la mayoría de los casos se ha seguido su voluntad, en dos áreas los criterios han sido un tanto más subjetivos: en el de Literatura y en el de la Paz.

    Aunque quisiera ocuparme del caso del de Literatura, deberé omitirlo porque aún hoy me cuesta trabajo recordar el nombre de la ganadora, ya no digamos su obra. Y eso que en el testamento, Alfred estipuló que el ganador debería ser “la persona que haya producido la obra más destacada en la dirección ideal…”, mientras que el de la Paz iría a quien “haya hecho lo máximo o lo mejor por la hermandad entre las naciones, por la abolición o reducción de los ejércitos y por la realización y promoción de congresos de paz…” (la traducción es mía).

    El caso de Obama es digno de emular por muchos motivos. La manera en que supo superar los enormes retos de su origen y su entorno para progresar, su compromiso con la comunidad, su dedicación profesional y familiar, sus enormes habilidades políticas y su capacidad oratoria. Su campaña a la presidencia fue ejemplar, y desde que la asumió ha expresado o que buena parte de la humanidad deseaba escuchar. Habiendo dicho eso, a nueve meses de haber tomado el cargo, no podemos decir que haya dado a luz a algún proyecto sólido, tangible, ni en lo interno ni en la esfera internacional, que le dé los méritos que un reconocimiento como éste debería requerir.

    El Comité que otorga el Premio Nobel de la Paz es designado por el Parlamento noruego y está por lo tanto politizado. Eso es inevitable y no tiene por qué ser intrínsecamente malo, pero uno esperaría de las gélidas mentes, de las frías cabezas de los escandinavos un poco menos de encantamiento por la retórica y un poco más de apego a la realidad.

    No dudo que algún día pueda merecerlo, pero el premio pierde prestigio y el propio Obama se ve ya enfrentado a la crítica y el escepticismo incluso de sus partidarios —que no de sus fanáticos— que se rehúsan aún a reconocer al Mesías que aparentemente divisaron en Oslo.

    www.twitter.com/gguerrac gguerra@gcya.net



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