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Sandra Lorenzano

Pongamos que hablo de… políticas culturales

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    13 de septiembre de 2009

    La Feria del Libro de Bogotá, que tuvo como invitado de honor a México, resultó un éxito, tanto en número de visitantes como en ventas. Sólo por parte de nuestro país se vendieron varios cientos de miles de dólares. Incluso hubo que reponer ciertos títulos que se agotaron antes de lo previsto. Por cierto, Laura Emilia Pacheco y su equipo hicieron un muy buen papel.

    La presencia de los escritores invitados —especialmente poetas—, encabezada por José Emilio Pacheco, resultó en general interesante y atractiva para los colombianos. Las muestras de cine, de artesanías, de fotografías, el divertido y sumamente crítico cierre de Astrid Haddad, todo, incluyendo el famoso alebrije de más de cuatro metros de altura y que tan difícil fue transportar, deja a México estupendamente ubicado en el panorama cultural latinoamericano. Una vez más, se demuestra la importancia de la cultura de nuestro país en este continente tan desigual, tan castigado y sin embargo con tanta fuerza y proyectos, como puede verse en especial en Colombia. Simbólicamente, México sigue teniendo un peso decisivo en este campo. No creo que nadie ponga en duda esto.

    Sin embargo, lo primero que encontramos al regresar todavía henchidos de “orgullo patrio” son las noticias sobre los brutales recortes en el área cultural, los que ya se han hecho y los que se están planeando (de lo que tiene que ver con lo que está sucediendo en educación hablaré en otro artículo). Por alguna razón que no alcanzo a entender, aquello de lo que más presumimos en el exterior es lo más castigado en el interior. Más allá de la discusión en torno al supuesto recorte o no de las becas y apoyos otorgados por el Fonca y el Sistema Nacional de Creadores, ¿no sería buen momento para convocar a los diversos sectores involucrados en la cultura para discutir las políticas que se desarrollarán durante los próximos años?

    Centrar el debate en torno al tema de las becas desvirtúa lo que verdaderamente está en el fondo de la cuestión: ¿hacia dónde queremos dirigir nuestras políticas culturales? Esa pregunta da origen a una multiplicidad de respuestas, por supuesto, pero es fundamental que se pueda llegar a un consenso que permita que las decisiones que se tomen vayan más allá de las necesidades urgentes planteadas por la crisis o por la coyuntura o por el gusto por los recortes de nuestro secretario de Hacienda.

    El que sea esta secretaría la que decida lo que se hará en términos culturales muestra, una vez más, la perversión de nuestro sistema. “El que paga manda”, parece querer decir Carstens en sus gestos. Por eso pienso que sólo una invitación al diálogo entre los diversos sectores involucrados permitirá rediseñar los caminos, colocando en el centro a lo importante sin que lo oculte lo “urgente”.

    ¿Cómo hacemos para involucrar a la iniciativa privada en el financiamiento a la cultura? ¿Cómo damos oportunidades a niños y jóvenes con talento? ¿A través de qué medios pueden apoyarse las expresiones culturales de las diversas comunidades que nos constituyen? ¿Cómo podemos desarrollar un verdadero programa de fomento a la lectura? Y todo esto, ¿para lograr qué? ¿Cuándo dejaremos de pensar sólo en el “consumo” cultural y apoyaremos la formación, la promoción, la creación no sólo en las áreas consagradas, no sólo de los “creadores” consagrados? Ni fortalecimiento del “ogro filantrópico” con todo lo que éste implica, ni basura mediática, ni sólo grandes eventos públicos.

    La drástica reducción del presupuesto en cultura nos obliga a un ejercicio de imaginación y compromiso que permita la necesaria revisión democrática e incluyente de nuestras políticas culturales. Ejemplos maravillosos muestran que hay otros caminos posibles. Pienso en el proyecto de las Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela creado por José Antonio Abreu, o en el “milagro” de Candeal en Brasil, por mencionar sólo dos.

    Si por un lado, las decisiones económicas que afectan las áreas culturales, educativas y de investigación en ciencia y tecnología afectarán el desarrollo del país y nos corresponde llamar la atención sobre la gravedad de la situación, el problema no se termina en esto ni en la desproporción existente entre el presupuesto destinado a educación y cultura y el que se meten al bolsillo nuestros senadores y diputados, o los miembros del Tribunal Electoral, por mencionar sólo dos de los escándalos recientes.

    La cuestión de fondo tiene que ver con el proyecto de país al que le estamos apostando. ¿A un país en que la educación y la cultura sean privilegio de las élites? ¿En que una de las pocas posibilidades de movilidad social para los jóvenes la otorgue el narcotráfico? ¿A un país que aporte solamente mano de obra barata para la economía global? ¿A una sociedad que viva con miedo, sin iniciativas, sin solidaridad? ¿A una sociedad en la que las decisiones sobre las libertades individuales —incluyendo al cuerpo y la sexualidad— las tomen los sectores más conservadores?

    En este contexto, la discusión sobre políticas culturales no es un punto menor en la agenda nacional. Tiene que ver con el desarrollo, con la identidad, con los valores democráticos, con el fortalecimiento de la ciudadanía.

    Quizá sea momento de que tomemos nosotros mismos la iniciativa invitando a poner estos temas en la mesa del debate a los funcionarios públicos, a las empresas, a los artistas, a quienes se dedican a la gestión y la promoción cultural, a los académicos, a los comunicadores. ¿Se suman?

    Escritora



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