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Élmer Mendoza

Mónica Lavín



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    05 de agosto de 2009

    Yo, la peor, la novela de Mónica Lavín, es una casa de mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz es el centro alrededor del cual gravitan, su madre Isabel, sus hermanas, Refugio su maestra, las virreinas, las chicas de la corte, las monjas, sus sobrinas, algunas esclavas que le resuelven asuntos domésticos y una impostora. Como si esos destinos etopéyicos se hubieran sumado para construir el fabuloso de ella Es una novela de tono suave, dulce muchas veces, que da la idea de que fue escrita en base a recuerdos: de lecturas, de conversaciones, de imaginaciones, de identificación, que no tocan de frente al personaje, porque no lo requiere, con el contexto es suficiente; así, cada una de las mujeres es un capítulo en la vida de Sor Juana, que sin embargo, jamás pierde estatura como personaje, ocupada en “tejer la lengua de la tierra, la de la casa y la del campo”.

    El pasado es irreal -dice Kundera- y esa aseveración nos permite comprender a Mónica Lavín, nacida en la ciudad de México en 1955, que desarrolla sin mayores cortapisas un discurso abrasivo, en el que elige con la libertad que permite el género, las partes del rompecabezas que forman Yo, la peor, publicada por Grijalbo en 2009, y que al final arman perfectamente un acercamiento a la gran poeta mexicana, alrededor de la cual se han tejido todo tipo de conjeturas y que sin duda, seguirán tejiéndose. La autora no pretende aclarar, desmitificar, pontificar o lo que sea, ese estilo de vida. Algunas cuestiones propias de sor Juana como su supuesta homosexualidad o si se enamoró de varón, son consideradas, pero de manera tan especial, como si se tratara de un ser vivo al que no hay derecho a incomodar.

    No hay desdén por el aspecto intangible de una novela de época. El transporte, las fiestas, las costumbres de palacio, el vestuario, la educación, la ciudad transparente, los fríos edificios, las calles empedradas y sobre todo las comidas. Tamales de mosco de agua, torta de huevo con peces, camarón seco, perdices en pipián, estofado de buey cubierto de setas y pimientos, gallinitas portuguesas, naranjas cristalizadas, aportan para calificar a esta novela de entrañable.

    Sor Juana era una rara avis, cada cosa que consiguió le costó sangre. Vivió inmersa en la adversidad. En ese terreno, dos de los personajes serán oportunos en su vida: Leonor Carreto y María Luisa Manrique, ambas virreinas, que reconocen su valía y la respaldan.

    Entre los asuntos que un novelista debe resolver, existen dos que son los que más cuestan: el qué y el cómo. El primero se enriquece durante el proceso de escritura, pero el segundo, que tiende a la inmovilidad, obliga constantemente al novelista a replantear su propuesta narrativa. Mónica se mantiene en la raya. Sabemos el final de su personaje pero el cómo nos conduce a ese puerto por un camino inesperado. “Las relaciones de la literatura con la historia y con la realidad”, sostiene Ricardo Piglia, “son siempre elípticas y cifradas”. Las revelaciones sobre sor Juana y su época no llegan de golpe ni mucho menos elaboradas, se dan en la reflexión de la post-lectura, en la medida que se reconoce una obra que llegó para quedarse. Es seductora la manera en que nos apropiamos del personaje sin que pierda su misterio ni su legitimidad.

    Es una novela femenina: “eclipsaba con sus ojos intensos y su cabellera oscura, su cintura breve, sus caderas amplias”, “la madre Juana daba forma a las cosas que no se podían explicar”. Las mujeres presentes huelen, aman, sonríen, sufren, paren, lloran y se desesperan. Pierden amantes y maridos y las corroe la envidia. Cada personaje representa un comportamiento y un momento en la vida de sor Juana. Desde luego, destaca María Luisa, que agenció la edición de parte de la obra como prueba elocuente de su aprecio y consideración; consiguió además, para la monja, la atención de sus contemporáneos, aunque muchas veces fuera para amargarle la vida.

    Lavín ha realizado tan estupendo trabajo que lo que menos importa es la verosimilitud. Ha conseguido un personaje sólido y etéreo, apto para ocupar un lugar en nuestra imaginación; sin violencia, evita la sincronía que tanto afecta a cierta novela histórica, que incluso la vuelve exhausta.



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