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Mauricio Merino

La vuelta del dinosaurio

Mauricio Merino es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito y coordinado varios libros y ensayos sobre ...

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    08 de julio de 2009

    No ganaron por las mejores razones, pero ganaron. Se dice que el triunfo obedeció más a los errores de sus adversarios que a sus propios aciertos. Es una forma bien conocida de demeritar el éxito ajeno. Se afirma que el PAN no sólo se equivocó al hacer la vista gorda del deterioro de la economía familiar, sino al haber intentado una nueva campaña negativa llevada, literalmente, hasta la náusea. Mientras que la izquierda abandonó su lugar y sigue pagando los costos de la soberbia y la contradicción ideológica de su líder. Todo eso es verdad. Pero también es cierto que el PRI ganó nuevamente las elecciones y que es indispensable comprender las razones de esa vuelta del dinosaurio.

    Lo primero que salta a la vista es el respaldo que recibieron de Televisa. Por las razones que sean: dinero pagado, estrategia política, simpatías personales o todo a la vez, el hecho es que la televisora más importante de México acompañó la campaña del PRI y se ha convertido en un aliado electoral muy relevante. Así lo dicen los números y los contenidos. Además, tras la presencia obstinada del gobernador Peña Nieto en todos los noticiarios de la empresa televisora no sólo hay una operación comercial, sino una decisión política y una apuesta. Y en el imaginario público construido por la “fábrica de los sueños”, el PRI aparece como un partido que cumple a cabalidad con sus compromisos, al menos en el estado de México, firmados ante notario público. Exactamente del mismo modo que, apenas unos días antes de la contienda, propuso Alejandro Martí con el respaldo entusiasta de toda la empresa.

    Televisa también diseñó y acogió la estrategia seguida por el Partido Verde para burlar la legislación que prohibía comprar tiempos en radio y televisión. No sólo pusieron dos caras bonitas y tres ideas simples (las tres, por cierto, emanadas del ideario de la derecha), sino candidatos que ahora serán diputados y abogados audaces que consiguieron convencer al Tribunal Electoral de la bondad de sus argumentos para vender propaganda, a pesar de todo. Mientras, el PRI se lavó las manos con maña: todos los costos del desprestigio político que podrían seguir a esa estrategia contraria a la letra y el espíritu de la ley los pagaría el Verde; pero sus éxitos abonarían a la alianza suscrita con ellos. Y así fue: con los votos ganados por Maite Perroni y Raúl Araiza (es decir, con los que ganó Televisa directamente), el PRI estaría completando la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

    Todas estas razones saltan de entrada a la vista. Pero quizá hay algo mucho más denso tras la contundente victoria del PRI. Me refiero a la cosecha del desencanto con los resultados magros de nuestra democracia incipiente. Si las novedades no han funcionado, quizá la gente ha preferido mirar otra vez hacia atrás: “Experiencia probada, nueva actitud”, decía el eslogan de la campaña del PRI. Las cifras electorales merecen ser vistas con calma, pues aunque la mayoría de los electores se quedó en casa (cosa por discutirse, pues el padrón electoral tiene una desactualización que podría ascender hasta 7%), y cinco de cada 100 anularon su voto, la participación electoral de 2009 fue mayor que la de 2003, cuando la ilusión democrática todavía estaba vigente. La gente salió a votar y lo cierto es que el triunfo del PRI no fue sólo el del voto duro. No todo se explica nomás por los aparatos políticos, aunque éstos sigan vigentes.

    También es probable que muchos electores hayan votado por una idea del Estado capaz de proteger mejor a la sociedad. Es probable que el desencanto con la democracia recién nacida haya desembocado en una apuesta por el regreso del dinosaurio, con la esperanza de que esos políticos, tan avezados y expertos como se ven, tan dueños de sí mismos, ayuden más a resolver los problemas de todos los días. Tal vez hubo electores que decidieron su voto en busca de ayuda, pensando en la renovación del ogro filantrópico, como le llamó Octavio Paz, en vez de la competencia fútil entre partidos que, desde esa visión desencantada, no sirve para arreglar los problemas de México.

    Quizá la diferencia entre el triunfo previsto y el éxito rotundo que el PRI obtuvo el domingo pasado estuvo en esas personas, cada día más distantes de las promesas de la pluralidad democrática, y más cercanas a la necesidad de contar con un Estado eficaz. Quizá, incluso, muchas de ellas fueron las mismas que hace nueve años proveyeron votos favorables a Fox, por razones muy parecidas: buscando que el Estado cumpla de veras con su tarea.

    Profesor investigador del CIDE



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