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Alberto Aziz Nassif

El voto, fortalezas y limitaciones

Profesor e investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).

Ha escrito libros y numero ...

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    09 de junio de 2009

    El clima electoral se ha empezado a cargar y ya hay señales de una confrontación que dejará al país polarizado, otra vez. El uso de los operativos policiacos y militares contra políticos presuntamente involucrados con el narcotráfico, como sucedió en Michoacán, o el uso del Ministerio Público para detener a candidatos, como se hizo en Chihuahua, ha tensionado los próximos comicios. De la propaganda sucia se pasó a las detenciones de políticos, y eso cambió de nivel la confrontación. Al mismo tiempo, el debate sobre la reforma electoral ha tenido nuevos episodios judiciales con el otorgamiento de sospechosos amparos. Pero, sin duda, el tema de esta elección intermedia es el debate sobre el sentido del voto.

    El voto es uno de los instrumentos más visibles y emblemáticos de una democracia. Desde que se permitió el voto libre en México —derecho y obligación ciudadana—, hace muy poco tiempo, es decir, el voto en condiciones de equidad, con certeza sobre su contabilidad y con una autoridad autónoma, se ha discutido sobre su sentido, valor, carácter estratégico y fuerza, en suma, sus fortalezas y posibilidades. Pero pocas veces se han visto las otras partes del voto: sus debilidades y limitaciones.

    ¿Para qué alcanza el voto? Para elegir gobernantes es un instrumento que ha llevado a la incipiente democracia mexicana a un poder compartido por diversos partidos, alternancias, cambios de partido en el gobierno, expresión de la voluntad mayoritaria y de las minorías. Pero ha servido poco, muy poco, para exigir cuentas a los políticos, para obligar a nuestros supuestos representantes a que se comporten de acuerdo con las promesas de campaña y con los compromisos con la ciudadanía. En ese sentido el voto es débil. Los gobiernos toman múltiples decisiones todos los días, y los ciudadanos decidimos una sola vez cada tres o seis años. El voto no alcanza para controlar a los gobernantes. Esa experiencia es una de las fuentes del descontento y del desafecto ciudadano hacia los políticos. La autonomía de los políticos respecto al voto es completa.

    No hace mucho tiempo, en 2000, los ciudadanos discutíamos la conveniencia del “voto útil”, como un mecanismo que permitiera la alternancia presidencial. El resultado fue que el voto logró la alternancia, pero la experiencia de alternancia fue un fracaso democrático porque seis años después el país estaba polarizado y metido en una confrontación de la que todavía quedan huellas. En 2006, el sentido del voto se concentró en definir un proyecto de país: fue la alternativa entre seguir por la misma ruta de la coalición de derecha o dar un giro hacia la izquierda, como sucede en cualquier país democrático. En 2009, la sociedad llega a otro proceso electoral con percepciones contrastantes. Hoy se expresa un gran desencanto con una clase política que ha estado lejos de satisfacer mínimamente las expectativas ciudadanas. En una encuesta reciente se ve que uno de cada 10 ciudadanos estaría dispuesto a anular su voto (EL UNIVERSAL, 5/VI/09).

    El debate sobre el sentido del voto necesita situarse. Nuestra democracia no está al borde de una ruptura, pero está muy lejos de una consolidación, de tener calidad y ser satisfactoria para los ciudadanos. El voto democrático convive, como en mundos paralelos, con inercias autoritarias, con intereses monopólicos y con una grave captura del Estado. La fuerza del voto no ha podido modificar esos intereses. El voto no ha logrado hacer las reformas para cambiar las reglas del juego y tener un mejor sistema político, un país menos desigual, una justicia más expedita y eficaz, una mejor rendición de cuentas de los gobernantes, acotar la impunidad, establecer derechos universales tutelados por el Estado.

    ¿De qué democracia habla la Iglesia cuando defienden la metafísica de la representación? ¿A cuáles amenazas se refiere la clase política frente a ciudadanos que han expresado su derecho democrático de anular el voto, cuando ellos se han encargado de vulnerarla? ¿De qué tecnicismo se trata cuando las autoridades electorales dicen que el voto en blanco no contará en ningún sentido? ¿Por qué tanto temor, si se trata sólo de unos cuantos ciudadanos que quieren ejercer su derecho a participar desde la protesta?

    Quiero entender que el voto nulo, blanco, de rechazo o de protesta, que proponen diversos ciudadanos —en grupo o por su cuenta—, obedece a una molestia generalizada y a falta de opciones. Se debe a que para muchos ciudadanos votar por estos partidos y estos candidatos no es hoy una opción. Porque las diferencias se han ido anulando en los arreglos facciosos de las élites políticas. Porque los archivos del Congreso están repletos de proyectos que se deberían haber aprobado para reformar el sistema político. Porque la coalición gobernante de derecha que controla el gobierno sólo representa a unos cuantos. Porque el abuso del espacio público ha debilitado a la República. Porque los políticos hacen una reforma electoral y al siguiente día empiezan a violentarla. Porque se sienten cansados, hartos y han perdido la esperaza de que ahora sí las promesas electorales no terminen en la basura, como en otras ocasiones. ¿Votar o anular?

    Investigador del CIESAS



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