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Alejandro Gertz Manero

“Annus horribilis”

Es doctor en Derecho por la UNAM. Se ha desempeñado como abogado litigante y como empresario en la industria editorial y en el sector comerci ...

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    13 de mayo de 2009

    Frente a la catarata de desgracias que se nos vino encima recientemente, para culminar con el annus horribilis de 2009, la capacidad ancestral de aguante, resistencia y humor negro que caracteriza a nuestro pueblo se ha vuelto a expresar; y es así como la comunidad va sorteando y sobreviviendo a los ajusticiamientos, las masacres, los degüellos y, fundamentalmente, a los asaltos despiadados de la delincuencia que los medios no exaltan pero que el pueblo sí sufre, como son los robos en transportes, a casas y personas, los abusos y violaciones, las extorsiones, levantones, secuestros exprés y demás frutos de esta ola de criminalidad, que no hay quien la pare a pesar de anuncios, promociones, cobros de cuentas y demás escándalos mediáticos, en los que la realidad va por un lado y la publicidad oficial por otro.

    Los puestos de trabajo formales se pierden por centenas de miles y los capos empresariales sufren cataclismos en sus capitales, pero también la maliciosa y pragmática economía informal se nutre y se fortalece con el contrabando, la piratería, el comercio de lo robado y las mafias de extranjeros que han encontrado en nuestro país el filón suculento de ese mercado negro, donde chapotean alegremente la corrupción, el tráfico de influencias y toda la gama de complicidades endémicas.

    Hoy se venden menos coches, pero se roban más vehículos, y los grandes distribuidores “se las ven negras” mientras la chatarra y el desecho de nuestros vecinos nos invade y nos convierte en una reedición de Mecánica nacional, en la que los dinosaurios de la industria automotriz vienen a dar sus últimos estertores en ciudades y carreteras, dejándonos una nube de contaminación y de esmog que no hay quién la contenga.

    La sufrida población urbana de todo el país se debate en la mugre y en el “cochinero” de obras públicas lentas, inconclusas e inútiles pero altamente redituables, mientras nos cortan la luz y nos quitan el agua, alborotando todo tipo de infecciones y epidemias, sin que por ello nuestra población pierda la alegría y el estoicismo con el que enfrenta desde tiempo inmemorial a sus gobiernos, mientras aquellos que logran penetrar a los ámbitos burocráticos se cobran las ofensas recibidas extorsionando y asaltando a cuanta víctima les pasa por enfrente.

    Para que no haya duda de que nuestros próceres y clases dirigentes son un portento de cinismo y desvergüenza, quienes fueron sus cómplices, beneficiarios y contratistas nos avientan en la cara el pastelazo de sus memorias, con todo y sus trinquetes y venganzas, exhibiendo a esa pandilla de hampones que enloquecieron de rabia cuando hubo alguien que se atrevió a frenarlos en sus atracos, quitándoles el manto oficial de la impunidad, que ahora exhiben crudamente demostrando así que desde el poder todo se vale, pero en cambio quien se halla en el desamparo de la masa anónima le habrá de suceder lo inimaginable, sin que pueda hacer algo para evitarlo.

    En ese ámbito tan desolador, el ocultamiento, la imprevisión, las contradicciones y la ineficiencia han magnificado una epidemia que afortunadamente fue menos grave de lo esperado, y que finalmente las autoridades atendieron como pudieron para evitar que el mal se desbordara, mientras una parte de la población se puso el tapaboca y la otra se burló alegremente de algo que nunca llegó a creer.

    Esta tormenta de desgracias, que nos cayó como un castigo bíblico en razón de las conductas de nuestros aborrecidos pero envidiados próceres, ha demostrado que los mexicanos tenemos un ánimo bastante más optimista, resistente y alegre que el común de los pueblos, pero también hizo evidente una vez más que tenemos un sistema que francamente es una vergüenza para propios y extraños, y por eso en el mundo entero nos quieren tratar como si fuéramos los hijos de la peste y los creadores de todos los males, cuando lo único que hemos hecho es aguantar carros y carretas, soportando a nuestros verdugos hasta la ignominia.

    En este annus horribilis hay una gran víctima, que es el aguantador y festivo pueblo de México y unos responsables que son sus dirigentes, tanto públicos como privados.

    editorial2003@terra.com.mx

    Doctor en Derecho



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