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Gabriel Guerra Castellanos

Lo que la influenza se llevó

Es presidente y director general de Guerra Castellanos y Asociados, empresa líder en temas de comunicación estratégica.

Tiene una ampl ...

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    11 de mayo de 2009

    No termina aún plenamente la emergencia sanitaria y ya podemos aventurar algunas primeras hipótesis acerca de lo que significará el regreso a la normalidad de un país que bien a bien nunca ha sido muy normal. Así, en pleno ejercicio del surrealismo mexicano, regresaremos a un estado de cosas que no era precisamente ideal, con cambios en nuestros usos y costumbres colectivos que necesariamente implican romper con muchas prácticas del pasado. Se trata entonces de un regreso a algo que ya dejó de existir y que aún no define su nueva conformación.

    Para empezar con un balance de lo que hemos perdido, de lo que —como dice el poco original encabezado— la influenza se llevó, hay que voltear a ver a informadores, formadores y deformadores de opinión. Lo que algunos llaman círculo rojo y otros comentocracia —que no es más que un grupo cuyos números son mínimos pero cuyo impacto es desproporcionadamente mayor— ha descubierto el hilo negro durante ésta emergencia.

    Reporteros mexicanos y extranjeros revelan al mundo las insuficiencias del sistema de salud mexicano, como si alguien alguna vez hubiera pensado que nuestro país tiene una red de protección digna de ese nombre. En páginas de un prestigiado diario europeo leemos que hay tratamientos para ricos y para pobres en México, que una figura pública y con dinero recibe mejor atención médica que un pobre desconocido, o que un desconocido pobre. Otros más nos despiertan del estupor de la madrugada para decirnos que en México —sí, en México— hay escuelas en las que no hay agua, que las brigadas de limpieza las integran maestros y padres de familia voluntarios, que hay empresas porcinas que operan sin cumplir con los requerimientos básicos, que no todos los hospitales están equipados para atender a los portadores del nuevo virus…

    Tenemos pues como primera víctima a la inocencia de comunicadores nacionales y extranjeros, que han descubierto a un país que no conocían. Son claramente la minoría, pero como el ignorante es casi siempre el más vociferante, son los que destacan. Lo cierto, y lo triste e indignante, es que así es nuestro país.

    Le siguen en la lista de bajas las costumbres higiénicas de los mexicanos. He ahí un oxímoron: las alertas sanitarias y las recomendaciones oficiales son dignas de la población de la Europa de la Edad Media: si está enfermo no le estornude encima a su vecino, no tosa con la boca abierta, no se meta las manos en la nariz, no lama el pasamanos de la escalera eléctrica del Metro ni coma palomitas de la misma bolsa del moribundo sentado junto a usted. Ah, y lávese las manos. Sí, usted, lávese las manos por favor. No tengo el dato exacto a la mano, pero me dicen que a raíz de la contingencia ha habido un abrupto descenso de las consultas por enfermedades gastrointestinales.

    El sueño latinoamericano se cuenta también entre las víctimas. Para todos aquellos que veían el futuro de México en América Latina el desdén y maltrato de muchos de los países hermanos ha caído como balde de agua fría. Algunos por ignorancia y oportunismo y otros por ignorancia a secas han intentado el equivalente moderno del cierre de fronteras: la cancelación de vuelos. La imbecilidad es médica y práctica en muchos casos: basta con hacer escala en otro país para llegar a Argentina, por ejemplo, y siempre será mejor en tiempos de contingencia tener un control y seguimiento de quienes pudiesen estar contagiados en lugar de tenerlos ingresando de manera casi clandestina. Ni que decir de Cuba, de Haití, de Ecuador y Perú, que saben lo suyo en lo que a epidemias o a bloqueos respecta.

    En cambio, los que han renacido son el orgullo y la indignación nacionalistas, con cada reseña y cada entrevista de un mexicano maltratado en el extranjero. Oprobioso por supuesto lo que les ha sucedido en China a nuestros paisanos, aunque casualmente hay quienes se desgarran más las vestimentas por los agravios latinoamericanos que han sido más retóricos que prácticos. En fin, cada quien su agenda oculta, pero no cabe duda de que si de atropellos se trata, los chinos llevan la delantera. Deberíamos ser más comprensivos con ellos: un país acostumbrado a mentir y ocultar información esencial para la salud pública hace bien en sospechar de los demás. El león cree que todos son de su condición…

    Y el que está entre la vida y la muerte es el típico cachondeo mexicano. Esta costumbre de todos estrecharnos las manos, abrazarnos como hermanos, volvernos a dar la mano tras el abrazo, volar besos al aire con personas que apenas hemos conocido, darle el beso o la mano a quien se encuentra sentado comiendo en un restorán o a quien nos está preparando de comer, las palmadas y toda suerte de apapachos… todo eso está cayendo por la borda del barco de la emergencia sanitaria, y hay en ello —como en todo— pérdidas y ganancias.

    Yo no voy a extrañar algunas de ésas muestras de afecto de perfectos desconocidos, pero hay apretones de mano, besos, abrazos y palmadas que alimentan y reconfortan. Espero que sus portadores estén debidamente desinfectados.

    gguerra@gcya.net

    www.twitter.com/gguerrac



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