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Editorial EL UNIVERSAL

Los costos de la influenza

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    04 de mayo de 2009

    El brote de influenza en México parece controlado y las investigaciones en el resto del mundo revelan que la enfermedad es menos peligrosa para la salud de lo que se temía. Buenas noticias al fin. Sin embargo, sufriremos las secuelas en este país al menos durante meses, tanto por los daños que causó el virus, como por las medidas que se tomaron para enfrentarlo.

    Es un hecho que la afectación económica fue seria. El peso cayó nuevamente frente al dólar. El turismo, tercera fuente de ingresos del país, se desplomó. La economía interna perdió millones cada día por el descanso obligatorio de miles de trabajadores sin goce de sueldo, el temor de los consumidores a salir de sus casas, el cierre temporal de pequeñas empresas que viven al día y los temores irracionales hacia la carne de cerdo.

    Informar al inicio que existían más de mil 600 infectados en vez de confirmar de inmediato que eran 590 pudo hacer la diferencia. Así actuaron, con varios días de diferencia respecto a México, los países con la capacidad técnica necesaria. Este país fue incapaz y no podemos culpar por completo al gobierno de Felipe Calderón. Pero habrá que indagar si los reportes iniciales tuvieron la rigurosidad necesaria. Saber ahora que entre los “sospechosos” había pacientes con aneurisma o cirrosis hepática hace que dudemos de la calidad de aquellas cifras.

    Con los datos disponibles es imposible asegurar que fue una mala decisión suspender labores en restaurantes, oficinas de gobierno, tribunales, escuelas y otras actividades del sector público y privado. Incluso con las millonarias pérdidas se puede argumentar, con razón, que no haber tomado esas medidas habría ocasionado después mayores pérdidas para el país en todos los rubros.

    Necesitamos saber si los hospitales nacionales o estatales hicieron mal sus diagnósticos. De eso dependerá saber qué tan profunda tiene que ser la reforma a nuestro saturado —y quizá incompetente— sistema de salud pública.



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