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Jacobo Zabludovsky

Paleta Mimí

Periodista y licenciado en Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de México. Inició sus actividades periodísticas en ...

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    20 de abril de 2009

    De aquel grandioso arco para celebrar con júbilo el Bicentenario de nuestra Independencia, sólo quedó un monumento a la paleta Mimí.

    Todavía están sin recoger las varitas de los mil cohetes que la noche del lunes 26 de enero desde el Castillo de Chapultepec convirtieron en alborada los cielos del valle de México para darle marco al anuncio del presidente Felipe Calderón de la “Convocatoria para el Anteproyecto del Monumento Emblemático del Arco del Bicentenario”, en el cruce del Paseo de la Reforma, Circuito Interior, Ródano, Lieja, Chapultepec, Mariano Escobedo, Puerta de los Leones, Parque Ariel, Secretaría de Salud.

    En el Bucareli alusivo escribí: “En el patio de Los Chapulines brincaron de gusto los 37 arquitectos invitados. No se explicó por qué 37, ni quién o con qué criterio escogió 37, no 36, no 38, 37 exactos... no se dijo quiénes integran el jurado”. Sugerí ese lunes 2 de febrero “que este jurado se integre antes de darse a conocer el nombre del triunfador”. Me hicieron caso y con precipitación y sigilo así procedieron.

    El miércoles 15 de abril se dio a conocer el resultado, ya no en las alturas del palacio imperial, sino a ras del suelo, en el museo dedicado a Rufino Tamayo, indio oaxaqueño como el gran presidente que aplicó la ley a Maximiliano y dio a México una segunda independencia que nadie celebra pues se trata de Benito Juárez, todavía mal visto en la tenebregura de algunos recintos porque, siendo ferviente católico, puso el destino de los mexicanos por delante de sus creencias personales.

    El caso es que no fue don Felipe, sino Fernando Gómez Mont, secretario de Gobernación, y Alonso Lujambio, de Educación, apoyados por Consuelo Sáizar, directora de Conaculta, quienes dieron a conocer el fallo en ausencia de los mejores arquitectos de México: Pedro Ramírez Vázquez, Teodoro González de León, Ricardo Legorreta, Enrique Norten y otros cuidadosos de no avalar con su presencia el sorpresivo resultado.

    El arco se convirtió en columna que, dada su insignificancia, hubo de ser explicada por el arquitecto César Pérez Becerril, ganador del concurso, explicación digna de ser estudiada por su profundidad filosófica: “Será de 104 metros de altura porque representa dos veces 52, el ciclo de la época mesoamericana… será de placas de cuarzo natural que reflejará la luz y nos dará esperanza… estuvimos pensando en la gente, para que estén orgullosos de nuestra historia…”.

    La columna tendrá menos de la mitad de la altura de las torres que la rodean: la Mayor, en la otra acera de Reforma, con 225 metros, y la que ya se construye precisamente en esa esquina, con cerca de 200 metros. Se perderá en ese bosque de rascacielos, pero la audacia no reconoce límites. En su azotea habrá un mirador. Mirará a los pisos medianeros de los edificios que la circundan, con fugaz atisbo al bosque. Un mirador de las dimensiones horizontales de la columna: 9.15 metros por 4.80 metros, superficie a la cual deben restarse los cubos de los elevadores, si los hay, y de las escaleras, que de todas maneras debe haber. El mirador con menos mirones y menos qué mirar desde que se inventaron esos lugares. “Este —dijo un miembro del jurado— es el proyecto que más accesibilidad tiene para toda la población”. Sí, Chucha.

    Frente a tal proyecto las torres de Ciudad Satélite agigantan su fuerza plástica porque su construcción no fue generada en pretextos cívicos o políticos, justificados o no (que a veces producen obras valiosas), sino por la fiesta de la vista, la alegría de lo bello, el acierto en la ubicación y las proporciones. Las menciono sólo como ejemplo, pero hay otros en la ciudad hoy ofendida por una solución como para salir del paso. Era, estética aparte (sugerencia de Bucareli que el ganador adoptó recortada), oportunidad de unir bajo tierra los museos de la zona y resolver el problema geométricamente creciente del parqueo y circulación de vehículos en su mayoría turísticos.

    Si los dichos populares se adaptaran a las ideas podríamos decir que nos sorprendieron con el enano del tapanco. Esperábamos algo más digno de la metrópoli, en ese lugar, en este momento, aunque desde el día de la convocatoria publiqué que la edificación de “un arco solitario, sin más, es una idea mediocre”. Ahora resulta que ni a arco llegamos. Nos dan una patita estirada, iluminada por dentro y por fuera, a un ladito para que (eso se agradece) no estorbe a la vista desde ninguna de las perspectivas. Una modesta sugerencia: háganla desarmable, por si algún día se lleva a algún pueblo de las afueras.

    Pensándolo bien, puede ser icono histórico de la ciudad, como imagen simbólica de una época de México.



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