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José Fernández Santillán

La disputa entre el PRI y el PAN

Recibió el título de doctor en Historia de las Ideas Políticas por la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Turín (1983); se ...

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    27 de marzo de 2009

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    El jueves 19 de marzo terminaron dos años de “relaciones cordiales” entre el PRI y el PAN. El dirigente nacional panista, Germán Martínez, dijo, en el marco de la 72 Convención Nacional Bancaria: “Es momento de que el PRI aclare. Está del lado del presidente (Felipe) Calderón o está del lado de personas que tienen vínculos, según la DEA, con el cártel de Juárez”. Lo dijo en referencia al ex alcalde de Ciudad Juárez, Héctor Murguía.

    La presidenta del Revolucionario Institucional, Beatriz Paredes, que estaba en la misma mesa, se disculpó ante la audiencia “por el lamentable espectáculo”, y sostuvo: “El reclamo es poco maduro y con falta de visión de Estado”. La acusación contra Murguía fue desmentida. Pero el líder conservador ha continuado su campaña contra el PRI. Se ha echado a andar una campaña sucia consistente en vincular al Revolucionario Institucional con el narcotráfico. El propósito es disminuir la ventaja electoral que este instituto político lleva sobre el PAN.

    De una parte, no debe sorprendernos que se presente esta ruptura en momentos en que se inicia la contienda electoral. Eso, hasta cierto punto de vista, es natural. Pero, de otra parte, preocupa que alguno de los competidores, como en este caso Germán Martínez, recurra a métodos de baja estofa.

    Un prerrequisito de la democracia es la autolimitación de los actores para que la contienda no degenere. Como decía Cicerón: “La política es disputa entre gentiles, no riña entre rufianes”.

    Pero, por qué hoy el PAN procede de forma pragmática si su conducta, durante décadas, estuvo apegada a una concepción ética de la política que incluye el respeto del oponente, tal y como su fundador Manuel Gómez Morín lo dejó asentado. La respuesta se encuentra en que ahora tanto en el PAN como en el gobierno panista ha penetrado la cultura utilitarista (uno de cuyos padres fundadores es Jeremy Bentham), que pone por delante no los principios ideales, sino los resultados que se logren obtener de una acción. No la política de los valores, sino la política de los intereses.

    Desde esta perspectiva lo importante es maximizar las ganancias y minimizar las pérdidas; ver cómo suben los momios cuando se introducen estímulos en la opinión pública como el que Martínez puso en acto.

    De acuerdo con el utilitarismo eso es ser realista. Sin embargo, como dice Jürgen Habermas en su libro Facticidad y validez: “Lo que no es realista es suponer que todo comportamiento social puede concebirse como acción estratégica y explicar ese comportamiento como si fueran resultado de cálculos racionales”.

    Se olvida que la opinión pública también incluye una buena dosis de moralidad y sentido del deber: “Si los individuos emprendiesen —sigue diciendo Habermas— conductas de tipo oportunista siempre que pudiesen salir adelante con ellas, no existiría la civilidad tal como la conocemos”. Vale recordar que el proceso democrático cambia las preferencias de los ciudadanos mediante cuestionamientos públicos de las estrategias partidistas.

    Quiérase o no la política democrática incluye la lucha de ideas; de otra manera no tendría caso la existencia de los partidos políticos. Debemos evitar que la cultura utilitarista, basada en el puro cálculo de conveniencia, se apropie de la vida pública de la nación. Sería amputarle a nuestra democracia la parte ideal que debe tener para estar completa.

    jfsantillan@itesm.mx

    Académico del Tecnológico de Monterrey (CCM)



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