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Andrés Roemer

¡Peligro: la demonocracia!

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    07 de marzo de 2009

    ¿Recuerdan la antigua historia del sapo que fue introducido intempestivamente en una olla con agua hirviendo? ¿Recuerdan que salió huyendo de inmediato? Pero, ¿qué sucedió cuando se introdujo al sapo en una olla con agua fría y gradualmente ésta se calentó hasta llegar a hervir? La respuesta es obvia: el sapo cayó en la trampa. El animal perdió poco a poco las facultades que lo sensibilizaban ante el peligro y terminó cocinado.

    Anteriormente vivíamos en una era en la que los dictadores, mayoritariamente, eran militares que asaltaban el poder sin el sufragio de la población (meter al sapo dentro del agua hirviendo). En la actualidad, vivimos en una era en la cual generalmente son los ciudadanos civiles quienes asumen el poder con el voto del pueblo (meter al sapo en agua fría y calentarla gradualmente), pero una vez en su legítimo lugar, utilizan todos los medios viables para permanecer en el poder por años, décadas o de por vida.

    Bienvenidos al mundo de la “demonocracia”: Evo Morales logró “ganar legítimamente” un referéndum que lo asienta en el poder hasta 2019. En Ecuador, los votantes aprobaron reformas que le permiten al presidente (sic) Rafael Correa permanecer en el poder hasta 2017.

    En Venezuela, Hugo Chávez convocó a votar, el 15 de febrero, una ley que lo faculta a permanecer en el poder más allá de 2012. El demonócrata venezolano ha entendido perfectamente la falla de la democracia: votan por él, huyen o forzan a huir a quienes estén en su contra, y aunado a ello, una vez en el poder Chávez, Morales, Correa, etcétera, crean información y difunden propaganda usando recursos públicos para engañar al votante a fin de aislarlo de ideas benéficas a sus propios intereses. Manipulan la temperatura del agua. Por ello, no debe sorprender que Chávez haya declarado que “los términos presidenciales son antidemocráticos y van en contra de la voluntad del pueblo”. Ha sabido “calentar el agua de forma gradual” —como en el cuento del sapo— porque la gente se sensibiliza a su demonocracia.

    Pero atención: hay otros modos de “entibiar el agua y manipular a los ciudadanos”. Por ejemplo, la partidocracia en México. Para muestra basta un botón: el poder ciudadano.

    1) En México, el ciudadano está nulificado en el terreno del poder. Al no haber reelección de diputados, senadores ni presidentes municipales, al ciudadano no se le rinden cuentas pues no hay motivo para hacerlo. El bienestar de nuestros “representantes” depende de los líderes de su partido, no del ciudadano.

    2) En México, el ciudadano padece de censura a la libertad de expresión: el artículo 41 de la Constitución (sí, de la Constitución) prohíbe “las campañas negativas”. Con ello inhibe el debate y alerta contra la crítica a los partidos.

    3) En México, los ciudadanos no podemos manifestar nuestras convicciones por medios electrónicos si no pertenecemos a un partido.

    4) En México, un ciudadano no tiene la libertad de ser líder y representar la voz del otro al no tener derecho a ser votado de manera independiente, a menos que pertenezca a un partido y sea designado por el “dedazo” de las élites partidarias.

    ¿En qué momento los ciudadanos pedimos a nuestros representantes que nos impidieran opinar en los medios electrónicos? ¿Quién dijo que los ciudadanos no queremos saber si un candidato ha tenido un comportamiento poco ético? ¿A quién se le ocurrió que menos información fortalece la convicción democrática de un pueblo? En conclusión: no es la “soberanía popular” —si algo así existe— la que hizo estas demandas, sino la partidocracia que con sutileza ha comenzado a “entibiar el agua”.

    En políticas públicas hemos escuchado hablar de las “fallas de mercado” (por ejemplo, los monopolios destruyendo los beneficios de la competencia). También hemos escuchado hablar de las fallas del gobierno (por ejemplo, los intereses del burócrata afectando los intereses de la sociedad). Ahora es el momento de introducir un nuevo concepto en el léxico de las políticas públicas: las fallas de la democracia (la demonocracia, término que defina a algún individuo o grupo político que se apropie del poder de modo legal, pero ya en el ejercicio de sus funciones elimine de forma gradual la libertad y el verdadero derecho del voto ciudadano).

    La reforma al artículo 41 constitucional en México, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Morales en Bolivia —entre otros— nos enseñan que una elección democrática no garantiza instituciones democráticas. Aunque un gobierno sea elegido por la mayoría, no será democrático si empieza a “entibiar el agua”, a realizar enmiendas legales que le permitan contener el poder a costa de los derechos políticos y libertades ciudadanas.

    La democracia, como dijo Amartya Sen, es más que un gobierno efecto del voto de la mayoría. Democracia sin libertad, sin respeto por las garantías individuales y sin debate público es una falacia. Es, a lo sumo, demonocracia.

    [email protected]

    Doctor en Políticas Públicas y presidente de Poder Cívico, AC



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