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Álvaro Enrigue

El ‘affaire’ Téllez: la cara humeante, la sangre hirviendo

Alvaro Enrigue es escritor. Su novela más reciente es Decencia (Anagrama). Ganó el premio Joaquín Mortiz con La muerte de un instalador. Es ...

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    13 de febrero de 2009

    Durante el año horroroso de 2006 hubo una preocupante traslación en las primeras planas de nuestros periódicos. La nota roja que consignaba las balaceras y decapitaciones migró de las páginas policiacas no sólo a las primeras planas, sino a las ocho columnas.

    Era como si el legendario —y tal vez hoy inocuo— Alarma! que comprábamos en calidad de pornografía hubiera terminando secuestrando el lugar de los motores comunes del tejido social del país: la política y la economía, lo que antes considerábamos sustantivo.

    De entonces a la fecha, los detalles lujosos de la carnicería de todos los días se han vuelto material cotidiano de conversación: lo primero de que uno se entera en el día. Nuestra demencia se ha banalizado: uno tiene que detenerse a pensar que 21 muertos en un día es un franco parte de guerra para abrirle espacio al escándalo.

    En este contexto tan hostil, tengo que reconocer que ayer en la mañana sentí pasar el aire fresco de lo clásico cuando escuché a Carmen Aristegui leyendo con soltura la chamagosa correspondencia privada de un secretario de Estado —aun si los correos electrónicos en cuestión hubieran sido escritos cuando no era funcionario público.

    Para entonces no estaba del todo claro que hubiera habido una relación sentimental entre Diana Pando y Luis Téllez —hoy EL UNIVERSAL tiene documentos que la prueban—, pero los correos electrónicos que Aristegui iba revisando al aire tenían el fúrico sabor de las tardes de junio: ahí venía la tormenta. Recordé a Venus enojadísima con Adonis en el poema perfecto de Shakespeare:

    Con furia ciega comienza el asalto,

    la cara humeante, la sangre hirviendo.

    Más allá de que había una justificación periodística para la publicación de la correspondencia, la idea de que la noticia del día representara un pequeño desvío hacia la prensa del corazón en lugar de a la policiaca me pareció estupenda: decir que Salinas se robó la mitad de algo es, después de todo, probablemente lo único que han dicho absolutamente todos los mexicanos (menos Salinas) más de una vez.

    Seguirá la nota, se especulará que el escándalo tuvo origen misterioso en los enemigos de Peña Nieto —la reflexión de siempre, que por cierto también termina por banalizar el problema de la doble moral de nuestra clase política.

    En un país de moral pública con origen luterano, las puras insinuaciones de las primeras cartas habrían producido la renuncia inmediata del secretario de Estado. En el mundo protestante el libre albedrío es posterior a la predestinación divina, por lo que las faltas privadas automáticamente desmienten todas las probidades en que podría ser rica la vida de un funcionario público. Si Téllez fuera gringo, ya habría renunciado, ya se habría disculpado —la esposa con cara de palo en la portada de todos los periódicos—, ya habría en el Congreso una comisión persiguiendo el resto de sus mentiras: una basta para condenarlo.

    México, en cambio, es un país a fin de cuentas escolástico y tomista: ante la evidencia del pecado, la argumentación y la tendencia a exonerarlo. El secretario es libre de mentir —y le puede mentir con todos los dientes a EL UNIVERSAL: “Jamás he visto a la persona que entregó la grabación”, dijo a Julián Sánchez—. Siempre se puede enmendar si se argumenta de manera correcta. En el pensamiento católico la noción de arrepentimiento abre lugar para todos.

    No sé cuál modelo sea mejor: si el puritanismo estadounidense no hubiera obligado a nuestros vecinos al descrédito absoluto del presidente Clinton por el caso Lewinsky, tal vez nos habríamos ahorrado la era Bush y el mundo sería un lugar un poco menos peor.

    Para bien o para mal, que el secretario Téllez le diga a sus amigos algo que ya nos imaginábamos —Salinas se robó la mitad de algo— va a pasar rapidísimo. Al final, la clase política se repone de todo y por suerte un día se retira. El misterio del corazón humano, en cambio, permanece. Shakespeare otra vez:

    Proclamando el olvido, tirando atrás a la razón,

    olvidando el puro pudor y el naufragio del honor.

    Escritor



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