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Rosario Ibarra

La descomposición del Estado

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    05 de febrero de 2009

    En algún lugar de este triste y empobrecido país, hace pocas horas, se efectuó un hecho que llenó de indignación a unos cuantos y que movió a risa y burla a la mayoría de los que transitaban por la calle escenario del mismo.

    Me enteré porque uno de los que sufrieron aquella cruda visión como un agravio me llamó con el llanto todavía atorado en la garganta, para hacerme la descripción del suceso.

    El caso es que, en céntricas calles pletóricas de gente, por ser la hora de la salida a comer de empleados de oficinas, de tiendas y de cientos de estudiantes de secundarias, preparatorias y de otras escuelas que por el rumbo se encuentran, por una de las aceras caminaba un hombre completamente desnudo, que sobre los glúteos tan sólo llevaba adherido un papel en el que se leía “Soy un rata”, y tras el avergonzado individuo, un hombre alto y fuerte, de gesto huraño, le ordenaba moverse, cada vez que el humillado intentaba detenerse.

    No pudo indagar el atribulado hombre que me describió el hecho de qué se trataba. Pensó con buena voluntad que pudiera deberse a la filmación de alguna película “dura” o del castigo de algún robo que hubiese llevado a cabo aquel pobre hombre y que, dada la injusticia que galopa, como nuevo jinete del Apocalipsis, por todo el territorio nacional, el o los afectados hubieran decidido tomar la justicia en sus manos de esa denigrante forma, atentatoria de los derechos humanos.

    La voz quejumbrosa del atribulado informante sembró un dejo de tristeza en mi conciencia y me trajo a la memoria algo de lo que recientemente me enteré y que me aterró.

    Describía un comentarista de televisión el hecho de que en una calle de Ciudad Juárez yacía un cadáver que el canal filmaba y que, en esos momentos, un niño de escasos 10 años caminaba por allí y brincó el cadáver para continuar su camino hacia una tienda, y que brincó de nuevo al regresar, sin mostrar el menor asombro o expresar preocupación, temor o tristeza, como sería de esperarse en un infante.

    Ese hecho escalofriante, lo mismo que el otro del hombre obligado a caminar desnudo entre sus coterráneos, son descripciones de los logros de un gobierno que quiere borrar de los mexicanos la sensibilidad, la conmiseración, la capacidad de rebeldía y la voluntad férrea de luchar contra la injusticia. Quiere convertir al pueblo de México en un conglomerado indigno, sin dolor y sin asombro ante los crímenes que llenan este suelo…

    Si lo permitimos, caeremos junto al mal gobierno en el oscuro cráter de la descomposición del Estado.

    Dirigente del comité ¡Eureka!



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