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Manuel Camacho Solís

Doña Amalia

Ha participado en importantes diálogos y negociaciones políticas: con las organizaciones de damnificados después de los sismos de 1985; el S ...

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    15 de diciembre de 2008

    Doña Amalia Solórzano, viuda de Cárdenas, fue la última representante de la mejor época política del México posrevolucionario. Su muerte deja un vacío a su familia y a sus amigos. Su herencia deja una luz para quienes no se han dado por vencidos, pero están frustrados por la falta de resultados, confundidos por el tamaño de la crisis y asqueados por la corrupción. La ocasión ofrece la oportunidad para recordar esos admirables y dignos tiempos del cardenismo y revitalizar nuestras esperanzas en favor de un México libre y más justo.

    Unas semanas antes de que el General muriera, platicaba con un compañero en la Universidad de Princeton. Después de recorrer el mapa de los conflictos de la época, desde Vietnam hasta América Latina, le pregunté: ¿en qué lugar y en qué época te gustaría haber vivido? Su respuesta me conmovió: “quisiera haber vivido en los años treinta, en México”.

    Me explicó por qué. “Ese México (de Cárdenas) era una nación orgullosa de sí misma, con un proyecto, llena de esperanza en el futuro; que hacía frente con creatividad a la crisis mundial y experimentaba con nuevas formas de propiedad y organización; donde los campesinos pobres y los obreros contaban, el Ejército colaboraba en el desarrollo, los maestros, cual misioneros, llegaban a las regiones más pobres; los artistas se encontraban y eran parte de un verdadero renacimiento cultural. No había una dictadura como las de la época, como la de Stalin o Hitler. No era un enclave colonial ni una sociedad oligárquica”. Su comentario me sorprendió y llenó de alegría. Después, entre más estudié la época, mejor comprendí cómo, en condiciones tan adversas, se había logrado tanto.

    Hoy que ha muerto Doña Amalia —esta gran mujer que acompañó con alegría y reciedumbre al General, a su hijo Cuauhtémoc y a sus nietos— también recuerdo la última conversación que tuve con ella. No hace mucho, en la embajada de España, me acerqué a felicitarla por la gran distinción que le habían otorgado. Como siempre, a sus noventa y seis años, la percibí llena de determinación, honestidad y lucidez. Me dijo: “Manuel, piensen en el país; entre nosotros no tiene por qué haber diferencias”. Sabía a qué se refería. Ya había dicho todo.

    Hoy, en medio de una crisis mundial sólo comparable con la que ellos vivieron. En un momento nacional donde se perdió el rumbo, las instituciones están carcomidas por dentro y tantos mexicanos han perdido la esperanza, mucho bien hace recordar los capítulos de dignidad y éxito que ha tenido México, como los que encabezó el General.

    En momentos como éste, donde se hacen los balances de la vida, es cuando hay que refrescar la memoria y volver a mirar lejos y alto. Algunos dirán que un México mejor ya no es posible. Si aquí estuvieran el General y Doña Amalia, no dudarían en decirnos que hoy, más que nunca, procede aclarar con honestidad el rumbo y hacer política armados de la convicción, el carácter y la inteligencia de la que ellos dieron testimonio.

    Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista



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