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Francisco Rojas

La situación económica

En la Administración Pública, como miembro del Gabinete Presidencial:

Ø Director General de Petróleos Mexicanos durante 8 años (198 ...

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    02 de diciembre de 2008

    Podríamos decir que un fantasma recorre el mundo: el de la desconfianza y el miedo de ahorradores e inversionistas en el sistema financiero internacional y en la capacidad de los gobernantes para ponerse de acuerdo y adoptar las medidas adecuadas para inyectarle liquidez al sistema y reactivar la economía.

    La crisis financiera, que se veía venir, ya contaminó a la economía real. Los expertos no se ponen de acuerdo en la profundidad y duración de la recesión; mientras unos dicen que se asemejará a la de 1929, otros confían en la pronta capacidad de recuperación de la economía estadounidense, como sucedió en las tres crisis anteriores.

    Las peticiones de rescate de bancos y empresas se multiplican y se teme que los recursos sean insuficientes si no se frena el temor, antes de que se convierta en pánico. Los despidos y la espiral descendente que arrastran al consumo y la producción están creciendo con repercusiones mundiales. Japón ya se declaró oficialmente en recesión; Francia y Alemania no se ponen de acuerdo en el monto y alcance de las medidas a adoptar.

    Quizá por eso el presidente electo Obama, aunque se inclinó por reciclar un experto equipo económico moderado, de centro, que pareciera afín a las recetas financieras tradicionales, señaló que sin descuidar el crecimiento a largo plazo, su objetivo era enfrentar el desempleo creando millones de nuevos trabajos y se resistió a rescatar a la industria automotriz sin un programa de reconversión a cambio.

    En México la crisis ya se presentó por el lado de la economía real más que por el financiero, a causa de la caída de las exportaciones, la inversión extranjera directa, las remesas, el turismo, etcétera; pero no sabemos el estado real de los bancos y de muchas empresas, que ya no podrán fondearse en el exterior y a las que habría que apoyar para no obstruir los circuitos financiero-económicos y agravar el desempleo; tampoco sabemos qué haremos si no se alcanzan las metas y supuestos presupuestales; y desconocemos la naturaleza, proporción y plazo de las coberturas petroleras; etcétera.

    Tenemos que adoptar lo que Paul Krugman denomina la “economía de la depresión”, en la que “las reglas usuales de la política económica ya no son aplicables”. En otras palabras, ahora se requieren políticas audaces, prontas y efectivas que reactiven la economía por la vía del gasto público, el financiamiento a los productores, el cuidado del mercado interno, el fomento a las exportaciones y otras acciones apropiadas a este contexto.

    Por ello es necesario, entre otras medidas financieras, revisar el papel del Banco de México y analizar si también, como ocurre en otros países, debe ocuparse del desarrollo económico, abrir la llave del crédito interno para la producción y poder financiar déficit presupuestales temporales, circunstancia prevista en la Ley de Presupuesto para casos excepcionales como el actual.

    El problema es mundial y parece que cada país tendrá que salvarse a sí mismo. Por ello, no podemos permitirnos la inacción y la opacidad y que nos gane la lucha ideológica; hay que ser pragmáticos. El objetivo debe ser evitar la conjunción de la depresión económica con la inseguridad pública, para no caer en problemas sociales y políticos.

    Analista político



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