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Mauricio Merino

Desesperación

Mauricio Merino es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito y coordinado varios libros y ensayos sobre ...

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    01 de octubre de 2008

    Mañana se cumplirán 40 años y el 2 de octubre no se olvida. La masacre con la que culminó aquella crisis que desafió al régimen autoritario sigue presente en la memoria colectiva, y muchos agravios están todavía vigentes. Pero lo cierto es que, después de Tlatelolco, ese régimen ya no pudo lidiar con la desesperanza y poco a poco fue cambiando, hasta desembocar en el que hoy tenemos. No fue automático, ni mucho menos. Pero sin el 68 no sería posible explicar ni los orígenes ni el cauce que tomó esa mudanza.

    También han cambiado las razones del recuerdo. Primero fue importante para evitar que el régimen volviera a utilizar la fuerza como lo hizo entonces, y especialmente tras la nueva ofensiva de junio del 71. Lo fue para evitar la impunidad, aunque el resultado fuera tardío y tibio, como lo ha sido. Lo fue después para defender los principios democráticos, los derechos fundamentales, la emergencia de la sociedad civil, los límites al ejercicio del poder político.

    Y siempre, para no olvidar que tuvimos un régimen que fue capaz de matar, desaparecer y apresar a cientos de jóvenes reunidos en un movimiento político pacífico, con tal de no ceder un ápice.

    Hoy también merece la pena recordarlo por todas esas causas pero, además, para impedir que la desesperación con los resultados del nuevo régimen político nos lleve a creer que deberíamos reconstruir un sistema autoritario.

    Que se piense que, después de todo, un gobierno fuerte e ilimitado en sus atribuciones sería mejor que el equilibrio precario en que vivimos. Que la crisis de seguridad, los descalabros económicos, la exclusión social patente o los conflictos y caprichos políticos interminables acaben por minar las bases de legitimidad del régimen recién nacido, y la gente crea que más vale pasar por un periodo de autoritarismo cobijado en la eficacia, que seguir bregando con una democracia que tropieza.

    Los datos de las encuestas más recientes nos dicen que hay cada vez más mexicanos desencantados con las novedades democráticas. Según Latinobarómetro, solamente 26% de los mexicanos creía, en 2007, que la situación económica del país sería mejor este año; un porcentaje igual pensaba que el Estado sería capaz de resolver los problemas de la sociedad, y apenas 31% se declaró satisfecho con la democracia. No obstante, 66 de cada 100 seguíamos pensando que ese régimen era, a pesar de todo, mejor que cualquier otro.

    El año 2008 no ha traído noticias gratas. Por el contrario, la guerra incivil contra la delincuencia organizada, la disputa por la propiedad de Pemex, los insaciables despropósitos de los partidos y las amenazas económicas derivadas de la crisis financiera de Estados Unidos se añadieron o se acrecentaron durante este año.

    En cambio, las buenas noticias han sido muy magras. De modo que cada vez son más las voces que se olvidan del 68 y de su significado, para imaginar que el país podría ser mucho mejor con un gobierno autoritario y duro, que ponga orden en el desconcierto.

    La desesperanza puede convertirse en desesperación. Pero no es verdad que un régimen autoritario podría solucionar nuestros problemas.

    No hay ninguna posibilidad empírica de sostener esa afirmación, respetando al mismo tiempo los derechos y las libertades de los ciudadanos y pensando en la estabilidad política, el crecimiento y la igualdad social como destinos viables. No tiene sentido matar a la criatura para curar la enfermedad. Quizá estamos ya desesperados, es cierto. Pero a pesar de todo, el 2 de octubre no se olvida.

    Profesor investigador del CIDE



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