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José Luis Calva

Anclados en el pasado

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Especialista en economía agrícola y desarrollo rural, fue distinguido c ...

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    24 de julio de 2008

    De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, las expectativas de crecimiento económico en América Latina alcanzan un promedio de 5.1% anual para 2008.

    Nuestro país destaca a la inversa como el que tendrá el peor desempeño económico: 2.6% de crecimiento anual, contra 4.8% en Brasil, 7.4% en Argentina, 7.6% en Perú, 5.9% en Uruguay, etcétera (BID, Revela, junio de 2008). Ciertamente, las expectativas de inflación en México figuran entre las menores de la región: 4.4% anual, contra un promedio de 8.5% anual en América Latina.

    No es algo sorprendente: la gestión macroeconómica de México se realiza bajo la creencia de que el problema mayor radica en la inflación y no en el miserable crecimiento económico. Ya lo había advertido al profesor Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001: “El vívido recuerdo de la inflación galopante de épocas anteriores” en algunos países ha traído consigo “una preocupación casi exclusiva por los problemas del pasado: por el déficit presupuestario y la inflación” (J. Stiglitz, “El rumbo de las reformas”, en Revista de la Cepal, Núm. 80, 2003). Es indudable: urge “dejar que los muertos entierren a sus muertos”.

    Los cadáveres insepultos no son buenos consejeros, ni en el ámbito político (véase el artículo de Porfirio Muñoz Ledo en EL UNIVERSAL, 11/VII/08), ni en la esfera económica. Como si la hiperinflación que México padeció en el pasado estuviera aún presente, las políticas macroeconómicas contracíclicas para sostener el crecimiento del producto nacional y del empleo han sido abandonadas bajo la visión según la cual la contribución nodal del Estado al desarrollo consiste en la creación de un marco de “estabilidad macroeconómica”, entendida estrechamente como inflación decreciente, próxima al nivel inflacionario de Estados Unidos y finanzas públicas equilibradas, o cercanas al equilibrio ingreso-gasto.

    Desde luego, los costos de esta estrecha visión de la “estabilidad” han sido enormes. Como observó el prestigiado economista José Antonio Ocampo: “Un concepto de estabilización limitado a metas inflacionarias puede tener un efecto tan negativo como las antiguas prácticas macroeconómicas en las que se subestimaba el costo de la inflación”.

    En efecto, “la volatilidad del crecimiento genera una elevada subutilización promedio de la capacidad productiva instalada, que reduce la productividad y las utilidades y por ende afecta adversamente la inversión. Así, la incertidumbre que produce la inestabilidad de las tasas de crecimiento puede tener efectos más severos sobre la acumulación de capital que una inflación moderada” (JAO, Reformar la agenda del desarrollo, 2002).

    De hecho, las estrategias que erigen la estabilidad de precios en objetivo prioritario a ultranza no sólo reflejan una visión estrecha de estabilidad macroeconómica, al omitir las macrovariables reales (la estabilidad en el crecimiento del PIB, de la inversión física, del empleo, etcétera), sino también una confusión de los fines con los medios: olvidan que el crecimiento sostenido del producto nacional y la operación de la economía en un nivel próximo al pleno empleo constituyen el fin primordial y la medida del éxito de una buena gestión macroeconómica. En consecuencia, pierden la mesura en las políticas macroeconómicas —monetaria, fiscal y cambiaria— al control de la inflación, sin atender los fines superiores del desarrollo económico.

    Por eso, conviene romper las anclas del pasado a fin de construir con amplitud de miras la economía del futuro.

    Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM



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