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Editorial EL UNIVERSAL

El dilema de las Cámaras del Congreso

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    18 de abril de 2008

    Agredir con las manos y las palabras a todo el que parezca legislador panista, priísta o afín en el Poder Legislativo aleja de la mesa de discusión la sensata solicitud de Andrés Manuel López Obrador: diálogo sereno frente a la reforma energética en vez del puro ejercicio de la mayoría legislativa.

    Pero un diálogo sereno difícilmente puede realizarse cuando una de las partes usa tácticas extraparlamentarias para detener y desviar las propuestas de la mayoría legislativa.

    Ningún cuerpo legislativo del mundo puede funcionar correctamente cuando está literalmente bajo el “sitio” de personas exacerbadas en busca, tal vez, de una provocación para la violencia.

    Y de la misma forma, ningún Congreso del mundo debería aceptar la simple acometida de la mayoría para la aprobación de un proyecto, aunque así ocurra normalmente en todo el mundo, incluso en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, donde el PRD tiene mayoría.

    En ese sentido, no puede dejar de considerarse triste que la mayoría del Congreso deba sesionar fuera de sus sedes normales no por voluntad popular, sino por una ocupación irregular del PRD, que de estar en la mayoría no permitiría de seguro que la minoría lo desafiase de tal forma.

    Para complicar las cosas el PRD y sus partidos satélites decidieron recurrir al uso de militantes para presionar físicamente a los legisladores, con el peligro que eso implica ante el volátil comportamiento de las grandes concentraciones de personas envalentonadas por la aparente impunidad con que pueden imponerse a quienes no están de acuerdo con ellas.

    Cierto, la esencia del Congreso está en su capacidad de debatir, analizar, negociar y determinar leyes, no en sedes o recintos. Pero en un país como México la imagen es importante. Una mayoría errante, que sesiona en sitios marginales por la imposición de una minoría, no parece ni muy digna de respeto ni confiable.

    Y si las mayorías están dispuestas a ceder en los términos del debate, como resulta evidente en cuanto a la propuesta reforma energética, la minoría debe responder con el retiro de sus “tropas”.

    En todo caso, no puede haber un sano movimiento de izquierda basado sólo en la “acción de masa” contra el poder constituido cuando su unidad está más determinada por la búsqueda de enemigos externos que por la convicción.

    Sean 50 días o cuatro meses lo que dure la negociación, las condiciones que propiciaron la situación actual seguirán mientras el lenguaje y las acciones incendiarias continúen tanto entre los inconformes como en quienes exigen pasar por encima de los integrantes del FAP y sus huestes.



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