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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Autogol de Hugo Sánchez



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    05 de abril de 2008

    Cuando las ciencias sociales no pueden explicar un fenómeno, el balón de futbol se convierte en el diván desde donde emergen los rasgos que escondemos en la cotidianidad de lo intrascendente. Y es que el futbol es la única muletilla global. Hasta Carlos Monsiváis, quien sin pudor alguno ha confesado su analfabetismo del balón, recae en ella. En esa muletilla, escuchada en Roma los lunes por la mañana entre los colegas de trabajo y el café, aparece un consultorio en donde ellos, los tifosi, recargan energía; es la misma muletilla con la que los culés del Barcelona intentan explicar la depresión de Ronaldinho (el emo del futbol que abandonó su sonrisa para contagiar de nostalgia a los catalanes).

    El futbol es la muletilla convertida en evangelio por la iglesia maradoniana, en Buenos Aires, provocando furia entre los administradores de la Iglesia católica (las sectas pago por evento no exigen fe a los fieles, las apariciones de Maradona ocurren cada semana en el palco de La Bombonera). Y en México esa misma muletilla es cantada por el teacher (pobres de los auténticos profesores borrados por la estanflación del lenguaje) López Dóriga para anunciar la llegada del nuevo chupacabras, otrora producto de lujo explotado por Televisa. Tiempos de mediocridad.

    Pero Hugo Sánchez no es un simple futbolista; es una marca registrada por la cultura mexicana. Desde el síndrome del Jamaicón (después de aterrizar sobre el suelo europeo el jugador de las Chivas José Villegas se puso a llorar por nostalgia) a las “cuatro palabras” de don Fernando Marcos (“Hugo: hijo de Sánchez”. “¿Por qué me llama así, don Fernando?”, pregunta indignado el futbolista. “Usted es hijo de Sánchez como yo lo soy de Marcos. No se enoje”, respondió el último narrador auténtico de futbol; después llegaron los mediocres del micrófono), son expresiones paradigmáticas del gran fenómeno social.

    Cuando Hugo se convirtió en entrenador, el balón mutó en metáfora. Su título nicaragüense fungió como currículum de lujo. El ejecutivo de Televisa corrió una operación financiera para calcular el valor presente neto y lo aceptó. Los empleados de la televisora, llamados federativos, lo abrazaron. Los comentaristas le compusieron himnos y la afición etnocéntrica celebró con tequila y guacamole la llegada del campeón (adiós a La Volpe, invasor, bienvenido Hugo, nuestro niño héroe). Llovieron los contratos comerciales hasta que aparecieron Canadá, Guatemala y Haití, auténticas potencias del futbol X-Box. En ese momento el valor presente neto ya presentaba números negativos. El siguiente paso fue desecharlo.

    La marca registrada Hugo Sánchez se integra por los valores de la posmodernidad: mentiras indoloras, mediocridad lujosa, nacionalismos de plastilina y humor como consuelo de la cruda realidad. La mentira en voz del ídolo es más creíble que la verdad de quien la razona. Ante los dolores provocados por la moral y la ética, nada mejor que una aspirina en presentación de mentira. La cultura mexicana lo resiente. A mayor número de mentiras nuestro PIB de mediocridad se incrementa.

    Tuvimos a nuestro Vicente Fox y ahora a López Obrador. Ambos arquitectos de la mentira. Diseñadores de un ornamento “estético” pero antiético. Con Fox los empresarios obtuvieron las ganancias extranormales que ofrecen los sectores monopólicos y oligopólicos. Con Obrador, los intelectuales, aquellos príncipes de la reflexión y el pensamiento, descendieron a niveles escatológicos de la mediocridad. Es la mediocridad lujosa la que sustituye a la bolsa Louis Vuitton de 2 mil dólares por la pirata de 200 pesos (inolvidable aquella fotografía publicada por el periódico El Independiente en la que aparece una de las hijas de Vicente Fox presumiendo su bolsa pirata). Es la mediocridad lujosa de Rafael Fernández de Castro la que lo convierte en académico del espectáculo. Tiempos negros para la educación mexicana. Es ahí donde aparece la metáfora de Hugo Sánchez.

    Lo diría el situacionista Guy Debord. En la sociedad del espectáculo el carpintero se convierte en secretario de Estado y el comentarista de futbol en alivio para la nación. Las revistas del espectáculo y del corazón son cooptadas por los políticos con intenciones futuristas. Mientras que una portada en Caras y Quién genera percepciones positivas, una auténtica crítica periodística daña la imagen. La conclusión es lógica. Que viva la sociedad del espectáculo.

    El falso etnocentrismo de Hugo Sánchez (su objetivo era utilizar a la selección mexicana para, acto seguido, sentarse en el banquillo del Real Madrid) es el mismo con el que López Obrador hipnotiza a intelectuales y a masas, y con el que Vicente Fox intentó escribir el guión de un anuncio publicitario de Coca-Cola, la chispa de la vida. Lo freak es lo in.

    López Obrador bien podría ser el narrador que describe a los turistas la habitación en la que murió Benito Juárez ubicada en Palacio Nacional. Es el teatro del absurdo de Eugène Ionesco con el que mejor se descifra el espectáculo ¿lopezobrariano? El humor de la seriedad.

    En la obra El rey se muere bien pueden aparecer Hugo, Andrés, Vicente o Rafael representando al demente apoderado por el sentido de la irrealidad. Vean, estimados espectadores, cómo el cuarteto lamenta la muerte de su ficción. Goce el respetable público la medalla de oro olímpica de la selección mexicana, al auténtico demócrata, al refresquero estadista y al ejemplar académico. Es nuestro México. Duele.

    Dejo el diván del balón para salir a la realidad de un México a quien se le quiere robar su futuro. Lo más triste es que los autogoles marcados de “chilena” los celebra el respetable público que cubre las gradas del estadio de la mediocridad. Bienvenidos al neodecadentismo.

    pretelin@itam.mx

    Profesor de Estudios Generales en el ITAM



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