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Emilio Rabasa Gamboa

El problema del PRD

Cursó estudios profesionales en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Realizó estudios de posgrado e ...

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    03 de abril de 2008

    Los problemas de organización interna de un partido, si se mantienen dentro de márgenes manejables, no debieran ser noticia de primera plana en los medios impresos o en los espacios que utilizan los electrónicos.

    Pero lo que no puede dejar de llamar la atención sobre el PRD es que este partido estuvo muy cerca de conseguir el Poder del Ejecutivo federal en las elecciones federales de 2006, y desde ahí y del Congreso gobernar a México.

    Por lo mismo, es válido preguntarnos: ¿cómo es posible que un partido con tal grado de conflicto interno, al punto de “crisis” (Arturo Núñez dixit), pudiese haber pretendido y podido gobernar a un país de más de 100 millones de personas, vecino con frontera de la nación más poderosa de la Tierra y decimoquinta economía mundial? Finalmente la pregunta se reduce a: ¿cómo quieren gobernar este gran país si ni siquiera pueden ordenar su propia casa?

    No se trata, por lo tanto, de algo secundario como candorosamente lo acaba de afirmar Leonel Cota, arropándose en la causa energética para desplazar a un segundo plano el problemón de la organización interna, de la que él, como presidente del PRD, es en buena parte responsable. No es una cuestión subordinada, porque la causa del petróleo tiene un sustrato ético-político que se viene abajo si no hay explicación clara de lo que pasó en esa elección y por qué se complicó tanto dar a conocer el resultado final. ¿Pueden defender nuestro petróleo quienes se destrozan internamente?

    Por mi parte creo que el problema de fondo tiene nombre y apellido. Se llama Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su denodado afán caudillista sobre el PRD.

    La tipología de formas de diseñar, construir y mantener a un partido político se reducen a dos: 1.— como un partido profundamente vertical que en su totalidad gira en torno a la figura de una sola cabeza, un solo líder, único, exclusivo y además excluyente, un autócrata partidario, un caudillo en toda la extensión de la palabra; y 2.— como un partido que no obedece a un solo centro de poder, sino que se organiza institucionalmente de tal suerte que su poder se diluye en una serie de instituciones internas que funcionan orgánicamente, ligadas entre sí como los distintos órganos de un cuerpo humano, con distintas funciones y responsabilidades pero engranados todos bajo la idea de que la fuerza superior corresponde al conjunto y no a un solo hombre.

    Para nadie es novedad que el PRD obedece al primer tipo y que su jefe máximo es AMLO. A tal manera se siente identificado con la organización y “confunde sus propios intereses con los de ella”, que podría afirmar sin equivocarse que Le parti c’est moi (“El partido soy yo”), como dice Robert Michels en su célebre libro Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna (Amorrortu editores, Buenos Aires, 1973, volumen 2, p. 27).

    Incluso hay una relación inversamente proporcional: a mayor caudillaje, menor organización interna del partido y viceversa. Mientras más predomina la figura de un solo hombre sobre el grupo, menos capacidad desarrolla un partido político para estructurarse orgánicamente, menos puede establecer y madurar sus estructuras internas porque todo, o casi todo, depende de la voluntad suprema del líder. El colectivo se subordina de tal manera a él, que todas las decisiones están dentro del rango de acción de la cabeza; se trata de una institución con una macrocefalia y un microcuerpo.

    Esto explica el conflicto postelectoral del PRD. Lo que debiera resolverse mediante mecanismos institucionales de organización preelectoral, recepción, escrutinio y cómputo de la votación, que, como se ha visto, son inexistentes o infuncionales, se transforma en una batalla campal por la presidencia del partido, en donde en el fondo lo que menos importa ya es recoger puntualmente la voluntad de su propio electorado, para traducirla en un claro mandato, sino el apoderamiento del partido, para el empoderamiento total de su líder: AMLO. No ya asegurar el respeto por la voluntad de los perredistas empadronados expresada en las urnas, sino asegurar que el PRD quede por completo controlado por él.

    La crisis del PRD exige su refundación sobre bases y estructuras indubitablemente democráticas. De lo contrario, el fortalecimiento de su autoritarismo interno afectará severamente al conjunto del sistema de partidos y, con ello, a nuestra frágil democracia.

    Profesor investigador del Tec de Monterrey, CCM



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