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Sara Sefchovich

El trabajo o la vida

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigadora en el Instituto de ...

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    25 de febrero de 2008

    Cuando Nicolas Sarkozy asumió como presidente de Francia, nombró como secretaria de Economía, Finanzas y Empleo a Christine Lagarde. Lo primero que hizo la señora fue declarar: “Francia es un país en que se piensa demasiado y ya es hora de obligar a las personas a laborar más duro”.

    Poco después el propio mandatario insistió: “Basta de tanto pensar, es hora de arremangarse la camisa y ponerse a trabajar”, dijo. Y afirmó que estaba decidido a aumentar los horarios de trabajo, pues la semana de 35 horas le parecía demasiado corta. No es el único: los japoneses ya ampliaron su semana laboral.

    Hay un deseo de regresar a los tiempos de la esclavitud, del trabajo sin límite de horas y como única vida, de la vida que se reduce a trabajar y trasladarse al hogar para descansar unas horas y repetir la rutina al día siguiente. El trabajador como sujeto que debe dedicar toda su energía y todo su tiempo solamente a eso, sin derecho al ocio y a la diversión (o que ésta se reduzca a un rato frente al televisor).

    ¿Quién hubiera pensado que se echarían para atrás las conquistas de la posguerra que parecían tan firmes? ¿Quién hubiera pensado que en sociedades que sostienen su economía sobre el consumo (de objetos, de diversiones) es donde se pretendería hacer más corto el tiempo libre que da la posibilidad de hacerlo?

    En México hace mucho que dejó de existir la semana laboral. Hoy quienes tienen empleo deben dedicarse a él sin límite. Y además, sin los apoyos que antes eran un hecho: para la salud, para una pensión, para proteger a su familia. Este es el salto para atrás que hemos dado.

    No es sorprendente entonces que quien pueda haga por liberarse de esto. Mejor poner un puesto en la esquina que checar tarjeta en una oficina, mejor irse al otro lado, mejor simplemente no presentarse más a la chamba. ¿Por qué hacen san lunes los albañiles, desaparecen sin avisar los cocineros de los restaurantes, no se presentan a clase los maestros de escuela? Porque trabajar como animales y cumplir no se traduce ni en mejor sueldo, ni en derechos y prestaciones, ni en seguridad en el empleo, ni siquiera en consideración y mejor trato por parte del empleador. ¿Para qué afanarse?

    Los patrones se quejan de que “a los mexicanos no les gusta trabajar”, o de que “no están capacitados”. Frank Tanenbaum decía: “Los hábitos de trabajo distan mucho de los de la mano de obra manufacturera”. Pero no dicen nada de las condiciones que ofrecen y que distan mucho de ser adecuadas. También está de moda quejarse de que no se consume suficiente y no se lee ni hay hábitos culturales. Lo que no dicen es cómo alguien atado por horas a una máquina, un escritorio, un volante o un arado, esperando transporte, apretujado en su vivienda, apenas con agua, siempre con ruido, siempre endeudado, puede hacerlo.

    A los trabajadores y empleados hoy en México se les explota brutalmente. Atrás quedaron los tiempos en que alguna ley o sindicato los protegía. A ello se agregan las presiones de la modernidad: la “obligación” de adquirir productos como champú y enjuague, trajes y ropa deportiva, celular y agua embotellada, bienes “que se acostumbran y que son ampliamente promovidos y aceptados en nuestras sociedades”, como dice un estudioso.

    Este modo de ser hacia los trabajadores es posible por dos razones: una es que en México estamos tan desesperados porque vengan inversiones, que se acepta que cualquier negocio —desde restaurante o banco hasta maquiladora— imponga las condiciones de trabajo que sean, con tal de que genere algunos empleos.

    La otra es que, puesto que ya no producimos ni un tornillo —pues caímos en el invento de la globalización que hicieron las transnacionales para abrirse nuevos mercados y para que más gente consuma las computadoras estadounidenses, los tornillos alemanes, los aviones franceses, los juguetes chinos y los sistemas bancarios españoles— los obreros están prácticamente desaparecidos y lo que hay son empleados de servicios y millones de desempleados que siempre podrán sustituir a quien deja su puesto y que aceptarán todavía menores sueldos, horarios más largos, cero prestaciones. Y de eso se aprovechan los patrones —y el Estado se hace de la vista gorda— para maltratar a los trabajadores.

    Sarkozy podría darse una vuelta por México para ver lo que es una semana de trabajo sin límite de horas. Y entonces vería que no tiene que preocuparse porque se piense demasiado, pues quien trabaja así ya no corre el riesgo ni siquiera de pensar.

    sarasef@prodigy.net.mx

    Escritora e investigadora en la UNAM



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