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Rafael Pérez Gay

Ibargüengoitia

Ha publicado cuento (Me perderé contigo, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer) y (El corazón es un gitano), novela (Esta vez para siem ...

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    23 de enero de 2008

    Ibargüengoitia El 22 de enero de este año que sube el telón, Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) habría cumplido 80 años de edad. Murió a los 55 en un trágico accidente aéreo en Barajas, Madrid, hace 25 años. No deja de ser raro que tanto tiempo después de su desaparición se le siga leyendo como si estuviera vivo. ¿De qué extraño material perdurable estaba hecha su obra? El conjunto de sus páginas se filtraba a través de la sátira, la comicidad y la ironía, que son tres cosas parecidas, pero muy distintas entre sí.

    Sus novelas, sus cuentos y sus artículos son capaces todavía de censurar o poner en ridículo; su espíritu concierne a la comedia, aún divierte, y la burla fina y disimulada forma la textura de su obra. Así ha atravesado el tiempo, se ha enquistado en el gusto de los lectores y se ha impuesto en el canon de los críticos.

    Recuerdo que a finales de los 70, todavía algunos lectores serios, seriesísimos, ninguneaban la obra de Ibargüengoitia. Algunos le reprochaban ausencia de impulso trágico, falta de cosmogonías, poca utilería novelística. Esos críticos han desaparecido mientras que a la obra de Ibargüengoitia nadie le ha arrancado ni un solo lector, antes al contrario.

    El año 1964 marca en el tiempo la aparición de un autor extravagante en el contexto de la prosa de los años 60, sorpresivo en sus novedades temáticas, finísimo en su vocación satírica. En su incisiva brevedad, Los relámpagos de agosto integró el primer juicio narrativo de la novela de la Revolución entendida como un monumento oficial. Las memorias del general Guadalupe Arroyo cuentan con ejemplar consistencia los episodios postrevolucionarios de caudillos corruptos y carnavalescos, la lucha por el poder entre facciones rebeldes, la violenta pacificación de México a través de la componenda y no pocas ocasiones el crimen.

    Con esta novela, Ibargüengoitia puso en su proyecto literario uno de sus asuntos centrales: el poder y sus laberintos. A esa vertiente pertenecen Maten al león (1969) y la obra teatral El atentado (1978), un viaje al fondo de la espiral política en el crimen de Álvaro Obregón. Poder e historia, crítica y desmitificación, sátira y parodia, definen este hemisferio de la obra de Ibargüengoitia que iría a dar, por medio de una interpretación histórica libre e imaginativa, a Los pasos de López (1982), una novela en clave satírica de la Independencia de México.

    El pueblo de Cuévano, en Plan de Abajo, universo de la clase media urbana de un lugar indeterminado del centro del país, sirvió a Ibargüengoitia para encuadrar otro de sus centros narrativos: la falsa moral social y sus filtros en la intimidad y la vida pública. De eso tratan los cuentos de La ley de Herodes (1967) y las novelas Estas ruinas que ves (1975), Las muertas (1976) y Dos crímenes (1979).

    Ciertamente los libros de Ibargüengoitia divierten por la rapidez, la comicidad y la densidad de sus tramas. Una paradoja de su obra indica que precisamente estos atributos nublaron el reconocimiento de Las muertas, la magnífica dramatización de un caso de nota roja: los crímenes tan irreales como absurdos de Las Poquianchis. En esta novela, la sátira es apenas un recurso secundario resuelto a través del humor negro. El verdadero peso de la novela reside en la estructura policial, en el suspenso y en el estudio moral del crimen.

    A principios de los años 70, Ibargüengoitia inició la publicación semanal de breves artículos en el viejo periódico Excélsior. Muy pronto se convirtió en un crack de las dos cuartillas, un periodista de alto rendimiento y un entomólogo de la vida cotidiana. Eran ensayos mordaces de una comicidad desaforada, relatos de viaje, crónicas portátiles sobre la burocracia, la ciudad de México, el discurso priísta de la época, el absurdo diario, en fin, el examen cáustico de la vida pública. Escribió kilos de estas piezas que no reunió completas en vida, aunque sabía la clase de prosa que había dejado en los periódicos. Después de su muerte, Guillermo Sheridan editó y compiló buena parte de sus artículos en varios libros notables: Autopsias rápidas (1988), Instrucciones para vivir en México (1990), La casa de usted (1991).

    Estos libros son una obra dentro de su obra cuyo centro nervioso es una bofetada a la solemnidad, al exceso vanidoso de los personajes públicos, una evasión de ese mundo repleto de gente poseída por altas misiones del espíritu. Si pienso en un Ibargüengoitia de 80 años, me viene a la cabeza Chesterton.

    Escritor



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