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Sara Sefchovich

La ilegitimidad de Cristina Kirchner

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigadora en el Instituto de ...

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    22 de octubre de 2007

    Dentro de unos días se lle-varán a cabo elecciones en Argentina. Según las encuestas, Cristina Fernández de Kirchner es la que más intención de voto tiene y la diferencia con su sucesor inmediato es tanta, que muchos ven la elección como mero trámite.

    Yo no sé nada de política argentina, a pesar de lo cual me siento obligada a hablar de esta persona, porque habiendo estudiado durante muchos años a las “primeras damas”, su candidatura me subleva. Y eso por las mismas razones por las que en su momento me sublevó la de Maricarmen Ramírez a suceder a su marido para la gubernatura de Tlaxcala: que en la democracia los cargos se deben ganar, no heredar y que no hay justificación alguna para las pretensiones dinásticas, ni siquiera la tan cacareada “continuidad del proyecto”.

    Y es que la esencia misma de una competencia es la igualdad de circunstancias de partida. Por eso entrar a competir en una situación en la que se cuenta con el apoyo en recursos y en fuerza tanto real como simbólica de la Presidencia de la República es una trampa que le da ventaja sobre otros candidatos y no precisamente por razones de mejor proyecto. La señora es, al mismo tiempo, primera dama, senadora y candidata (¡vaya ambición!) y viaja por el mundo (así llegó a España, a México, a Brasil), revolviendo todo eso: usa los equipos de seguridad y prensa de la Casa Rosada, aprovecha eventos, contactos, recepciones oficiales y dispone de foros importantes desde donde hablar y de amplia exposición en los medios.

    Los argumentos que más he escuchado de parte de quienes consideran que se debe votar por ella son tres. El más socorrido es que tiene una carrera política con vuelo propio. Sin embargo, si uno sigue los datos, resulta que no tanto, pues ha sido una carrera que se ha dado siempre a la sombra de los puestos del marido. O que me digan que es casualidad, que en las elecciones municipales de 1987 él fue elegido alcalde de Río Gallegos y en 89 ella diputada local; en 1991 él fue elegido gobernador de Santa Cruz y en 95 ella senadora por la provincia de Santa Cruz; y cuando a él lo reeligieron en 2001, a ella la reeligieron también; y en el 2003 él resultó presidente y dos años después ella salió como senadora pero ahora por la provincia de Buenos Aires. Vistas así las cosas, el asunto termina por ser francamente sospechoso.

    Dicen también que la señora siempre se plantó firme a la defensa de sus principios, oponiéndose al presidente Menem y a la imposición de las políticas neoliberales y por la causa de los derechos humanos. Algunos, sin embargo, han visto que estas posiciones han sufrido cambios bastante oportunistas. Pero en todo caso, el problema no es ese. Nadie dice que no sea una brillante política, el punto es que todavía tiene que demostrar que puede ganar elecciones sin el cobijo que hasta ahora le han dado los puestos de su marido y que puede llevar a cabo realmente algo más allá del puro buen discurso.

    El segundo argumento que se usa a su favor, es el de que por ningún motivo hay que dejar pasar a la derecha. Esto es muy importante sin duda, pero no hay que olvidar que hay otros candidatos de la izquierda, incluso un socialista, el señor Hermes Binner.

    El tercer argumento es que sea mujer. Suena muy digno de orgullo que se elija a alguien del sexo femenino, pero ese no es un razonamiento democrático, pues se eligen proyectos, no género. Y en todo caso, hay otra mujer compitiendo, Elisa Carrió Lilita.

    Algo tiene Cristina que ha enamorado a muchos argentinos. “Inteligente, comprometida, luchadora, fuerte”, todo eso le dice Sandra Lorenzano, y hasta la periodista Olga Wornat, famosa porque le pega a todo el mundo, habla tan bien de ella en su libro Reina Cristina que como dice José Natanson en el diario Página 12, los elogios son “de difícil digestión”: “Inteligente, transgresora, indomable, fuerte, carismática, audaz”. La pinta como la mujer perfecta, que además de ocuparse de la política y la familia, también lee, escucha música, va al cine y “siempre se ve divina”.

    Pero también hay muchos que no la quieren, ya sea por escándalos nunca aclarados en manejos de dinero, por su exagerado gusto por acumular poder y por su excesivo gasto en ropa.

    Mi opinión es que la señora tendría que haber copiado el modelo de Hillary Clinton, que consistió en esperar a que terminara el periodo de su marido y entonces sí, trabajar para ganarse a pulso la candidatura de su partido a la presidencia del país, la cual, si la gana, será totalmente legítima; legitimidad que no puede tener Kirchner, a pesar de que gane en las urnas.

    sarasef@prodigy.net.mx

    Escritora e investigadora en la UNAM



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