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Carlos Monsiváis

Triunfos y tribulaciones de la cultura jurídica

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    16 de septiembre de 2007

    El episodio de la reforma elec-toral en el Senado de la República, impresionante y muy probablemente histórico, por si el adjetivo aún tiene sentido, ha presentado o representado en sociedad varios temas y querellas, que podrían verterse en obras teatrales o televisivas. Cito algunos de ellos:

    1. La libertad de expresión. Como se quiera, lo ocurrido y lo que sigue sucediendo (esos tumultos verbales, la unidad férrea o casi de cada sector de contendientes) constituyen un espectáculo centrado en las atribuciones de los medios y su uso particularísimo de las definiciones. Sin embargo, una parte de la contienda se ha presentado como debate sobre la libertad de expresión amenazada, y en rigor, esta libertad se ha ejercido sin tregua. Los empresarios electrónicos han insistido con energía no exenta de ferocidad en los “caprichos de la partidocracia”, sus intereses naturalmente oscuros (los intereses claros, por lo visto, ya no son intereses), sus semejanzas con Hugo Chávez, el secuestro de la nación, los afanes “expropiatorios”, etcétera. Más comedidos o prudentes, los legisladores, debutantes casi todos en la autoridad moral, reivindican con la sinceridad del caso “la representación del pueblo”, algo que en este tono y con acento de sinceridad hasta poco hubiese resultado inaudible.

    Mientras, todas las estaciones de radio y televisión privadas se han especializado en el vilipendio de la clase política en ejercicio previsible y vastísimo de su libertad de expresión y, sin embargo, por ejemplo, el senador Santiago Creel protestó contra la censura que suprimió la transmisión del discurso del panista Ricardo García Cervantes.

    2. El papel de la tecnología. Ahora se podría decir: los secretos de Estado se transmiten los martes en horario triple A. La tecnología pone todo al descubierto y, en el mismo momento en que ocurren los hechos, puede si se quiere auspiciar el ágora nacional y deshacer los enigmas de la pretensión. Al ver en vivo los debates del empresariado y la clase política, se advierte de cuánta información esencial se nos ha despojado, al omitir estos enfrentamientos. La tecnología, además, conduce al primer plano los errores, las limitaciones, los barbarismos; y acorta el tiempo concedido al engaño y la buena fe del público. Ante las cámaras, el que no tiene nada que decir, no tiene mucho que pretender. La tontería común y corriente se vuelve espectacular, y lo que en las entrevistas o en los programas atrae distraídamente si es muy burdo, se vuelve estrepitoso si se le observa con atención.

    3. La manipulación. Los acusados perpetuos de manipular acusan a los senadores de manipuladores. ¿Quién es el primer titiritero en esta historia? ¿Manipula más quien tiene el control de las imágenes o quienes modifican y crean leyes? ¿Se vive en una sociedad icónica o en una legalista? Y, por otra parte, ¿qué es la sociedad? ¿Un conjunto de seres manejables por reflejos condicionados? ¿Una comunidad crítica? A este respecto, convendrá observar el destino del llamado de la industria de la radio y televisión que exige un referendo convocado por el IFE para que el pueblo se exprese sobre la reforma electoral, presumiblemente a su favor ya que no se convoca a un referendo para perderlo. Será interesante ver cuántos defienden los derechos de la industria y cuántos la posición de los legisladores en materia de una publicidad tan cuantiosa. Y si los argumentos de ambas partes han sido explícitos y abundantes, ¿a quiénes convencen los de un lado y los del otro y qué movilizaciones tendrán lugar? Como se quiera, y aunque sea por una sola vez, el referendo sería una variante interesantísima del rating, al ser inconcebible que nada ocurra luego de este sacudimiento nacional.

    4. La telenovela. ¿Hay, a estas alturas, algo que no se parezca a la telenovela? Se podría decir que sí, que la realidad no se le asemeja, pero aún la realidad mantiene sus semejanzas y muy considerables con las telenovelas, por ejemplo, la división de la semana en episodios y la interrupción de los momentos culminantes de la familia o la pareja por exigencia de los comerciales. Y vuelvo a las sesiones de la reforma electoral: ¿tienen o no que ver con la telenovela? La respuesta es dubitativa. No, porque este debate es central en la vida del país; sí, en lo tocante a las reacciones de la ciudadanía (que va y viene entre su condición cívica y su situación ancestral de espectadores) y a la conversión de los participantes en héroes de una telenovela heroica. ¡Ah, las poses, los desplantes, la ira instantánea, la serenidad republicana, la fuerza de las generaciones agazapada tras la apariencia del fluir de personalidades del prime time! ¡Ah, el debut de la conciencia de casi todos los participantes! Sin embargo, la influencia de la telenovela esta vez no fue significativa a la hora de la votación. En relación a tanto dinero ahorrable o agotable, no hay melodrama posible.

    5. La cultura jurídica. Como de costumbre, en los momentos críticos las partes en contienda acuden a la mención y la protección de las leyes, la Constitución de la República en forma muy especial. Desde la derrota del PRI en 2000, la cultura jurídica es fundamental en México, así los resultados positivos sean tan escasos y, las más de las veces, tan decepcionantes. Pero los cambios son numerosos, en primer lugar la conciencia de la estructuración de la nación a través de sus legislaciones, y el papel inevitable de los abogados (expertos en derecho penal, derecho fiscal, derecho civil, derecho mercantil), y en segundo lugar la urgencia del aprendizaje colectivo de lo esencial de las leyes. Y esto vale para las clases dominantes, no es lo mismo hablar desdeñosamente de las leyes, que refugiarse en ellas.

    Ningún otro elemento de la República ha ocupado tan superficial y tan profundamente a la vez como las leyes el sitio de honor de los enfrentamientos políticos y económicos, y como lo constitucional o anticonstitucional de las posturas de los tres poderes. Al respecto, la reforma electoral ha desbordado las expectativas, y el resultado es paradójico: en el momento en que es un hecho la sucesión de victorias de la impunidad, se incrementa la esperanza de quebrantarla a través de las leyes.

    6. La necesidad de no improvisar. Un debate que atrae tan desmedidamente al sector nacional con intereses políticos (mucho más grande de lo que se supone, así sea todavía mínimo o cíclico su poder de movilización), exige la preparación de los actores en contienda. Luego de meses invertidos en examinar papeles y advertir semejanzas y diferencias, los senadores, así la formación jurídica de muchos de ellos sea un tanto débil, sí se expresaron con la corrección exigible, sin las virtudes de la elocuencia o sin poder de síntesis en la mayoría de los casos, pero con conocimientos más precisos. En su oportunidad, los representantes de los medios —y si generalizo es porque la mayoría de las intervenciones eran idénticas o peligrosamente parecidas, salvo las muy folclóricas— con más o menos infortunio solían repetir las lecciones impartidas con celeridad un día antes. Esto, por decir lo menos, resultó inconvincente y soslayó el meollo de la polémica, el papel de la publicidad electoral. Los comunicadores al no dirigirse a sus destinatarios habituales se hallaron en zonas resbaladizas y casi todos evidenciaron la urgencia de cursos especiales.

    Termino con una obviedad: no es lo mismo hablarle al público que dirigirse a la ciudadanía.

    Escritor



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