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Carlos Monsiváis

Las vicisitudes del humanismo

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    02 de septiembre de 2007

    En esta temporada de abolición de los ideales (la frase anterior es melodramática pero la realidad aludida es más que patética) el humanismo es, la mayoría de las veces, un término hueco, usado con fines de grandilocuencia programada. Hace mucho, casi desde la Primera Guerra Mundial, que no se cree seriamente en las funciones del humanismo como presencia del espíritu clásico (armonía, serenidad, búsqueda de la belleza, fusión de ética y estética), que ejerce a través del conocimiento, la presencia de los valores drásticamente humanos, provengan del cristianismo o de la laicidad.

    El humanismo tradicional pierde la mayor parte de su fuerza movilizadora en el siglo XX, luego de las dos guerras mundiales, el Holocausto, las guerras del colonialismo, los golpes de Estado, y muy particularmente los etnocidios, de Ruanda a Darfur, de Camboya a Serbia, de Uganda a Chechenia y el territorio, el enemigo del terrorismo de Estado. La tan debatida frase del filósofo Theodor Adorno (“Es imposible escribir poesía después de Auschwitz”), que en la novela de William Styron, Sophie’s Choice, el personaje del judío americano lleva a su culminación autodestructiva, señala la crisis radical del humanismo, la antigua sustentación del desarrollo libre y pacífico. ¿Cuántos siguen creyendo en él y por qué razones?

    En uno de sus apotegmas más citados (“Todo documento de civilización es al mismo tiempo un documento de barbarie”), Walter Benjamín señala los límites del humanismo en una sociedad interconectada y compleja. Esto se complementa con la expresión de Frantz Fanon: en la cultura de Occidente, lo universal se alcanza siempre a expensas de lo local. Y algo parecido sucede con el sistema representacional que se ha vivido, tan dependiente del silencio de los Otros, y carente de autoridad al negarle tajantemente espacio o poder de intervención a sus representados. Así, en el orden de las naciones y de la vida internacional, por razones que incluyen el cambio drástico de los sistemas educativos y la presencia mucho mayor del cinismo como disciplina del entendimiento, el humanismo, no obstante con su remanente cultural aún muy vivo, más bien se ha trasladado a la defensa de los derechos humanos.

    ¿Qué ha pasado allí desde la década de 1970? En materia de las responsabilidades de matanzas y genocidios, ¿se está ante lo que, en concepto ampliamente debatido, la filósofa alemana Hanna Arendt llamó “la banalidad del mal” (Eichmann en Jerusalem, 1963)? Arendt explica su idea, rebatida entre otros por Gershom Seholem y George Steiner, con una serie de lo que hoy se llaman ideas-fuerza:

    —Desde la estupidez del personaje ni siquiera con la mejor voluntad del mundo se puede extraer de Eichmann una profundidad demoniaca o diabólica, tan alejado está de la realidad.

    —Se puede debatir de modo prolongado y profundo sobre el papel de Nadie, que es la sustancia verdadera de la forma política conocido como burocracia... Cuando Hitler afirmó que en Alemania un día se consideraría una “desgracia” ser un jurista, se refería con gran consistencia a su sueño de la perfecta burocracia.

    —(Algo muy común en América Latina) La razón de Estado de modo equivocado o correcto, como sea, apela a la necesidad, y los crímenes del Estado cometidos en su nombre (que son por entero crímenes en términos del sistema legal dominante del país que se trate), son considerados medidas de emergencia, concesiones hechas a los rigores de la realpolitik, para conservar el poder y asegurar así la continuidad del orden legal existente como un todo.

    * * *

    La indiferencia ante la tortura, el asesinato, el encarcelamiento injusto, no tiene como paisaje al mal en estado puro, la incomprensión ante los seres deseosos de infligir dolor y muerte. Más bien, se trata de la disminución del valor de la vida humana en un mundo regido por el individualismo extremo. Y ante esto lo declarativo —documentos de la ONU y de la UNESCO, leyes de las naciones, llamados de los clérigos— tiene poca importancia. Y las organizaciones de exterminio disponen de un gran apoyo: la ignorancia deliberada de la población, que es miedo y es táctica de sobrevivencia. ¿Quién protestó en la Alemania de los años 30 cuando las detenciones masivas y las deportaciones de judíos, gitanos y homosexuales? ¿Cuántos clérigos se opusieron públicamente al Holocausto como el pastor Martín Niemoller? ¿Quién le hizo caso en la izquierda mundial a las denuncias sobre los procesos de Moscú, de Praga, de Budapest, de Berlín Oriental? ¿Qué indignación moral se produjo en la derecha ante las atrocidades de Franco en España, de Oliveira Salazar en Portugal, de Trujillo en Santo Domingo, de Somoza en Nicaragua? ¿Qué gobiernos boicotearon efectivamente al régimen de Sudáfrica? ¿Qué se dice de las atrocidades del régimen de China?

    Un ejemplo límite en la época de la sociedad sobreinformada: la intervención norteamericana en Vietnam, que da por resultado cientos de miles de víctimas, el uso de armas químicas, el arrasamiento del territorio, el asesinato a mansalva. El proceso del teniente William Calley, convicto y confeso de la matanza en el poblado de My Lai, pone al día el proceso de Eichmann y anticipa el de Klaus Barbie, el carnicero de Lyon. ¿De dónde surge la compulsión homicida? ¿Hay elementos de violencia innata en personas sin antecedentes criminales, o la violencia es también un proceso inducido? ¿Quién es el culpable: el sargento Calley, el secretario de la Defensa Robert MacNamara o el establishment financiero militar? ¿Quién es el culpable: McNamara o el presidente Lyndon Johnson? ¿Quién es el culpable: el presidente Johnson o el sistema de la muy rentable industria bélica? A esto se agregan los casos sucesivos de combatientes de Vietnam que enloquecen y matan a 10, 12 ó 15 personas en restaurantes y edificios de apartamentos, y exhiben las resonancias trágicas del miedo de morir, y el terror y el alivio del crimen en mentalidades a quienes la guerra somete a la fatiga, la droga, la eliminación de los horizontes de normalidad, y despierta en ellos las fuerzas de la perturbación y el ansia del exterminio.

    Irak es ya el territorio del neoliberalismo en su dimensión genocida. Si Saddam Hussein no es la banalidad sino la perfección del mal (la teología del crimen masivo), el comportamiento del régimen de Bush es la consumación del horror al actuar “en contra del Eje del Mal” y en nombre “de la civilización cristiana” y destruir un país. Los que se han opuesto a la invasión de Irak, los que denuncian los ecocidios, los que se movilizan contra las represiones en cualquier lugar del mundo, son los continuadores efectivos del humanismo, en la etapa en que el genocidio se quiere hacer pasar como obligación moral.

    Escritor



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