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Carlos Monsiváis

Rotonda de frases ilustres

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    15 de julio de 2007

    ¿Qué le da popularidad instantá-nea a una frase y le otorga décadas o siglos de vida? Lo primero: sus facilidades nemotécnicas, las circunstancias históricas o publicitarias en que se produce, el aprecio regocijado del humor colectivo (“Coopelas o cuelo”), y las cadencias de la expresión: “Dadme la libertad o dadme la muerte” (Patrick Henry)./ “Soldados, desde lo alto de las pirámides cuarenta siglos os contemplan” (Napoleón)./ “Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” (Madame Rolland). Estas frases sintetizan las épocas en que la idea del heroísmo provoca el paroxismo virtuoso de las naciones. En el periodo larguísimo en que las metas de lo heroico le son esenciales al lenguaje público y se constituyen en el gran estímulo privado de las sociedades, resuenan victoriosos los apotegmas y, además, es tan impetuoso el culto a la heroicidad que el cinismo sólo se filtra en los labios de los vencidos: “¡Qué gran artista ha perdido el mundo” (Nerón)./ “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?” (Stalin).

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    No se ha concretado el interés por desentrañar las frases de éxito enorme, quizá porque se piensa que únicamente son puerilidad pop. Tómese la respuesta del boxeador Raúl Ratón Macías al entrevistador Paco Malgesto: “Todo se lo debo a mi mánager y a la Virgencita de Guadalupe”. Bastan unas cuantas palabras para trastocar las jerarquías, y poner al representante por encima de la fe. Se alegará que el orden de los factores no altera el producto, pero esto auspicia las dudas: la Virgen de Guadalupe se queda en el ring-side junto al mánager, pero eso, la conversión de la Virgen en espectadora milagrosa, enloquece a la escena del combate y la vuelve secular. Y si Vicente Fox, a la sazón primer mandatario, le dice al reportero que le exige una declaración comprometida: “¿Y yo por qué?”, lo gracioso no es ver a un presidente de la República que se escabulle como puede de la responsabilidad, sino a un presidente que gana tiempo como puede para ver si se le ocurre algo sobre quién sabe qué.

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    Las frases, los apotegmas del siglo XIX provienen de la historia y se difunden con tal de forjar el espíritu cívico o patrio. Al demandarle a su padre la incorporación al bando español, el héroe insurgente Vicente Guerrero contesta: “Señor, usted es mi padre, pero la patria es primero”; Guadalupe Victoria, en la batalla, lanza al río su arma y grita: “Va mi espada en prenda, voy por ella”; el liberal Guillermo Prieto, ante la traición del destacamento en Guadalajara que va a fusilar a Benito Juárez, se precipita y lo cubre con su exclamación: “Soldados, los valientes no asesinan”; Juárez incluye en un discurso la frase que lo acompañará para siempre: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

    ¿Qué distingue a estas frases? Inequívocamente, su origen político y épico. ¿Y qué las exceptúa del olvido? Desde luego, el hambre de hazañas que al transmitirse en la educación básica se vuelven expresiones abstractas; en segundo lugar, el gusto por las señas de identidad colectiva que son o quisieron ser instrucción cívica; finalmente, una certeza: a la historia, la experiencia totalizadora, se le puede encapsular en unas cuantas sentencias brillantes.

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    En su primera etapa de avasallamiento, la publicidad produce eslogans que cautivan por la sonoridad, el encanto prosódico, la hipnosis rítmica: “Mejor, mejora, Mejoral./ De los astros el sol, de los habaneros Ripoll./ De Sonora a Yucatán usan sombreros Tardán”. Y un jingle muy afortunado de la década de 1950 anuncia un detergente: “Siga los tres movimientos de Fab, remoje, exprima y tienda”. El jingle, morbosamente, se pone de moda al morir Jorge Negrete, gracias a un chiste mecánico pero efectivo: “¿En qué se parecen Fab y María Félix? En que ella también remoja (sus primeros compañeros), exprime (Agustín Lara) y tiende (Jorge Negrete)”.

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    En su triste oportunidad, las consignas electorales o políticas se extinguen con rapidez y, si acaso, alcanzan el rango de chistes compartidos en cada generación por una minoría. El presidente Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) emite consignas que desde el principio ingresan con éxito al humor involuntario: “Al trabajo fecundo y creador./ La marcha hacia el mar./ Todas las libertades menos una: la libertad de acabar con las demás libertades”. El humor popular o de la clase política halla variantes (“todas las libertades menos una, la libertad de ejercerlas”), o convierte al “trabajo fecundo y creador” en el combativo sinónimo de holgazanería.

    Los lemas de campaña o las frases de temporada sólo le sirven al choteo y al relajo. Adolfo López Mateos exclama: “A mi izquierda y a mi derecha está el abismo./ Yo soy de extrema izquierda dentro de la Constitución”, y obtiene la andanada del sarcasmo: “Las tres pistas del abismo: la izquierda, la derecha y López Mateos”, y la presión norteamericana lo hace abjurar de atribuirse la condición de “extrema izquierda” de la Constitución o de lo que sea.

    Gustavo Díaz Ordaz, en rigor, sólo produce una frase de alcances populares en su informe del 1 de septiembre de 1968: “La calumnia no me llega, la infamia no me toca, el odio no ha nacido en mí”. Y con el entusiasmo del converso (de burócrata modélico a líder del pueblo), Luis Echeverría adopta una consigna que no dice nada y que por eso mismo llama la atención: “Arriba y adelante”, que es como decir: “Súbele y síguele”, o algo así de profundo. A José López Portillo lo gana y lo pierde su amor por la oratoria a medio camino entre lo propio del tribuno y lo típico del penalista: “A los desposeídos les pido perdón”, dice al principio, y culmina: “Defenderé el peso como un perro”, sin agregar lo que sería más justo: “A los desposeídos les vuelvo a pedir perdón porque en seis años no hice nada por ellos”.

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    ¿Forma parte el rumor del lenguaje público? En países librados al autoritarismo, la impunidad y la negación de la realidad, el rumor ha sido la médula del lenguaje público, la fuente de la credulidad sin sustento, y por eso mismo el sustento de la credibilidad.

    Al ser el rumor un elemento primordial, eleva lo que toca el tiempo suficiente para que los enterados, siempre muchísimo, sepan si lo adoptan o se le deja desvanecerse. Por más de un siglo por lo menos mientras se impone el impulso avasallador del presidencialismo (la ideología del único hombre libre en el país), se repite la exclamación muy sucinta de Lerdo de Tejada a don Benito Juárez a punto de tomar una decisión radical: “Ahora o nunca, señor presidente”. Los contextos se eliminan y sólo queda, refulgente, la acción del ciudadano que le exige al gobernante el paso adelante que cancele dos concesiones al enemigo. En su turno, el “Comes y te vas” de Vicente Fox es desde el primer minuto picaresca y pintoresquismo.

    El lenguaje público se va deshaciendo del acento épico (el último gran momento latinoamericano: el discurso final de Salvador Allende en el Palacio de la Moneda, y eso entroniza al cinismo, la picaresca y la bobería que el registro irónico vuelve digna de atención. Todo esto aísla ventajosamente la expresión de Fox, se desvanecen la Cumbre de Monterrey, la necesidad de no ofender a George Bush con la presencia de Fidel Castro, y el nerviosismo de un mandatario que, literalmente, no sabe en dónde depositar sus palabras, y queda nada más la suprema expresión de la descortesía: “Comes y te vas”.

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    Con “Coopelas o cuelo”, Ye Gon esencializa la trama que de ser cierta revela la masificación de los corruptos. De no ser cierta, la realidad se ve en problemas para justificarse.

    Escritor



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