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Ricardo Raphael

Dilemas socialdemócratas

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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    09 de julio de 2007

    La candidatura de Patricia Mer-cado y la ratificación del registro nacional del partido Alternativa resultaron ser uno de los fenómenos políticos más interesantes durante la elección federal ocurrida el año pasado.

    A diferencia de sus adversarios en la contienda, esta fuerza no contaba con una base de militantes que se extendiera uniformemente en el país, ni mucho menos con redes añejadas a lo largo del tiempo en las barricadas del clientelismo.

    Tampoco consiguió abundantes recursos para pagarse una intensiva campaña en los medios de comunicación; la pugna interna entre la facción campesina de ese partido (la cual quería ver a Víctor González Torres como su candidato presidencial), y el grupo de los socialdemócratas, impidió por un largo y valioso tiempo, la entrega de dineros públicos para hacer campaña.

    Cuesta arriba fue convencer en estas condiciones a los votantes para que se inclinaran por una opción cuya candidata presidencial no tenía ninguna posibilidad de ganar la contienda. Un acto atrevido, por otra parte, si se considera que los primos mayores de la izquierda, encabezados por Andrés Manuel López Obrador, contaban con condiciones inmejorables para triunfar.

    ¿Cómo fue posible entonces que Alternativa lograra obtener un millón de votos en julio del año pasado?

    Por principio debe advertirse que este partido se benefició de una oferta política que, gracias a la experiencia previa, llegó al 2006 dotado de contornos ideológicos y objetivos políticos bien definidos. El llamado que hiciera Patricia Mercado para que los ciudadanos votaran a favor de su opción socialdemócrata contaba ya con dos antecedentes: el primero ocurrido en 2000, donde Democracia Social obtuvo cerca de 780 mil votos, y el segundo en 2003, con la participación de México Posible y Fuerza Ciudadana.

    La etiqueta socialdemócrata se ha ido construyendo en México como una identidad que aprecia los valores relativos a la justicia pero que, al mismo tiempo, se distancia de la izquierda que es ambigua con respecto a las vías legales y democráticas para provocar el cambio social.

    A diferencia de otras opciones, los socialdemócratas asumen que, además del gobierno, diversos actores sociales y económicos deben participar en la construcción de un espacio público y un mercado con características solidarias e igualadoras. También mira con sospecha el maniqueísmo que quiere entender a la libertad y a la equidad como dos valores opuestos; en un sentido distinto, toma a ambos principios como indisociables para construir una comunidad humana próspera y civilizada.

    Hasta ahora, estas definiciones ideológicas han hecho inviable que la corriente socialdemócrata establezca alianzas electorales con el resto de la izquierda mexicana.

    El coqueteo sistemático del PRD con el ataque a las instituciones, su uso indiscriminado de mecanismos clientelares que atentan contra la autonomía política de los individuos, y la falta de un sincero compromiso con las libertades de las mujeres, los jóvenes, los homosexuales y otros grupos sociales igualmente excluidos, son elementos que tanto en 2000, como en 2003 y también en 2006, hicieron imposible la participación socialdemócrata en un frente amplio de todas las izquierdas.

    Razones muy similares han llevado a que tampoco sea coherente la alianza de Alternativa con el PRI. Si bien es cierto que a esta gran fuerza política ya no le queda mucho de revolucionaria, también lo es que su respeto por las instituciones continúa siendo parco. Varios son los gobernadores priístas que aún se resisten a respetar la legalidad porque saben que tal cosa terminaría por restarles mucho del poder con el que todavía cuentan.

    Por otra parte, el PRI no ha renunciado al uso clientelar de los recursos públicos, ni ha logrado sostener una posición nítida y comprometida con respecto al tema de las libertades; no puede hacerlo porque buena parte de su electorado es esencialmente conservador.

    Es por estos argumentos que una porción nada despreciable de la ciudadanía, cuya identidad es contraria a la derecha panista, vio con buenos ojos la opción autónoma encabezada por Patricia Mercado. Argumentos que, por cierto, han de seguir siendo siguen válidos, porque de otra manera no se explicaría el hecho de que esta ex candidata conserve, hasta el día de hoy, 2.6% de las preferencias, según la encuesta que hace una semana publicara este diario.

    ¿Quiénes son estos electores socialdemócratas? Un análisis de los números demuestra que el voto por Alternativa está compuesto por personas que viven en zonas densamente urbanas (concentradas en el valle de México, Guadalajara y otras pocas ciudades ubicadas en el centro del país); ellas tienen entre 18 y 37 años y poseen más de siete años de educación. A tales datos habría de añadirse que el voto por Alternativa es ligeramente más numeroso entre las mujeres que entre los varones.

    La valoración de tales elementos haría suponer que la base electoral de esta fuerza política puede crecer. México es un país cada día más urbano, la población joven seguirá aumentando en su peso político, los años de educación tienden a incrementarse, y las mujeres tienen cada día más importancia en el espacio público.

    Con un poco de inteligencia y sobre todo, con mucho de paciencia, es altamente probable que Alternativa logre dar un siguiente salto cualitativo en las próximas elecciones federales. Claro está, siempre y cuando no se busque acelerar el crecimiento a través de alianzas equivocadas que muy pronto le convertirían en un partido satélite más.

    El peor de los errores que esta fuerza podría enfrentar sería darle la espalda a la naciente corriente electoral que ha logrado construirse durante los últimos ocho años.

    Sólo si Alternativa se concentra en participar en aquellas elecciones que ocurran dentro de sus ámbitos regionales de influencia, y sólo si puede explicar transparentemente a sus votantes cada uno de sus actos, esta opción política podrá convertirse, con el paso del tiempo, en una opción viable de gobierno.

    La cuestión esencial está en que su directiva sepa administrar el nerviosismo y las prisas. Su tarea debería centrarse en amplificar la eficacia de su organización partidaria, mientras continúa robusteciendo la coherencia entre sus principios y sus prácticas.

    En cambio, si su dirección establece alianzas electorales insostenibles desde el plano ético, Alternativa terminará desapareciendo, o bien convirtiéndose en una pieza inocua del sistema mexicano de partidos.

    Analista político



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