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EDITORIAL DE EL UNIVERSAL

Con ciencia a la distancia

Inspiración en el interés público, responsabilidad, búsqueda de la verdad, de permanente justicia y del cumplimiento de los derechos humano ...





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    29 de marzo de 2007

    Saber que las naciones más desarrolladas del mundo fincaron su progreso en la aplicación del conocimiento científico y que las que le siguen, los gigantes y las potencias medias de Asia, propician la investigación aplicada como método de desarrollo es un llamado de atención a la conciencia popular mexicana que confunde ciencia con espiritismo.

    Mario Molina Pasquel, el mexicano que compartió en 1995 el premio Nobel de Química por su descubrimiento del agujero en la capa de ozono, es la prueba más contundente del potencial científico que tenemos los del pasaporte verde.

    El interés de Molina por la ciencia se despertó cuando siendo un niño vio a través de un microscopio de juguete una célula.

    Ahora, determinados por sus tempranas, permanentes y limitadas experiencias, muchos mexicanos consideran científicos a Jaime Maussán, popular relator de episodios de presuntos objetos voladores no identificados; Carlos Trejo, especie de cazafantasmas; y Madam Sazú, síquica que en breves consultas telefónicas de hasta mil pesos da números para ganar la lotería y solucionar problemas sentimentales, laborales y personales de cualquier índole y magnitud.

    Una encuesta nacional sobre la percepción pública del conocimiento científico y tecnológico en México, realizada por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) y por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, revela que ocho de cada 10 entrevistados confía más en la fe que en la ciencia.

    La encuesta revela que de la ciencia se duda, y de las ciencias ocultas -nigromancia, espiritismo, astrología- se acepta todo.

    El sondeo no busca fijar el nivel de ignorancia de los entrevistados, que ven en la clonación una réplica exacta de un ser vivo, en lugar del proceso genético de hacer copias de un fragmento de ADN, sino valorar el interés o la importancia que la ciencia tiene en la vida diaria de todos nosotros.

    No podemos culpar a los mexicanos a quienes se preguntó en el ejercicio mencionado de que casi todo su interés sea para los deportes -es común que las conversaciones cotidianas comiencen con un intercambio elemental sobre el último partido de futbol, de ahí a veces se pasa a algún intercambio relacionado con la cultura y, en tercer lugar, se habla de ciencia.

    Por qué habría de sorprendernos este orden de prioridades, si tenemos más estadios deportivos que museos, acuarios, zoológicos y galerías de arte, y no hay evidentemente programas de divulgación masiva de la ciencia, ni concursos ni atracciones que la tengan como tema central.

    En la mayoría de las escuelas mexicanas, sin laboratorios ni talleres en funcionamiento, la enseñanza de la ciencia suele ser meramente teórica, carece de la fascinación ofrecida por ejemplo por la Historia de la química de Isaac Asimov, donde relata un verdadera saga de apasionantes aventuras, desde las arenas de Arabia hasta la energía atómica y la conquista del espacio, pasando por los avances de la medicina.

    El reto en México para todos científicos, maestros, comunicadores, todos, es hacer de lo importante algo interesante para que la ciencia sea Molina y no Maussán.



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    Editorial EL UNIVERSAL Un Hoy No Circula más justo


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