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Carlos Monsiváis

Del cine como vanguardia cultural

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    04 de marzo de 2007

    " Es nuestra noche". Enunciada de varias maneras, la frase es la consigna: la ceremonia de la entrega del Oscar en 2007 ratifica el talento de los mexicanos en el extranjero, desde luego los directores (Alejandro González Inárritu, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón), el guionista (Guillermo Arriaga) y los intérpretes. Por lo pronto, las 16 nominaciones avisan de la madurez de los que podrían integrar otra industria fílmica nacional.

    El día de la entrega del Oscar, Televisa transmite el último capítulo de Betty, la indigna del espejo o, no recuerdo bien, Betty, la fea más bella. La telenovela goza de los 43 puntos de rating que en México humillan -es un decir- a los 12 puntos convocados por las estrellas de Hollywood. Cuento de hadas-mata-cultura fílmica. Pero a La fea más bella le precede el éxito internacional; la primera versión (colombiana) se ha transmitido en 60 países, y en 13 más se han grabado adaptaciones locales. Sin esto, aun con el glamour hogareño de la telenovela, el Oscar asediado por mexicanos habría resultado invencible en la sociedad todavía chovinista.

    * * *

    La entrega del Oscar ocurre en otra etapa, al mismo tiempo triunfal y engañosa del cine internacional, en auge por la acción de varios elementos: la globalización, que promueve la simultaneidad de lo no simultáneo; el cable, que ya transmite películas sin anuncios; y el DVD, que instaura en cada hogar dividitecas, nuevas obligaciones de las familias o las personas ya requeridas de ver otra vez sus secuencias predilectas, o de combatir el tedio con la reiteración.

    Las dividitecas crecen con la rapidez casi desconocida por las pequeñas bibliotecas familiares o personales. Algunos filmes clásicos (propuestas de los críticos y de la memoria de los gustos sociales) se vuelven obligatorios (Hitchcock, John Ford, Bergman, las diosas de la pantalla), pero lo usual es adquirir películas que irradien la sensibilidad de hoy, y en el alud figuran indistintamente los directores (por ejemplo Martin Scorsese, Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Woody Allen, James Cameron) y las actrices y los actores (Meryl Streep, Penélope Cruz, Kate Winslet, Julia Roberts, Uma Thurman, Al Pacino, Robert de Niro, Leonardo DiCaprio, George Clooney, Jack Nicholson, Matt Damon, Mark Whalberg, Keanu Reeves, Cameron Diaz). La lista se prolonga, se acorta, se enriquece. Ya sé a quién admiraste el verano pasado.

    A las presencias estadounidenses se añaden, sin tanto brío de taquilla, pero con fuerza creciente, algunos ingleses y francesas (Judi Dench, Helen Mirren, Maggie Smith, Gary Oldman, Isabelle Hupert, Gerard Depardieu). No demasiado, el hechizo de los blockbusters sigue concentrado en Hollywood, no obstante el impulso de la industria fílmica hindú (Bollywood), de la española, y de diversas muestras del talento internacional. Todo es mercadotecnia, no todo es mercadotecnia, lo extraordinario en algo o en bastante se escapa de la mercadotecnia, quién evadirá algún día la mercadotecnia.

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    No se discute: el cine es un apoyo seguro de la sociología, la antropología, la psicología, la etnología, el análisis del cambio de costumbres, la perspectiva de género, la globalización. Si el cine es un negocio descomunal, también es arte, retrato a fin de cuentas fidedigno de una época, historia de las comunidades, propagación de la moda y del aspecto mutable de las personas, y eje de la cultura visual hoy imperante. Ya es un hecho: la cultura fílmica es parte indispensable, así sea en dosis pequeñas, del patrimonio moral y cultural de las personas en el medio urbano, y ya también en el rural.

    Se está al tanto de directores, actores, géneros, tendencias, se recitan las filmografías como a principios del siglo XX se decían poemas, se discute apasionadamente la ideología de las películas, se usan los nombres de directores como adjetivos atmosféricos (un personaje felliniano, un suspense hitchockiano, un taxi almodovariano, una religiosidad bergmaniana). Y el analfabetismo fílmico es bastante menor que el literario por la distribución inmensa del cine, y por las dificultades reales o inerciales de la literatura, de los conceptos a los experimentos de la prosa.

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    La mayoría de los productos fílmicos son deleznables, pero la sofisticación crece al requerirse el público enorme que pague los presupuestos desmedidos. Se desarrolla la tecnología y, por ejemplo, se eleva a diario el nivel de los efectos especiales, normados por la estética en donde confluyen las artes plásticas, la publicidad, el dibujo del cómic, el diseño por computadora.

    El cine, el gran privilegio de esa edad única, la niñez perdurable, se fortalece en gran medida con la serie de Star Wars, las influencias conjuntas de la fábrica Disney y Steven Spielberg, y, ventajas son del tiempo, las fantasías de Silly simphonies de Disney y el asalto a los sentidos de la animación artística se refrendan con el género vastísimo del manga japonés o con las derivaciones de los comics books (Superman, Batman, Spider Man, The Crow, The Hulk, Darkman, Blade, Dark City, Sin City). Hasta allí muy bien pero -oh dolor del capitalismo salvaje-, la piratería desplaza al comercio formal y abarata enormemente los productos cuando la clonación electrónica eleva su calidad. Las organizaciones contra la piratería avisan de dos hechos: en su mayoría (70%) los filmes ya no se contemplan en salas de cine sino en DVD, y son piratas cerca de 90% o 75% de los DVDs adquiridos en América Latina (en Europa la piratería se concentra en bajar de la Red música y filmes).

    El cine se vuelve crecientemente un recurso hogareño y la piratería le otorga un perfil "metropolitano" al consumo: los estrenos próximos o los presentes ya se adquieren en la calle, antes de su estreno en cines. La policía decomisa regularmente pero no aparece una solución próxima a esta andanada de la ilegalidad.

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    El derrumbe de la censura reafirma una intuición en los espectadores: en la pantalla se concretan las experiencias convincentes, los modelos de vida. Se aceptan de nuevo, y con entusiasmo, los vínculos múltiples entre el cine y las vivencias profundas entre el candor y la malicia, entre el habla que se posee y el habla socialmente válida (más o menos la misma), subrayada con lenguaje corporal y la técnica de repeticiones de unos cuantos vocablos.

    En este cine, la ficción es el lado amable de la realidad. El carajo, el cabrón, la chingada de los filmes mexicanos equivale al mucho más pródigo y polisémico fuck del cine de Hollywood o del cine inglés, y las "malas palabras" se vuelven acústica indispensable que certifica la época.

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    Se resuelve en mínima parte la condena al olvido de los productos televisivos que destruía las posibilidades o pretensiones de tradición. Se editan en DVD algunas telenovelas, series de gran éxito, los programas cómicos más relevantes (El Chavo del Ocho, El Chapulín Colorado). A la memoria generosa del público se le adjunta la primera revisión de lo que ha sido "la pantalla chica".

    Escritor



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