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Carlos Monsiváis

De las ventajas enormes del silencio

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    25 de febrero de 2007

    I

    E n los escenarios del poder el silencio es, o solía ser, una estrategia provechosa. Si un funcionario (hasta hace unos años no había mujeres) anhelaba el prestigio de la sabiduría, hablaba poco y en monosílabos, y en recompensa y en poco tiempo obtenía la fama inmarcesible: "Es un vidente/ Es un oráculo".

    Lo más probable es que sólo hubiese dicho: "El asunto que aquí se plantea es arduo y lo resolveremos a su debido tiempo", y con esta simple frase triunfaba mientras en los periódicos se exigía su reproducción en letras de oro en la Cámara de Diputados. O, si no, el funcionario decía, con humor, cuando se le presentaba un problema: "Va mi cargo en prenda. Voy por él", y las carcajadas sellaban la fama de ingenioso.

    Pasaron los tiempos. El presidente Luis Echeverría nunca dejó de hablar, al grado que hay discursos suyos que por lo visto se independizaron y rondan en las noches con la gana de sorprender a los paseantes; el presidente Carlos Salinas habló sin término y produjo a mansalva frases como la dicha ante (in)voluntarios de Pronasol: "Nadie podrá decir, de ahora en adelante, que hay un solo mexicano olvidado en México". Tal cual. Y Vicente Fox, oh musas de la calma verbal, habló y peroró y pintoresqueó y populitizó con resultados cada vez más catastróficos divididos a mitades: los que le tocan a él y los que recaen sobre sus escuchas. Y por vez primera, y aquí el juicio es unánime, el palabrerío ha resultado no tanto demagogia, no tanto superficialidad, sino la más llana, evidente o diáfana producción de sandeces. Por primera vez en la industria de un país con altísima cuota de gobernantes no muy avispados, a uno de ellos, antes que otra cosa, se le considera tonto. Así de simple.

    Cambio de términos: la franqueza de Fox se califica de cinismo: su ingenuidad provinciana es la ignorancia que pierde su honesto nombre; sus humoradas se juzgan farsas de aficionados; a su desdén por el conocimiento se le considera la mala fe de quien sólo se propuso saber cada día menos; su vanidad exasperante resulta ser el inconsciente liberado de los informes presidenciales.

    Estas no son atribuciones personales, se ha dicho y escrito en demasiados lugares. Antes de inaugurar el museo que perpetuará su olvido, Fox se enfrenta a las denuncias múltiples en el Congreso, a la irritación resignada en su propio partido, al estupor de los que ya ven confirmada la obviedad (en plena delincuencia electoral y ante el fracaso del desafuero, Fox se desquitó el 2 de julio de López Obrador), a la denuncia del gobernador de Coahuila que revela la exigencia foxista de inventar culpables en la tragedia de Pasta de Conchos. A Fox lo maltratan su conducta y sus improvisaciones y ya es notorio su descalabro. Probablemente nunca se entere de la crítica, pero a ver qué precandidato presidencial se jacta ahora de no leer jamás libros, periódicos ni, de seguro, los anuncios de los espectaculares. A él por qué.

    II

    A algunos ministros de la Suprema Corte de Justicia el uso de la palabra los zarandea sin piedad. En respuesta a la solicitud de amparo de 11 militares expulsados del Ejército nacional por ser portadores del VIH, tres ministros exhibieron su -llamémosla así- ignorancia. Los cito en orden no jerárquico. El primero es el inefable doctor Mariano Azuela Güitrón, enemigo personal de los enemigos de Dios, que emitió la siguiente comparación que de hecho inaugura el siglo XXI en materia de causas metafónicas del asombro:

    "Aquí (en la Suprema Corte de Justicia) tenemos la experiencia de la guardería. ¿Qué sucede cuando un niño llega enfermo de cualquier cosa? Cuando (los menores) llegan hay un médico que los tiene que checar, y si un niño llega enfermo, se le habla a la mamá y se le dice: se lleva al niño, y mientras esté enfermo no entra. Con esta medida (dar de baja a los soldados infectados de VIH) se está protegiendo el derecho a la salud de los demás niños que van a la guardería porque el enfermo puede provocar una pandemia y lo mismo ocurre en colegios y otros lugares, y eso no significa que se atente contra el derecho de quien esté enfermo."

    Otro magistrado que francamente nos sorprende por ocultar tantos años su verbosidad tan disciplinadamente es el ministro Genaro Góngora Pimentel, que no da más en el control de la palabra y desmenuza su filosofía. Se le pregunta:

    "¿Puede asegurarse que el militar infectado del VIH no tendrá nunca, nunca, una herida sangrante que pueda entrar en contacto con otro individuo?". Y él contesta:

    "No, no existe esa garantía; por tanto, no se trata de que el militar se encuentre o no inutilizado para prestar el servicio de las armas, porque puede prestarlo, sino que debe protegerse en aras del interés público, que esa persona mediante el servicio público que desempeña no sea un instrumento de contagio, ni para sus compañeros de servicio, ni para la población civil en general, máxime que una sola persona puede realizar incontables contagios. En caso de concederse el amparo (a los militares demandantes), se pondría en riesgo a los compañeros de los soldados infectados, pero sobre todo a la sociedad que en su momento tuviera contacto con ellos por cuestiones de servicio -como sería el brindar auxilio a la población en caso de desastre" (versión estenográfica del Canal Judicial, 20 de febrero de 2007, y La Jornada, 21 de febrero de 2007).

    En suma, el amparo a 11 militares pondría en riesgo a la humanidad entera y posiblemente a los alienígenas.

    * * *

    El tercer magistrado que, sin demasiada sensatez, renuncia al silencio sin obtener nada a cambio es el ministro Sergio Aguirre Anguiano, que pontificó en la tercera sesión del pleno de la Suprema Corte de Justicia en torno a la constitucionalidad de la ley. A los magistrados que podrían caer en la desaprensión, el magistrado Aguirre les preguntó si era correcto confiar la salud de las Fuerzas Armadas al ejercicio sexual responsable de sus integrantes "enfermos de VIH". No es cualquier interrogante. Un magistrado indaga sobre la probabilidad en materia de ética sexual de un grupo de militares y, de paso, imagina un gran cuerpo armado en donde la promiscuidad es la regla. Más confianza en el pudor castrense, doctor.

    Aguirre desechó los argumentos de los quejosos y su alegato ("El VIH no les impide realizar sus labores cotidianas al interior del Ejército"), y señaló: "De aceptarse la inconstitucionalidad de la ley, el ciego y el obeso también van a decir que son aptos para realizar algunas cosas" (NotieSe, 22 de febrero de 2007). Esto sí es notable. Los portadores de VIH fueron por lana y de paso resultaron trasquilados los gordos y los invidentes, que quién sabe para qué sirvan. Seguramente para enseñarle a la gente la diferencia, marcada para siempre por el magistrado Azuela, entre un kínder y el Ejército.

    Escritor



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