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Carlos Monsiváis

"Con la novedad de que ya soy mi telenovela"

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    04 de febrero de 2007

    "No le creo que tenga clasificados sus traumas por orden alfabético"

    Si la sicología social fuese algo fijo, no existiría tal cosa como "la búsqueda de la Identidad" y, en el tiempo presente, por ejemplo, no se hubiesen derrumbado un torrente de inhibiciones y dos tótems antes omnipresentes: el miedo al "qué dirán" y el temor al ridículo. Nada más recuerden dos instituciones inconcebibles antes del cable y el celular: los talk-shows y los reality shows que, al margen de la opinión que de ellos se tenga, y la mía es muy negativa por la humillación sistemática de los participantes, poseen un notable poder de convocatoria que, en principio, incluye a la nación en donde se transmiten. No únicamente, y esto es tan obvio que ni se dice, todos, participantes y espectadores, se sienten literalmente con derecho a los 15 minutos de fama; también, cada persona localiza en sí misma los elementos narrativos que desembocan en una telenovela, género que viaja de la pantalla chica a las historias de vida.

    Ya sólo los afortunados -los que, digamos, descubren en el Louvre una conjura del Opus Dei- califican a sus aventuras de "novelables"; ahora lo visual es hallar dentro de uno mismo el material de una telenovela. De alguna manera, se acepte o no, se ha telenovelizado la realidad, si por esto entendemos el uso y el reconocimiento amplísimo del tiempo simbólico.

    * * *

    La mujer que engaña y decepciona a su marido al serle absolutamente fiel; la madre apenada con sus vecinas porque de sus nueve hijos ninguno es homosexual, el stripper que por sentimiento de culpa duerme con el abrigo puesto; la señora que por miedo a ser adúltera nunca se ha casado; la persona muy obesa que declara estar a dieta de apetitos sexuales... En rigor, cada uno de los participantes en un talk show se considera no un personaje de vida única, sino algo superior, una telenovela a la espera de patrocinadores. "¡Mi reino (mi existencia fabulosa) por un sponsor!". Así, telenovelizar la realidad es, de maneras distintas, convertir los días o los episodios culminantes) en capítulos, es cambiar la disposición facial al volverse la cámara (ausente) el único, verdadero interlocutor.

    Esta "telenovelización" rampante, y más de lo que se supone o concede, afecta la vida social y política. Al desarrollo de la convivencia se le impone el ritmo de las revelaciones sorprendentes que casi nunca lo son pero así se califican. A fin de cuentas, una telenovela suele ser el relato de una pareja, una familia, un grupo social (especialmente de jóvenes), atrapados en la telaraña de vínculos confesables que un rapto de locura vuelve inconfesables, un circuito de búsquedas ansiosas de la felicidad que es, ya se prevé, una puerta cerrada.

    De allí, la justicia de llamar telenovela a un buen número de episodios de la política internacional, por lo común sustentados en "inauditas revelaciones sexuales" a modo de fábulas semiporno: el senador que le enviaba mails cachondos a los jóvenes ayudantes del Congreso; la ayudante de la presidencia que incorporaba el sexo oral a sus obligaciones burocráticas, o, ya en el terreno de la corrupción, los divorcios de mandatarios que desatan en la parte agraviada (siempre la mujer) la cauda de las confesiones escandalosas; las grabaciones de un político y un empresario donde el habla violenta da paso a las concupiscencias perfectas, las del dinero; la muerte "misteriosa" de algún hijo de mandatario.

    Estas narraciones giran en torno al abuso del poder, algo tan consustancial a la política que debería decirse: "Fulano (o ya Fulana) nació para la política, le obsesiona el abuso del poder". Ahora, cuando la telenovela tradicional es cada vez más un cuento de hadas en un potro de tortura, a la telenovelización se le encarga atestiguar la corrupción del género. En los casos que "parecen de telenovela" a la realidad le toca el papel de retrato de Dorian Gray o de Mr. Hyde.

    II

    "Si no sabes odiar, ¿para qué convives?"

    Los reality shows son, tómese o déjese, enciéndase o apáguese la televisión, fragmentos esenciales de la sociedad encapsulada. Véase lo que pasa en Inglaterra (enero de 2007) en una emisión de su Big Brother: en las semifinales quedan pocos en la casa-prisión-guardería-vitrina de virtudes y graves defectos; de pronto, una presa -por-su-voluntad la emprende contra una actriz india de Bollywood, el Hollywood de Bengala. La denigra por su olor, su vulgaridad, el color de su piel, su inglés defectuoso, su raza... El país se alza en vilo, y en el diluvio de e-mails y telefonemas los ingleses certifican su repudio. Tony Blair, primer ministro, declara de modo solemne: Gran Bretaña no es racista y, en el colmo del intervencionismo, un funcionario le solicita al público votar por la expulsión de la injuriadora. De modo unánime, las encuestas expresan cómo un simple episodio no contradice el desarrollo de la tolerancia en la isla. Happy end: la racista queda "nominada".

    Este caso trae consigo una variedad de moralejas a escoger. La que destaco es lo literal de la expresión "Una serie que ve todo el mundo". Un reality show puede o no tener éxito, pero su vocero es la Cadena Universal del Ser, en su versión actual del rumor. O la serie naufraga en el comentario familiar, amistoso, o va más allá y se vuelve un dilema nacional: ¿por quién votas desde tu casa y de qué manera tu forma de vida se expresa en el voto?, ¿qué opinas de lo que dijo ese joven, que el sexo antes del matrimonio ya es también convencional?, ¿ya ves anticuada, es decir, como de hace seis meses, el habla juvenil en este reality?

    Y falta el otro gran círculo de interrogantes: ¿qué sucede transcurridos los 15 minutos de fama? ¿No es ya hora de afirmar, y con mucho más validez, que en el futuro todos tendremos derecho a la oscuridad permanente, no aliviada siquiera por el recuerdo de los 900 segundos de fama tan mal gastados? ¿No es doloroso oír la introducción fatídica: "Te presento a Fulano o a Fulana. A lo mejor te acuerdas de él o de ella, estuvo en Big Brother hace como tres meses"? ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena! El triunfo efímero es la vivencia más amarga de la vejez que, en todos los casos, comienza al extinguirse los 15 minutos de celebridad.

    III

    "Se hizo la cirugía tantas veces que el portero se confundió, creyó que era una ladrona y se le fue el tiro"

    Con todas sus variantes (la versión colombiana, la mexicana, la estadounidense, la alemana), Betty la fea algo deja claro: la Cenicienta, la doncella maltratada a la que redime el tamaño de su pie, es la metáfora de la movilidad social. Ya más específicamente, a Betty la fea la guía un principio mercadológico, digamos la promoción de la industria del vestido o de la reingeniería facial. El centro temático verdadero no es el valor mercantil de su trabajo. Si los vestidos y la moda se ponen a la disposición de Betty para transformarla, allí está la clave de la telenovela: la industria textil. Y así sucesivamente. Líneas de empleo con aroma de mujer.

    En el fondo y en la superficie del debate (las ponencias, los ensayos, los libros, las mesas redondas que antes se llamaban "divagaciones de sobremesa") está la transferencia de la responsabilidad: la televisión es la realidad que importa, no porque allí ocurran las vidas sino porque allí se produce la jerarquización de lo que sucede.

    Escritor



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