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Carlos Monsiváis

Del catálogo de extrañezas

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    21 de enero de 2007

    El llanto como vertedero del alma

    T oda ciudad es un catálogo de extrañezas o, si se quiere, de momentos sorpresivos, lo que es la extrañeza más grande de todas porque ahora quién se sorprende ya de algo. A las extrañezas de moda algunos les dicen performances , esas apariciones del arte o de la intención artística que, por ejemplo, les dan a las situaciones bizarras el carácter de representaciones.

    ¿Que si tengo un ejemplo a mano para ya no seguir divagando? Como todos, dispongo de varios, y en este momento recuerdo a un joven que lleva años de asistir a los velorios de personas de las que no tenía noticia previa. El procedimiento es el mismo: él se presenta a las nueve o las 10 de la noche en una funeraria, elige una capilla, memoriza algunos datos indispensables y entra lloroso y con ganas de abrazar a los que pueda.

    Entiéndase, mi amigo o mi conocido no es un llorador profesional, y los familiares del difunto o de la fallecida no costean su estrépito gemebundo. La cosa es más sencilla, él es un desafortunado en el amor, y su otra especialidad es aguardar tres horas el arribo de la persona amada o deseada, que por supuesto se olvidó de la cita o desde el principio decidió no ir. Y su infortunio sentimental lo aísla muy en serio porque, ya se sabe, "más abundan los que me cuentan sus penas que los que quieren oír las mías".

    ¡Pobre! Pasa que este compañero carece de toda gracia narrativa y escucharlo, créanme los incrédulos, es un verdadero castigo de Dios. Por eso, harto de que sus íntimos se ausenten cuando les llama o le cuelguen en el instante en que inicia el recuento de otro desamor, este compañero ha optado por las funerarias. Allí no lo conocen, y el llanto se le facilita y le queda muy bien, a la altura de las mejores expectativas de las familias.

    Con el tiempo (insisto en no dar su nombre o un seudónimo porque el anonimato es lo que le acomoda a su carácter) este amigo se ha vuelto un experto en catalogar la sinceridad de los deudos; los que sollozan para ver si en el camino se enteran de la índole de sus sentimientos hacia el difunto o la finada; los que se afligen porque ya ven más cerca el viaje que todos emprenderemos; los que insisten en mantener la serenidad hasta que se descubre que llegaron de acompañantes; los que naufragan en las conversaciones sobre política o futbol o el escandalazo de la temporada; los que reflexionan sin tregua sobre el sentido de la existencia; los que conocieron bien a quien ya no nos acompaña y sin embargo no le guardan rencor...

    En los velorios, mi amigo procura estar cerca de aquellos que, por las pruebas visibles, sí estaban próximos a "don desaparecido" o "doña ya se nos fue"; él los prefiere porque no hay gozo mayor en la tristeza que el llanto en compañía.

    A veces, sus contradicciones y mentiras amenazan con destruir su estructura melodramática, y ya en una ocasión una madre exaltada advirtió que algo andaba mal (¿cómo que la vida le sonreía a un perseguido por el narco que lo consideraba un traidor?), y lo corrió del velorio, le llamó "espía del cártel de Huejotzingo", y lo amenazó: "Ya los amigos de mi hijo se encargarán de ti, pendejo", pero él salió corriendo y el episodio no pasó del susto.

    Llorar es un placer genial, sensual, sobre todo en los velorios de perfectos desconocidos, cuyos sobrevivientes al ver el pavoroso estado lacrimógeno de este cuate, tienden a pensar que: a) el muerto o la muerta a lo mejor valían la pena dado que causaban un duelo tan portentoso por lo menos en una persona; b) el muerto o la muerta tenían un historial amoroso inexplicable y desconocido y, por lo visto, muy traqueteado; c) el muerto o la muerta debieron ejercer la filantropía del modo más discreto y generoso, y por eso desataron sentimientos de gratitud tan sonoros... Y el dueño del llanto, desentendido de todo, persiste en los velorios.

    En las agencias funerarias al principio creyeron que se trataba de un estafador y le pusieron vigilancia. Luego, ya enterados de que no era un transa sino un maniático, le cobraron una simpatía creciente. Y él allí sigue, abrazando a todos los deudos hasta que se le agoten los gestos que transmiten la inmensa pérdida.

    II

    "Nomás llego al suelo y me pongo a entrenar"

    Pegado al gran anuncio en la azotea, el joven lanza a grandes voces su decisión: se suicidará, nos privará para siempre de su presencia, porque se le ha negado repetidas veces el ingreso a un club del futbol profesional, porque la conjura de los mediocres y los resentidos le impide ejercer su vocación deportiva, algo a lo que tiene perfecto derecho.

    Al principio, sus exclamaciones no llamaron la atención, pero bastó con que uno se fijara y se detuviera para que en un ratito la muchedumbre, de un hilo, estuviera pendiente de los gritos y los alegatos del deportista notable "anulado por la envidia". Pronto, se interrumpió el tránsito y llegaron representantes de los medios, decididos a la alquimia de las noticias que a la letra dice: "Dame un acontecimiento apenas perceptible y previa intervención del tiempo triple A, yo te devolveré un notición".

    La multitud crece, va modificándose por la impaciencia de algunos (que se van con el pretexto de que tienen que trabajar), admite representantes de los medios (sin ellos ninguna multitud es auténtica), consiente un grupo de señoras-de-edad-responsable-ante-Dios que rezan por el alma del insensato, incluye bromitas que festejaban el prematuro fin de un Ronaldo o un Beckham y le vocean cifras del contrato que ya no firmará, incorpora a unas cheer-leaders, o como les digan a esas animadoras de equipos de futbol que bailan, hacen acrobacias y animan a los espectadores, sólo que esta vez los incitan a desanimar al desdichado. ¡Qué estrambótico todo! Tanto como la palabra estrambótico, pero así es la vida en las tierras vírgenes o en las tierras copulatorias, a saber.

    El protosuicida sigue narrando su historia, le notifica a varios reporteros cómo le negaron la entrada al Guadalajara, al Morelia, al América, al Toluca, al Acaponeta (estupefacción de los oyentes), cómo no le permitieron ingresar a una sesión de calentamiento, cómo lo sacaron a golpes de la cancha un día que se coló...

    Mientras desfilan sus fracasos y tropiezos, le acercan aparatos de radio para que él se escuche respondiéndole a los reporteros de radio y a uno que otro de televisión. Un grito: "¡Zambúllete en el cemento, pinche mamón!". El tránsito es una pira funeraria o algún otro símil donde arden la paciencia y la impaciencia.

    El coro de cláxones arremete, los comentarios se repiten como el falso rosario de un verdadero velorio, los policías lo exhortan, una señora con buena voz canta "Gracias a la vida", y el chantajista que se fingía víctima (o al revés) persiste y combate a los poderes de la FIFA, a Televisa, a los comentaristas deportivos, a Televisión Azteca...

    A las tres y media de la tarde, el que ya no se suicidó, por lo menos ese día y en este lugar, cede a los ruegos y las intimidaciones, abandona su puesto de atalaya terminal y se entrega a las autoridades.

    Por la radio, una señora le envía una carta a Jacobo Zabludovsky: "Nomás quiero que este joven me diga qué flores quiere que le lleve a su ataúd". En la calle nadie le presta o le regala atención a la patrulla que traslada a la delegación al sobreviviente de sí mismo.

    Escritor



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