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Carlos Monsiváis

La edad de oro del ambulantaje

Carlos Monsiváis es ante todo un hombre observador. Escritor que toma el fenómeno social, cultural, popular o literario, y que, con rápido b ...

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    07 de enero de 2007

    A ver, describan en un plazo no mayor de un minuto, ¿qué ciudad crece sobre las banquetas? Mientras lo piensan ábranse un hueco en la calle. Sí, déjeme pasar, señora; dame chance, mano, hazte a un ladito. Sobre las aceras se desencadenan y se petrifican las ofertas y las tiendas con apariencia de puestos callejeros; es la hora del tianguis que domina el cemento, cómo le hago para ver las ofertas si todos me empujan, déjame ver, comprímete güey ... y quién puede cerciorarse de lo que quiere comprar si no hay un milímetro disponible para los "espacios de reflexión", los que un cliente necesita si quiere arrepentirse o decidirse sobre la marcha.

    El ambulantaje (o, si se quiere, el sedentarismo apretujado) despoja al comercio de su tradición primordial, la que acumulaba moscas en espera de los clientes, la que se acodaba sobre el mostrador. Eso ya pasó, hoy todo es escenografía y vida callejera, si se quiere atravesar por el mercado pirata, el que o la que lo haga deberá entrenarse en un deportivo y avanzar con rapidez; si no podría ser confundido con un espía industrial, y ese es un grave riesgo.

    ¡Ah, la tianguización de la urbe a la disposición del cliente pobre! ¡Ah, el regreso al mercado feudal de las postrimerías de la guerra nuclear! ¡Ah, no se pierda la explosión demográfica de juguetes, libros, CD, DVD, electrodomésticos, variados utensilios, relojes...!

    * * *

    Pérese un momento, ya vio quiénes llegaron, qué hacen aquí y por oleadas, la policía, vea cómo se llevan las mercancías y detienen a unos cuantos ambulantes casi al azar aunque ya estaban elegidos, oiga las quejas a gritos, un coro de mentadas tradicionales que desciende sobre las cabezas de los agentes y allí se estaciona a modo de halo rencoroso. Los polis confiscan los DVD, los CD, los libros, los juguetes, las caseteras, los Ipod (¡sí!), todo lo propio de las nuevas especies, y los vendedores se resisten sin ofrecer pelea, nomás argumentan, "es el sustento de mi familia, mano", y tienen razón y son también unos cínicos. La piratería es la plataforma inacabable de la raza briosa de vendedores; "ya te lo advertimos cabrón que si seguían con esto los íbamos a detener", y las frases parecen de una zarzuela amenazada por un DJ. Pero si yo nunca te había visto, qué onda, y la frase se detiene ante la mirada furiosa, "no finjas güey , los tenemos muy fichados a ustedes y a sus jefes, cabrones, están madreando al estado de derecho, al mismísimo estado de derecho...".

    * * *

    Los policías están en lo cierto, la piratería deshace las industrias del disco y del DVD y, en el renglón de los best-sellers de autoayuda amenaza a la industria editorial. Abruman los datos del Comité Latinoamericano contra la Piratería: 90% de los DVD que circulan en América Latina son piratas, y sólo 30% de los consumidores de películas asisten a las salas de cine. La industria del disco sufre la crisis amarga, interminable, y... tan legales como son y como se oyen, esos argumentos nada dicen a los compradores de mercancía pirata, empeñados en el rito de comentar el estreno de moda o en revisar el filme que les gustó tanto o en escuchar al cantante sin el cual las horas del embotellamiento pesan más. Y, también, el que no compra en la calle bien puede bajar en internet discos o películas...

    "Dese cuenta, don... Cinco películas recién estrenadas o por estrenarse a 50 pesos las cinco, y clonadas, jefe, la calidad de cualquiera igualita a la que le cuesta 300 ó 400 en las tiendas, mucho más barato que si la rentara". Sí, a lo mejor pero con ese criterio quién va a querer producir, quién va a pagar a los compositores, los técnicos, los cantantes y los publicistas.

    La piratería es un delito, no hay que comprar estos productos de mala calidad, que atentan contra las industrias; ya Tower Records cierra en Estados Unidos, hay lugares en América Latina donde en los malls hay tiendas piratas. Llegará el día en que haya ventas piratas de los altos puestos de gobierno, los funcionarios clonados.

    * * *

    La redada continúa y aunque los detenidos manifiestan su ira a golpes de convulsión facial, nunca alcanzan la contrariedad genuina, "qué onda, qué hongo, dile a Lupe que me apañaron, ella ya sabe qué hacer...".

    Una pregunta, ¿por qué todas se llaman Lupe? Tal vez sea que en las clases populares se produce un convenio onomástico según el cual Lupe es el nombre inaugural y terminal de la mujer mexicana, el que se adopta frente a los extraños y a la hora de la misma, aunque en realidad se llaman Lupe todas las tías, las madres, las abuelas, y en su turno las jóvenes de los barrios bravos se llaman Pamela, Jocelyn, Liz, Jessica, Jennifer, Deborah, Marilyn, Marlene, Heidy; Joan no porque acaban diciéndoles Juana; Meg a lo mejor, Debbie a pasto, ¿pero Lupe?

    * * *

    ¿Qué se hace con la piratería? Dígamelo usted señor que se ve tan enterado. "Mi oficio es vender discos y DVD pero si no compito en precios ya valí queso, y valer queso a estas alturas de la crisis está de la patada...". ¿Cómo le digo? Con los precios de los piratas los pobres se toman la revancha, le dan un llegue a la idea de lo inaccesible, rodean los productos caros y nos joden, con perdón de la expresión, pero no traje otra, mire señor, usted se me hace conocido pero nunca me acuerdo de las caras, llevo años fijándome nomás en los precios, mire señor, es el centro histórico, y perdóneme que le hable de usted pero su edad me merece respeto, en el Centro usted se hace de un buen Rólex por 300 pesos o algo así, un Rólex mi buen, claro que se necesita valor para tener un Rólex aunque sea chafa y pirata porque si algún güey cree que es de a de veras, dese de santos que no le mochen la mano...

    "Y vuelvo al tema de la piratería. ¿Ha visto las calles y las manzanas y las zonas ´caribeñas´, como les dicen? No me diga que la pinche raza de bronce no sobrevive como sea, allá ellos, pero a nosotros, los comerciantes honestos, nos dan en la mera jefecita, es como un boquete en paredes de tiendas y fábricas, ¿y qué hacemos? A ver, luego de esta redada, ¿cuánto tardan en volver? Mañana ya aparecen... No, si desde que comenzó la tecnología de punta nos fuimos de puntitas a chingar a nuestra madre".

    * * *

    Los policías confiscan, transportan, tiran a sus vehículos las mercancías, mientras otros se llevan a los elegidos esta ocasión. La redada intriga a los asistentes, que no los perturba, es lo que debe suceder si se quiere notificar que algo se hace, pero quién se le enfrenta en serio a la economía subterránea, quién se la rifa con éxito con la marejada de Hong Kong o de Los Ángeles, si todo se clona con eficacia, los productos tecnológicos, el destino existencial de los distribuidores, las reacciones defensivas. Los policías son diligentes y los ambulantes son buenos actores de su derrota en la vida, pero lo que se ve es una parte pequeña de la gran industria de la piratería, de la clonación inverosímil del universo; todo es tan real como una exhalación o una venta al mayoreo de las resignaciones... ¿Qué estoy diciendo? Que el combate a la piratería esta vez sí va en serio, que la piratería esta vez sí va en serio, que se cumpla la ley en el puesto de mi compadre, así es porque así debe ser y ya falta muy poco para modificar el insulto clásico y exclamar: "¡Clona a tu madre!".

    Escritor



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