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Ricardo Raphael

El ciclo que comienza

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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    29 de diciembre de 2006

    En estos últimos y fríos días del año se abultan los ánimos que conducen al balance, el ajuste y el cierre de cuentas. Mucho influye en ello la esperanzada ilusión de comenzar 2007, como dijera el poeta, con el equipaje más ligero.

    Hace un par de días, en estas mismas páginas, mi apreciadísimo amigo Macario Schettino dio pruebas fehacientes de este sentimiento. En un artículo que tituló "El ciclo que termina", sugirió que para avanzar hacia otra época, los mexicanos habríamos de darle definitiva sepultura a lo que él llamó "el discurso del pobrismo".

    Corriendo el riesgo de sobre simplificar (para evitarlo puede el lector ver las páginas editoriales de EL UNIVERSAL, 27/12/06), el argumento originalmente expuesto se resume de la siguiente manera: el problema más importante que enfrenta la sociedad mexicana no es la pobreza y, sin embargo, nuestros políticos suelen abusar de la bandera del pobrismo con el solo propósito de alcanzar el poder. Tal cosa es inaceptable en un país donde durante tantas décadas estos personajes se han llenado la boca con discursos parecidos sin que sus palabras hayan llegado jamás a materializarse en la realidad.

    No se necesita ser un descifrador de códices para comprender que la batería de argumentos alineada en el artículo referido tiene por objeto cuestionar el lema con el que Andrés Manuel López Obrador concurrió a la reciente contienda electoral: "Por el bien de todos, primero los pobres".

    He de confesar que la incomodidad que me provocó su texto y, desde luego, también la amistad y el respeto intelectual que comparto con el autor, me condujeron a la inescapable necesidad de debatir su razonamiento a partir de cuatro reflexiones:

    Primero, el hecho de que el candidato de la izquierda mexicana haya sido derrotado en la elección de este año no lleva automáticamente a suponer que, con su hundimiento, se sumergió también la preocupación nacional por el tema de la pobreza. A esta peregrina idea respondo con un solo dato: cerca de 60% de los mexicanos piensan que un país con elecciones limpias que no resuelve la pobreza no es democrático (encuesta IIS-UNAM-IFE, 2003).

    Dudo mucho que el presumido fracaso de la candidatura de AMLO haya hecho cambiar de opinión a tantos mexicanos.

    Segundo, a pesar de la muy celebrada bonanza económica experimentada durante 2006 por la economía mexicana, en México alrededor de 40% de la población en edad de trabajar sigue ingresando diariamente entre uno y tres dólares, y poco más de 15% (9 millones de adultos) no alcanzan siquiera un dólar. Pregunta: ¿cómo podría hacerse para que en una democracia competida este hecho no fuese utilizado como bandera política? Se requeriría que los electores fuesen lobotomizados o que los candidatos estuvieren completamente cegados para que el tema de la pobreza dejara de ser su prioridad política.

    Tercero, dice Schettino que el uso político de la mala situación de grupos sociales (pobres, excluidos, desamparados) es incorrecto e inaceptable. ¿Qué hubieran dicho Martin Luther King, Nelson Mandela, Gandhi y otros al escuchar esta sentencia? ¿Podría reclamárseles por el mal gusto de haber utilizado políticamente las causas a las que se debían? En sentido inverso a lo afirmado por Schettino, tengo para mí que una de las razones más legitimas para buscar el poder es precisamente la mala situación de ciertos grupos. Sobre todo en una democracia donde tal cosa tiene alguna buena posibilidad de modificarse gracias a la representación plural de los diversos intereses económicos.

    Cuarto, el hecho de que el discurso gubernamental durante gran parte de la historia mexicana haya abusado del pobrismo, no puede ser utilizado ahora como argumento crucial para borrar al tema de la desigualdad de las prioridades de la agenda política contemporánea, sobre todo porque el fracaso de ese discurso se debió no a su uso, sino a la ausencia de rendición de cuentas al que estuvo sometido.

    El gran cambio y muy reciente es que ahora, en el nuevo régimen democrático mexicano, los excluidos también votan, y todavía más, influyen en los resultados electorales. Para mí este es el dato más notable de la reciente contienda electoral y con él habríamos todos de aprender a vivir. Pesando lo que pesa, y contrario a lo que Schettino especula, este solo hecho da origen al nuevo ciclo que comienza.

    Profesor del ITESM



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