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Fernando Ortiz Proal

Fox, filias y fobias

Abogado, socio del Despacho Consultores Legislativos y profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM ...

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    17 de noviembre de 2006

    No puedo dejar de confesar que cierta nostalgia me invadió al darme cuenta que ésta sería la última colaboración que publicaría en el sexenio de Vicente Fox. Y es que el contexto de la mayor parte de los artículos que escribí en EL UNIVERSAL se ha ubicado en ese mundo raro, casi inexplicable, que es el foxismo.

    En principio, debo reconocer la deuda de gratitud que tengo para con el hombre de las botas. Las borrascas -entiéndanse del Borras- declaraciones de Fox han sido fuente inagotable de inspiración para el que esto escribe. Sin lugar a dudas, vamos a extrañar los exquisitos deslices verbales, productos, quiero pensar, de la amalgama de su campechana y bucólica esencia con su progresiva vocación improvisadora.

    A diferencia de su tecnócrata antecesor, quien tiene la gracia del Simpatías, aquel personaje de Alejandro Suárez, aunque jamás se entendió con el teleprompter, Fox sí tiene gracia natural. Se podía no estar de acuerdo con aquello que expresaba, pero generalmente era graciosa la manera en que lo decía.

    No es fácil definir a un hombre de claroscuros como Vicente Fox. Es del tipo de personas que generan filias o fobias y muy rara vez posiciones intermedias. En forma sintética me aventuraría a decir que fue un excelente candidato, un regular panista y un mal estadista.

    Nadie le puede regatear a Fox las dotes histriónicas que cautivaron a un electorado heterogéneo con el discurso de las "víboras prietas", pateando ataúdes que decían PRI y montado de refilón en el prestigio y éxito de la empresa refresquera para la que laboró. Y es que en la elección igual obtuvo votos en los campos agrícolas que en los de golf. En aquellos tiempos de gloria pudo integrar a los diversos, sumar a diestros y zurdos.

    En este sentido, el más grande mérito de Fox fue al mismo tiempo su pecado partidista. Consciente de la necesidad de aglutinar para prevalecer, abrió su precampaña y luego su campaña a personajes, sectores y organizaciones muy diversas al PAN. No tuvo que despojarse de atavismos albiazules porque jamás los tuvo, pero sí debió vencer incontables resistencias al nuevo paradigma neopanista. Como el propio IFE confirmaría tácitamente años después, la verdadera campaña se hizo a través de los Amigos de Fox. Igual ocurriría con el gobierno.

    Como era de esperarse, al asumir el poder Fox tuvo que pagar las facturas de los apoyos. Ahí fue donde el panismo tradicional se lanzó en su contra envuelto en la bandera de Gómez Morín. Para una parte del panismo radical resultaron ofensivos los escasos espacios en el gabinete que se otorgaron a "gente del partido" en comparación con la ola de nombramientos de personas identificadas con los Amigos de Fox.

    Ya instalado en la cabaña presidencial y luego de los dimes y diretes propios al inicio de un sexenio y aún más naturales en un escenario de alternancia, se vinieron los primeros fracasos, los cuales habrían de condicionar hasta el final la administración foxista. Nos referimos al nuevo aeropuerto y a las reformas estructurales.

    En el primer asunto se mezclaron la inexperiencia y el miedo. El gobierno no supo cómo lidiar con los problemas normales en una expropiación. La orfandad en el Palacio de Covián fue un factor importante, pero el pánico escénico en Los Pinos resultó catastrófico. Para colmo de males, esta errática cuestión daría nacimiento al movimiento de los macheteros de Atenco, el cual es a la fecha modelo de resistencia violenta en el país.

    En el tema de las reformas estructurales se cometió una equivocación insalvable. En forma inexplicable se dedicó a parlotear de las reformas dentro y fuera del país, en lugar de negociar y conciliar con la oposición. Su irrefrenable deseo de pasar a la historia como el padre de las reformas lo convirtió en su verdugo.

    Pero en lo que respecta a transparencia, libertad de expresión y honestidad -haciendo mutis con las andanzas de los hijastros-, Fox pasará a la historia como un buen presidente. También quedarán registrados sus berrinches y diatribas en contra del Congreso de la Unión, provocadas por su incapacidad para entender la nueva realidad plural y republicana, no obstante haber sido protagonista de la misma; su displicencia con relación a los grandes problemas nacionales; su muy particular visión de la nación bautizada para la prosperidad como foxilandia; y su característico chacoteo al que ya nos referimos. Y es que como dice el refrán: el que nace pa´ maceta. no pasa del corredor.

    Adiós al político y suerte al hombre, sin duda eslabón importante en la cadena histórica de México.

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    Abogado, profesor en la Facultad de Derecho de la UNAM



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