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Julián López Amozurrutia

Sociedades de convivencia

Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue Director General del Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos (2003-2007 ...





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    09 de noviembre de 2006

    El ácido es corrosivo. Hay ideas que se filtran en la cultura con efectos similares al ácido. Carcomen y destruyen: algunas veces, de modo ruidoso; otras, de modo silencioso.

    Está a punto de ser votada en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal una iniciativa de ley sobre "sociedades de convivencia", en la que de hecho se establece la posibilidad de un acuerdo equiparable al matrimonio entre personas del mismo sexo. Se trata de una iniciativa que ha conocido tortuosos cabildeos, que ha sido utilizada como bandera, si no es que como cuota política, y que ha sido acompañada por una poderosa campaña ideológica con el pretexto manipulado de la discriminación.

    El manejo de la opinión pública se ha empeñado, a este respecto, en irnos acostumbrando a ver como normal lo que no es normal. Hemos llegado al punto de considerar perverso no a quien con sus comportamientos se opone a lo que la misma biología indica como adecuado, sino a quien se atreve a cuestionarlo. Olvidamos que la naturaleza es un bumerán, y que cuando vamos contra ella, tarde o temprano nos regresa nuestro impulso con mayor fuerza.

    Los principios de la convivencia social se siguen minando, hasta llegar a su misma columna, la familia. Es un hecho que la iniciativa presenta diversas falacias y desatinos; entre ellas, el hecho mismo de intentar crear una figura híbrida entre el matrimonio y el concubinato, pero concediendo incluso más derechos y facilidades a los convivientes que a los casados y concubinos. Y a pesar de que aun jurídicamente la iniciativa sea una aberración, la situación se ha armado de tal manera que dicha iniciativa pasa porque pasa. Pasa como un golpe contundente a la sociedad. ¿Estará dispuesta la sociedad a defenderse, o se escudará en el tabú de una "tolerancia" que parece no tener límites, que arrincona con vituperios de "ultraconservador" a quien se atreva a defender los "valores tradicionales"?

    Los activistas, algunos, no lo dudo, con buena voluntad, se han empeñado en engañar a los hermanos homosexuales con la ilusión de una caja de oropel que les promete la felicidad. Podríamos señalar la promiscuidad y el ruidoso vacío existencial que caracteriza su ambiente. Pero estos argumentos hoy no valen. El bombardeo ideológico ha logrado cobrar sus primeras víctimas. Lo que sí pone en evidencia la iniciativa es que se trata de un vínculo fácilmente armable y desarmable. Todo a la medida.

    Debemos subrayar que el rechazo a su propuesta no significa colocarse en contra de quienes viven la tragedia de una orientación incompatible con su naturaleza. Es, por el contrario, la denuncia de una salida engañosa, la que renuncia a la integración cabal de su personalidad, más allá de su orientación sexual, en el amor casto, para ceder al remedo familiar.

    Ahora no es sólo el matrimonio y la familia lo que se pone en riesgo, sino el mismo sistema jurídico: se pretende elevar al nivel de ley determinados comportamientos para reivindicar gustos equívocos. Si no aceptamos el orden natural, si convertimos el "existe" en "debe existir, nadie lo puede debatir y la ley lo debe tutelar", nada nos protegerá de quien en otros momentos quiera promover la poligamia o alguna perversión mayor, con el pretexto de unos derechos fabricados de "minorías" bastante exigentes.

    Mi esperanza es que la ley funcione en el Distrito Federal como las ciclopistas: muy pocos se suben a un circuito absurdo, y quien lo hace se enfrenta a complejísimas dificultades. Mientras tanto, es alarmante que aceptemos como razonable navegar en un río ácido.

    teyamoz@prodigy.net.mx

    Sacerdote y teólogo católico



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