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María Teresa Priego

Cuando eran niños

Tabasqueña. Feminista (tendencia retro) Estudió Letras en la Universidad de Monterrey. Diplomado en Historia del Arte en Roma. Maestría en E ...

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    31 de agosto de 2006

    "No deplorar ni detestar nada, sino tratar de comprender", Spinoza. En una frase elegida por Fernando González, en su libro: Marcial Maciel. Los legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos . Fernando es sociólogo y sicoanalista. Esta doble mirada sostiene el entrañable valor de su investigación. Su compleja empatía con las víctimas. "No se sirve a la memoria de un padre avalando sus faltas, sino evitando reproducir sus errores", una cita de Ramón Fernández. El fondo del trabajo de Fernando está dicho. No es posible entender el silencio que cubrió los años de abusos sexuales impunes de Marcial Maciel. Sin entender el lugar del padre. Y el lugar del hijo. "Los pactos de complicidad", y "los efectos cautivantes del ideal". En términos individuales. Y colectivos. La fascinación y el poder. De una personalidad disociada.

    La investigación se estructura en los testimonios de las víctimas, y en el análisis de archivos. Un archivo perteneció al padre Luis Ferreira, "quien (en 1956-57) fungió como vicario general de la Legión.", otro "a la señora Flora Barragán, puesto en mis manos por su hija". La señora Barragán fue "benefactora" y "madre" de los legionarios de Cristo. Los documentos analizados no fueron "puestos en las manos" del investigador por los "enemigos" de la Legión, del Vaticano y de la religión católica. Vienen desde adentro. Fernando no "ataca" indiscriminadamente a la Legión. Se acerca a la personalidad de su fundador. A partir de datos duros.

    La correspondencia de la jerarquía católica. Las palabras de quienes respetaron a Maciel y a su obra. Y un día se vieron obligados a dudar. La doble adicción de "Nuestro padre". El secreto. Era hermético. Y era a voces. Nadie "vio". Basta leer los documentos inéditos para descubrir. Que tantos vieron. Suscribieron el pacto de silencio. La lealtad, entendida como sumisión. La realidad no correspondía al discurso y a la apariencia de la realidad. La apariencia se impuso. Fernando cita el "Pacto de denegación", de Kaes. Para intentar entender. Las reglas.

    El pacto denegativo: "Es defensivo de los vínculos e incluye aquello que ha de ser reprimido, renegado, rechazado. Sobre la base de lo que dejamos afuera, nos juntamos. mantiene a los sujetos ajenos a su propia historia". Suena leve. Es hondísimo. Cuando estipula las reglas -conscientes o inconscientes- de la negación indispensable para existir, en el espacio anhelado del amor.

    Las víctimas callaron. Interrogados en los años 50 durante una investigación realizada por el Vaticano, mintieron. Ni abusador sexual, ni morfinómano. "Nuestro padre", dijeron. "Es un santo". Los testimonios narran una cotidianidad mortífera, por disociada. Como en El legionario, de Alejandro Espinosa. ¿Cómo traicionar al padre? ¿Cómo aceptar la traición del padre? ¿Quién lo creería? El naufragio emocional. Hasta llegar a la pregunta: ¿cómo vive su duelo una víctima de abuso sexual incestuoso? Quizá -escribe Fernando junto a ellos- luchando por dejar de vivirse como el "objeto" del daño infligido por el otro, para convertirse en el sujeto de su propia reconstrucción interior.

    Pasar -cuando se va pudiendo- de la voz pasiva. A la voz activa. De "la memoria del rencor", a la "memoria del dolor" (Kancyper). El libro de Fernando es una reconstrucción sólida de los hechos. Y es un entrañable reconocimiento a las víctimas. A los adultos que hoy son. Como en la dedicatoria de El principito: "Cuando eran niños".

    Escritora



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