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Ricardo Raphael

AMLO y su propia derrota

Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela ...

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    11 de agosto de 2006

    R ebasar es cosa buena para un maratonista o para un piloto corredor de autos Fórmula Uno. En cualquier tipo de competencia, ir más allá de los otros suele otorgarle a uno la victoria. Ocurre también en la natación, en los 100 metros planos, en las carreras de bicicletas, en fin, en todo un largo etcétera de actividades humanas solitarias que tienen por objeto dejar atrás a los demás.

    Sin embargo, porque se trata de un asunto colectivo, cuando el liderazgo de un movimiento social se adelanta a sus seguidores, termina pagando costos muy elevados.

    La paradoja radica en que mientras el líder ha de anticiparse para señalar el rumbo, también ha de detenerse para procurar que sus fieles permanezcan juntos. Por ello no puede actuar como si fuese un cazador o un ermitaño insociable. Como recomendara el viejo organizador social, Saúl Alinski, el líder no puede actuar en contra de la experiencia de su propia gente.

    Toda estrategia de organización colectiva ha de generar simpatías entre los seguidores. Ellos han de sentirse cómodos, adecuados, confortables dentro de las acciones comunes. Si las iniciativas son chocantes, agresivas o amenazantes, el movimiento terminará por deshilvanarse. La faena concluirá en la desconfianza de los fieles hacia su líder.

    ¿En qué medida López Obrador está yendo más allá de la experiencia de su propia gente? Es indisputable que este líder ha reunido varias veces, en la plaza capitalina del zócalo, a más de un millón de mexicanos. Pero tal hecho puede ser engañoso. Por este candidato a la Presidencia votaron muchos más de los que ahí se han reunido. Según los resultados oficiales con los que hoy se cuenta, arriba de 15 millones de mexicanos cruzaron las boletas en favor de su nombre. Un éxito (se ha dicho), muy importante para la historia de la izquierda partidaria mexicana.

    ¿Se refleja el resto, los no asistentes a las marchas, en la resistencia civil que AMLO ha propuesto? ¿Se sienten cómodos con la toma de carreteras o con las manifestaciones frente a la Bolsa Mexicana y el TEPJF? ¿Se reconocen en el discurso radicalizante que utiliza palabras como "fraude", "purificación", "traidores", "cargada", o "vendidos"? Tengo para mí que los no marchantes velozmente están dejando de ser lopezobradoristas. Está sucediendo así en todos los rincones del país, incluido el Distrito Federal.

    En Chiapas, por ejemplo, la radicalización de López Obrador trae muy malos recuerdos. En esa entidad, no hace tanto tiempo, sufrieron los resultados de la diletante soberbia y la siempre insatisfecha conducción política del subcomandante Marcos. Y la memoria pesa en estos días de elecciones locales: mientras Juan Sabines, candidato del PRD a gobernar esa entidad, a principios de julio pasado contaba con una ventaja de más de 15 puntos, hoy se encuentra en franco empate con su más cercano competidor. Que nadie se llame a sorpresa: la caída de Sabines está directamente relacionada con la radicalización de AMLO en la capital de la República.

    En Campeche, por su parte, recuerdan con rechazo la resistencia emprendida por Layda Sansores en contra de su primera derrota electoral. Tanto fue el repudio acumulado entre los campechanos hacia esta mujer que, para la siguiente vez que se presentó como candidata al gobierno del estado, ella obtuvo un pálido tercer lugar. En Tabasco la experiencia está siendo similar. Es hora en que los residentes de estas tierras se han puesto a evocar el ambiente de malestar e incertidumbre que, durante las primeras revueltas de López Obrador, se produjo en su estado. Por estos días una buena parte de sus coterráneos concluyen, muy a su pesar, que no obstante los años transcurridos, la esencia política del hombre sigue siendo la misma.

    Un buen recorrido por el sureste mexicano permite saber que López Obrador ha sumado más detractores en estas últimas semanas comparado con todos aquellos que, gracias a sus obras o a las de sus enemigos, hubiera podido acumular en su larga trayectoria. Lo peor para él es que se trata de detractores que, hasta hace muy poco, eran sus partidarios. El final de la resistencia civil convocada por López Obrador no será causado por sus opositores: por el gobierno, por los panistas, por los ricos o por los empresarios. Su verdadera derrota tendrá como origen la ceguera que le llevó a ir más allá de lo que su gente consideraba como aceptable.

    Profesor del ITESM



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