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Sara Sefchovich

¿Cómo entender?

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigadora en el Instituto de ...

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    03 de agosto de 2006

    L o veo y no lo creo. Veo a 20 millones de ciudadanos atrapados, veo a mi ciudad tomada, con sus calles rotas a propósito, sus monumentos y edificios pintarrajeados, su economía lastimada, sus habitantes hostigados, todo por la acción de personas que abandonaron sus hogares y empleos (¿de qué viven?, ¿quién los mantiene?, ¿quién les paga sus carpas y alimentos y pancartas?) para venir a impedirnos que nosotros lleguemos a los nuestros.

    Lo veo y no lo creo. Veo a dos gobiernos que no cumplen con su cometido de gobernar, el local porque acepta y toma partido y hasta participa, el federal porque prefiere no moverse, porque sabe que ha perdido toda capacidad de decisión, de negociación, de mando. Y veo a nuestros flamantes diputados, senadores, asambleístas, magistrados, permanecer ausentes y mudos.

    Lo veo y lo estoy viviendo y no lo creo. A esto le llaman lucha por la democracia y resistencia civil pacífica. Y me pregunto, ¿desde cuándo la imposición de las ideas y las amenazas si las cosas no son como alguien quiere que sean, y las burlas, insultos y descalificaciones para quien no piensa como ellos, es el camino para la democracia? ¿Y desde cuándo, impedir que la vida siga su curso para la mayoría, es un acto pacífico? Cuesta trabajo entender la mentalidad de quien cree que provocar el enojo y la ira le servirá para conseguir lo que se propone.

    Cuesta trabajo entender que alguien que ha elegido el camino de molestar, y a la mayoría, crea que puede así lograr sus objetivos, y que alguien que nos falta al respeto a tantos, podrá lograr que lo respetemos a él. Cuesta trabajo entender la lógica de alguien que quiere y necesita el apoyo de los ciudadanos, pero no le preocupa afectarlos.

    Cuesta trabajo entender que alguien pueda castigar precisamente a quienes masivamente le mostraron su apoyo y solidaridad a él y al partido que es el suyo: los capitalinos.

    Cuesta trabajo entender que teniendo a su alrededor a tanta gente lúcida, capaz y experimentada, la mejor de México sin duda, se estén cometiendo errores tan graves que apuntan a un suicidio político.

    Cuesta trabajo entender que un líder de ese tamaño, con ese carisma, con ese arrastre, con ese historial, cumpla paso a paso con el guión que le elaboraron sus enemigos, ese mismo guión con el que se hizo la publicidad que resultó tan efectiva para asustar a millones de mexicanos.

    Cuesta trabajo entender que esto esté sucediendo aun después de los errores cometidos durante la campaña, esos que lo llevaron a no obtener los 10 puntos de ventaja sobre sus contrincantes.

    Cuesta trabajo entender que alguien que tenía en sus manos la confianza de millones de ciudadanos, que logró convencer a muchísimos de que había que dudar de los resultados electorales y exigir el recuento voto por voto, en aras de la legitimidad del próximo gobierno, eche por la borda ese capital político.

    Cuesta trabajo entender cómo alguien que le está pidiendo a las instituciones que tomen decisiones sensatas, es quien más atenta contra ellas, descalificando a todo y a todos.

    Cuesta trabajo darse cuenta de que ese líder al que admiramos y seguimos se niega a escucharnos, que se haya convertido en alguien que no oye razones ni atiende peticiones y así pretenda lograr que los otros lo oigan y atiendan a él.

    Se lo ha pedido el periódico que día a día acepta todo lo que él hace y dice como si fuera la palabra revelada y la acción divina, se lo han pedido intelectuales destacadísimos que han estado a su lado en todo momento, se lo hemos pedido los ciudadanos, no sus enemigos sino aquellos que hemos creído en él y lo hemos apoyado, que no estamos contra su lucha sino contra un modo de llevarla a cabo que hace más daño que bien.

    Daño a nosotros y también a él y también a la causa.

    Pero él no ha tenido la grandeza de reconocer que se equivocó ni la grandeza de atreverse a reparar.

    Y lo que más cuesta trabajo entender (y de sólo decirlo me estremezco) es que alguien esté tan desesperadamente buscando la represión.

    Porque él sabe bien que los fantasmas rondan, que la historia no ha pasado en balde, y que allí están, calladitos y agazapados, esperando el momento, calculando las cosas, midiendo el terreno, quienes querrán ponerle fin a acciones que le hacen mal a sus negocios, a sus seguridades, a sus capitales, a sus ideas y cuentan con la fuerza para hacerlo.

    Y entonces sí, el daño será para todos nosotros, para el país entero, para el presente y el futuro. Y de sólo pensarlo me estremezco.

    sara.sefchovich@asu.edu

    Escritora e investigadora en la UNAM



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