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ARTURO VALENZUELA*

¿Crisis de régimen en México?



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    07 de julio de 2006

    El advenimiento de la democracia en América Latina, fenómeno que comienza en la década del 80, no derivó en la consolidación del régimen de representación popular en toda América. A partir de esos años, 16 presidentes electos no lograron terminar sus mandatos constitucionales al enfrentar crisis políticas que pusieron en juego la precaria estabilidad constitucional de sus respectivos países. Por fortuna México, cuya evolución hacia una plena democracia competitiva se empieza a concretar en la última década del siglo XX, pudo evitar esa suerte a pesar de la parálisis política que caracterizó al sexenio del presidente de la transición, Vicente Fox. Pero hoy no cabe duda que por el proceso electoral del pasado domingo México corre el riesgo de pasar de una crisis política a una crisis de régimen.

    Esa crisis no deviene de un sistema electoral fallido o corrupto como en el pasado. Cualquier sistema electoral tiene falencias, muy especialmente si los resultados llevan a un virtual empate en un país con millones de habitantes. Criticar el sistema electoral como el gran culpable es irresponsable y contraproducente, precisamente porque no toca el tema de fondo -la realidad de un sistema político que genera la autoridad máxima de la nación con un escaso tercio de las preferencias ciudadanas-. Una autoridad que no podrá contar con mayorías de su propio partido en el Legislativo para gobernar, y que tiene que liderar a un país con grandes desafíos en un marco institucional donde no existen lógicas e incentivos claros para estructurar gobiernos viables que, por definición, sólo pueden surgir cuando pueden conjugar respuestas mayoritarias basadas en acuerdos estables que respondan a cuotas reales de poder.

    Lo que queda claro de la experiencia mexicana es que no es que el aparato electoral esté viciado -éste sigue siendo uno de los mejores del mundo-. Lo que es ampliamente evidente es que el sistema presidencial débil, copia fiel del modelo elaborado en 1787 en Filadelfia, no es viable en un país con un sistema multipartidista donde ninguna fuerza puede contar con mayorías claras para conformar un acorde a la voluntad ciudadana. La gran reforma pendiente que es más necesaria ahora que nunca es el tránsito de un sistema presidencial a un sistema parlamentario en México.

    Si el país tuviera el sistema que impera hoy en Europa y en democracias tan complejas como la India, la sociedad no estaría volcada por saber qué individuo (uno de 100 millones) va a obtener la responsabilidad de presidir al país por seis años. Estaría con mucho más serenidad viendo qué fuerzas políticas podrían conformar desde la diversidad de las opciones propuestas por el electorado aquellos pactos de gobernabilidad y de conformación de la autoridad pública necesarias para conducir la nación, creando un gobierno desde el Legislativo un gobierno mayoritario. Y estaría especulando quienes ingresarían al gabinete no a título personal sino como representantes de fuerzas políticas con un genuino arraigo en la sociedad.

    Más concretamente se estaría especulando si el partido que obtuvo más diputados, pero que sigue siendo un partido claramente minoritario en el Legislativo, estaría en condiciones de poder nombrar al presidente de gobierno o primer ministro y con eso estructurar el Poder Ejecutivo de la nación. No se estaría especulando si el candidato que se siente perdedor al sacar a las multitudes a la calle para ver si puede subir un porcentaje adicional en las preferencias electorales podrá lograr ese objetivo sin causar más incertidumbre, sin agravar aún mas las posibilidades reales de estabilizar al país y evitar la suerte de otras naciones de la región que permitieron que la política de la calles reemplazara a la política de las instituciones, haciéndole un gran daño a la estabilidad democrática y la capacidad de consolidación de la democracia.

    Ya un candidato presidencial, antes de saberse el resultado final de la contienda, declaró que le pediría a su adversario ingresar a su gabinete, una oferta prematura e improcedente cuando no se había certificado el ganador y no respondía a una estrategia clara para establecer los fundamentos para lograr la gobernabilidad. ¿Como podría plantearse esa oferta sin previamente consultar las fuerzas políticas dentro del Parlamento que le tendrían que dar sustento para gobernar?

    Si México tuviera un sistema parlamentario y la coalición lógica resultara de la combinación PAN-PRI, podría llegar Felipe Calderón a presidir aquel gobierno, pero si la lógica se diera más bien PRD-PRI, podría ser López Obrador, aunque tampoco está claro que esos líderes habrían surgido como los candidatos más indicados para gobiernos colegiados, ya que habrían tenido que asentar su liderazgo en sus propios partidos y con sus propias bancadas parlamentarias, y no apelando a un apoyo mediático y plebiscitario.

    ¿Pero no es extrema la solución de cambio de régimen en un país presidencialista? La realidad es que México nunca ha sido presidencialista en democracia -y menos en una democracia como las europeas con múltiples opciones políticas que las diferencian del bipartidismo que ha proporcionado una relativa estabilidad al sistema presidencial en Estados Unidos.

    ¿Pero la segunda vuelta no daría una solución menos radical? El problema es que la segunda vuelta tampoco soluciona el problema de fondo, creando un presidente con una mayoría artificial que es la segunda preferencia de muchos conciudadanos. Al mismo tiempo, y en forma perversa, la segunda vuelta incentiva una mayor fragmentación política ya que partidos o sus escisiones aspiran a llegar a la Presidencia en una segunda vuelta, evitando la necesidad de conformar grandes coaliciones para ganar la primera magistratura de la nación, agravando y no solucionando el problema de falta de propuestas con apoyo mayoritario.

    En este momento de incertidumbre y de polarización en México es difícil plantear la necesidad de retomar la agenda de las grandes reformas políticas y constitucionales que quedaron pendientes en el gobierno de Fox. Gane quién gane en México el próximo presidente tendrá por fuerza que crear un gobierno de coalición. Un líder con un verdadero sentido del futuro buscará sentar las bases institucionales para la gobernabilidad buscando un ajuste necesario en el régimen constitucional. Para que tenga éxito, tendrá que tener el apoyo de todos los mexicanos que tendrán que dejar de lado preferencias programáticas coyunturales y cálculos políticos de corto plazo para lograr soluciones de Estado en bien de la estabilidad política y el progreso de la nación.

    *Director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown. Fue consejero para América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Bill Clinton



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