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José Luis Calva

Espejismo agrícola

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Especialista en economía agrícola y desarrollo rural, fue distinguido c ...

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    09 de junio de 2006

    "Somos una nación bendita porque podemoscultivar nuestros propios alimentos y por ello estamos seguros. Una nación que puede dar de comer a su gente es una nación más segura". Estas palabras fueron pronunciadas por el presidente George W. Bush durante la firma de la Ley de Seguridad Agrícola e Inversión Rural (Farm Security and Rural Investment Act of 2002), dentro de la tradición del nacionalismo estadounidense que considera su agricultura como sector estratégico, no sólo por razones económicas, sino también por razones de seguridad nacional.

    Contrario sensu, la dependencia alimentaria de México ha alcanzado dimensiones inquietantes: las importaciones de granos básicos (maíz, frijol, trigo y arroz), que en 1985 ascendían a 16.3% del consumo nacional aparente (CNA), alcanzaron el 28.2% del CNA durante el trienio 2003-2005; las importaciones de oleaginosas (soya, cártamo, ajonjolí y semilla de algodón) representaron 90.7% del CNA en el último trienio; las importaciones de carnes rojas, que en 1985 ascendían apenas a 3.4% del CNA, alcanzaron 27.8% en 2003-2005; y las importaciones agroalimentarias globales, que en 1985 ascendieron a 2 mil 129.4 millones de dólares (y a 1,790 en 1982), alcanzaron los 13 mil 553.8 millones de dólares anuales en el trienio 2003-2005. Es un resultado natural de la aplicación de los dogmas del Consenso de Washington en la agricultura mexicana.

    "Los pueblos que olvidan su historia, están obligados a repetirla", reza la máxima. Las "reformas estructurales" recomendadas por el FMI y el Banco Mundial para el campo mexicano (la severa reducción de la participación del Estado en la promoción activa del desarrollo económico sectorial; la apertura comercial unilateral y abrupta, que remató en la inclusión completa del sector agropecuario en el TLCAN; y la reforma de la legislación agraria orientada a liberalizar el mercado de tierras), fueron presentadas como el infalible camino hacia la "tierra prometida" de las mayores tasas de crecimiento de la inversión, la productividad y la producción agropecuarias.

    Pero después de casi un cuarto de siglo de perseverante aplicación de las "reformas", la "tierra prometida" resultó ser un espejismo. En valores percápita, el producto interno bruto agropecuario y forestal durante el trienio 2003-2005, resultó 11.1% inferior al observado durante el trienio previo al experimento neoliberal (1980-1982: utilizamos en este análisis promedios trienales para reducir el efecto de factores climáticos en los resultados).

    En kilogramos percápita, la producción de los ocho principales granos en 2003-2005 resultó 10.5% menor que la obtenida en 1980-82; la producción de carnes rojas, 29% inferior; y la producción forestal maderable, 43.9% menor. Los instrumentos fundamentales de la "reforma" debían necesariamente desembocar en ese resultado. En primer lugar, la apertura comercial unilateral y abrupta, combinada con la supresión del sistema de precios de garantía y la recurrente sobrevaluación del peso mexicano, provocó un abrupto descenso de los precios reales de los productos agropecuarios en los que México tiene desventajas competitivas. Por ejemplo, en el trienio 2003-2005, los cultivadores de maíz (sumando al precio de venta el subsidio del Procampo equivalente por tonelada) perdieron 51.4% del poder adquisitivo de su grano respecto al trienio 1980-1982; los trigueros perdieron 50.3%; los cultivadores de frijol, 53%, etcétera. Como resultado, se produjo una fuerte descapitalización de los predios agrícolas, así como el incremento de la pobreza rural y de la emigración al extranjero.

    A la pérdida de ingresos se sumó el abrupto repliegue del Estado en sus demás funciones de fomento rural. La inversión pública agropecuaria disminuyó 93.4% entre el trienio 1980-1982 y el trienio 2003-2005; y el gasto público general en fomento agropecuario se redujo 76.8% durante ese lapso. Paradójicamente, "después del niño ahogado", una visión realista es ahora compartida por el mellizo de Bretton Woods que más destacó como aguerrido promotor de las ´reformas´. "Este sector -reconoce el Banco Mundial- ha sido objeto de las reformas estructurales más drásticas (la liberalización comercial impulsada por el GATT y el TLCAN, la eliminación de controles de precios, la reforma constitucional sobre la tenencia de la tierra), pero los resultados han sido decepcionantes: estancamiento del crecimiento, falta de competitividad externa, aumento de la pobreza en el medio rural" (The World Bank, Estrategia de Asistencia para el País 2002, Informe 23849-ME). Tres años después, el propio Banco Mundial (véase Generación de ingreso y protección social para los pobres, 2005) observó: "La falta de dinamismo en el crecimiento agrícola y la ausencia de mejoras en la productividad de la tierra y el trabajo son una amenaza de consideración en términos de la pobreza rural". El reconocimiento se agradece, aunque no cubra los costos del experimento.

    En el futuro, la cuestión crucial consiste en definir si el campo mexicano debe seguir siendo utilizado como un enorme laboratorio de experimentación neoliberal, o si hemos de reformular nuestra estrategia de desarrollo agropecuario, diseñando los instrumentos de política económica sectorial que abran los cauces del desarrollo agropecuario sostenido con equidad.

    Investigador del IIE-UNAM



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