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Jorge Eugenio Ortiz Gallegos

Maciel, privado del sacerdocio



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    24 de mayo de 2006

    A finales de los 40 ingresé a Montezuma College en la sección de Humanidades, que preparaba seminaristas en una institución denominada Seminario Pontificio de Santa María de Guadalupe. De los cuatro edificios me instalaron en uno blanco que tenía vista al río "de las Gallinas". Poco tiempo después, al salir del edificio me abordó el que se identificó como Marcial Maciel: de raza blanca, alto, de una penetrante mirada y de una hábil manera de dirigirse a sus interlocutores. Me habló de que estaba formando una compañía nueva denominada Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús y de María Santísima de los Dolores, nombre que años después cambió por el de Legionarios de Cristo.

    Hacia 1939 fue expulsado de Montezuma, donde había sido admitido por el patrocinio de su tío, el arzobispo de Cuernavaca, Francisco González Arias. La dirección de Montezuma estaba a cargo de jesuitas que habían adquirido el compromiso de no formar apóstoles para congregaciones, sino sacerdotes para el clero mexicano.

    Tiempo después, conversando con el padre jesuita Jesús Hernández Chávez (muerto apenas hace cinco años a la edad de 100 años) sobre la clase de música en la que él era maestro y la cual yo planeaba incorporar a mi plan de estudios, me preguntó, al despedirme, si conocía yo a un tal Marcial Maciel y qué impresión me causaba. Socarronamente le contesté que tenía un modo de conquistador de jóvenes. El padre Chávez explotó en una carcajada.

    Hacia 1954 me había instalado en Monterrey, casado y con mis primeros hijos. El padre Maciel me llamó pidiéndome una entrevista. Quería que lo reuniese con los hombres más importantes de la comunidad en Monterrey. Por aquellos años era popular el chusco persignarse: "En nombre de Alfa, de Visa, de Cydsa, de Vitro y que Dios nos proteja". La reunión se tuvo en el Salón de Actos del Instituto Motolinía en la zona del Obispado. Los convocados salieron entusiasmados con la idea de una educación que preparase a los grandes líderes que México necesitaba para su desarrollo.

    En 1958, por encargo de algún mecenas regiomontano, acudimos a Roma mi compadre Roberto G. Sada (+) y nuestras respectivas esposas para entregarle una camioneta Suburban. No estaba Maciel disponible y por encargo de la Santa Sede un miembro del Vaticano, el padre Lagoa que se encargaba de administrar la Casa Matriz, generosamente puso a nuestra disposición a un joven llamado Miguel Díaz Rivera (que años después se separó del grupo de los que acusaron a Maciel de sus horribles acciones pederastas).

    Cuando en 1960 Roberto y yo regresábamos de una cacería en la India, el padre Lagoa nos había preparado un pase para asistir a la misa del papa Juan XXIII. El propio pontífice, cuando terminó la misa, nos tomó del brazo y dijo: "Con que mexicani" y nos sentó a la mesa para desayunar con él. Estas eran las satisfacciones del prestigio obtenido en el Vaticano por el padre Maciel.

    Lagoa me dijo que todavía Maciel permanecería en España aquejado por una larga enfermedad. Ya para entonces en el gran mundo del silencio eclesiástico se hablaba de los horrendos vicios del fundador de los legionarios.

    La Iglesia está compuesta de hombres, sujetos a los errores y tentaciones. ¿No es de asombrar que en estos días se canonizará al obispo de Veracruz, don Rafael Guízar y Valencia, y que a Maciel, su sobrino, se le haya retirado del sacerdocio y en consideración a su larga edad no sea sometido a un juicio eclesiástico? Los caminos de Dios de todos modos son obra de amor para aquellos que somos sus hijos.

    jodeortiz@netra.net

    Escritor



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