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Rosario Ibarra

Soles robados

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    18 de abril de 2006

    Las tengo tan presentes; habitan en mi memoria... porque ya se fueron para siempre. Murieron sin poder ver de nuevo a sus hijos.

    El encargo postrero fue que los encontráramos, que no diéramos tregua en la lucha hasta verlos en libertad y que en su nombre les diéramos el abrazo que ellas por mucho tiempo anhelaron...

    Sus rostros desfilan por mi mente, a veces, en el usufructo efímero de su risa y siempre en la plena posesión de su llanto inagotable. Ellas ya no pueden vernos, pero sentimos que partieron sabiendo que su afán era el nuestro y que sus hijos son también de nosotros... las que quedamos.

    En este mes esplendoroso, en estos días de abril, cercanos al aniversario de aquel aciago atardecer que ensombreció mi vida, aquel 18 de abril de 1975, cuando el mal gobierno se llevó a mi hijo, siento más cercano el recuerdo de mis compañeras muertas y a solas les digo, aunque no puedan escucharme, que sigo y seguiremos en esta desigual batalla, con la firmeza monolítica que hemos formado con nuestro dolor y seguras de que tenemos razón.

    Hago repaso y veo a cada una con la efigie de su hijo en el pecho o apretando con sus manos una manta, o alzando una pancarta o afanosas repartiendo volantes y siempre lanzando al viento, todas ellas a coro, el grito lleno de esperanza, sonoro, fuerte, rotundo: ¡vivos los llevaron, vivos los queremos!

    Que hermoso salto fue aquel, cuando de la lucha personal, de la búsqueda de justicia que cada una emprendimos, al encontrarnos, al juntar nuestra pena, saltamos al sentir colectivo, a la amalgama de ideas y de acciones, todas con la intención inequívoca de que la lucha sería por la libertad de todos... y sentimos la fuerza de ser enjambre...

    Para llegar a ello, hubo un largo camino que recorrer, porque había aún en cada una el egoísmo natural -llamémoslo así- de recuperar al ser querido propio, que poco a poco, al acercarnos a conocer cada una las vidas de todas y la forma de ser de nuestros hijos, la lucha se hizo plural, colectiva, como lo hubieran querido ellos...

    Fue muy duro aquel tiempo. Nos colábamos en las manifestaciones que organizaban obreros, campesinos, maestros, estudiantes o colonos inconformes y no éramos vistas con buenos ojos. Nos hacían el vacío, porque éramos "las madres de los subversivos", pero poco a poco también iniciamos aquella lucha colectiva entre todos ellos y nosotros.

    No faltó en nuestro grupo quien se molestara por la actitud discriminatoria de los compañeros. Recuerdo en especial el celo de una madre que se enojó conmigo porque le pedí a unos jóvenes que nos ayudaran a llevar nuestra enorme manta con las fotografías de los desaparecidos.

    Al final de la marcha nos reunimos todas a discutir la diferencia de criterios: unas pocas, decían que sólo nosotros podríamos llevar nuestras mantas y la mayoría, que aceptáramos a todos los que quisieran apoyarnos, porque cuando la exigencia de libertad para los desaparecidos creciera, los recuperaríamos.

    El tiempo nos daría la razón, porque un par de años después llegó la era de oro de la lucha, con el Frente Nacional Contra la Represión (FRNR), cuando 54 organizaciones unimos nuestra fuerza y logramos que liberaran a 148 desaparecidos. Luminosos días aquellos cuando contemplamos los reencuentros...

    Mientras los veíamos, no dejábamos de rememorar aquellas palabras leídas en un viejo periódico de Colombia, pensadas y escritas por algún desaparecido imaginando su libertad:

    "Saldrás de cualquier lugar en cualquier parte, a recibirme y abrazarme y recuperaré en ese abrazo todos los soles que me han robado".

    Dirigente del Comité ¡Eureka!



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