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Porfirio Muñoz Ledo

Elección anticipada

Ex embajador de México ante la Unión Europea. Su trayectoria política es amplia y reconocida: fue fundador y presidente del PRD, senador, di ...

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    20 de marzo de 2006

    Vuelvo de Santiago de Chile. De vivir el momento y el nivel más altos que ha alcanzado la democracia en América Latina, que emergen del talento político y de un acendrado concepto de unidad nacional. El pasado oprobioso diluido ya en la conciencia pública y la certidumbre de faenas compartidas y de arduas asignaturas por cumplir. Un país con rumbo, templanza y actores e instituciones respetables.

    Llego a México en el instante mismo de una fijación prematura de las opciones electorales. Como parte de la gran oleada que impulsa a las izquierdas en la región y como concreción de un reflujo esperado de nuestra historia contemporánea. Como extendida reacción popular frente a una economía concentradora, una sociedad fragmentada y una transición frustrada. Como consecuencia de una campaña exitosa que ha sabido identificar a los verdaderos adversarios del cambio y acompañar los sentimientos de la nación.

    Los resultados de las últimas encuestas y de los comentarios editoriales son concluyentes: la distancia que media entre las preferencias ciudadanas que favorecen al candidato presidencial de la alianza Por el Bien de Todos y sus contendientes no sólo es insalvable sino que se ensancha cada día. Estamos en presencia de un hecho particularmente insólito: el de unas elecciones anticipadas, ante cuya evidencia todas las fuerzas involucradas habrán de definir sus posiciones y luchar por el espacio de poder remanente al que puedan racionalmente aspirar.

    Parecen incluso disiparse los ánimos golpistas y encontrar una frontera infranqueable las maniobras conspiratorias. A partir de ahora toda acción aventurera atentaría no solamente contra la continuidad pacífica del proceso político y la estabilidad económica del país, sino que dañaría severamente los intereses de quienes la promovieran. Como se dice en el lenguaje coloquial, equivaldría a escupir al cielo.

    No de otro modo se explica la más reciente declaración del presidente Fox en la que, sin desdecirse de su fobia "antipopulista", asegura que ni siquiera un gobierno de las características que condena podría afectar la solidez de la economía. Por una parte está reconociendo la presumible victoria de su oponente y por la otra pretende desalentar cualquier movimiento especulativo tendiente a provocar alarma en los mercados con objetivos electorales y cuya única consecuencia sería dañar los éxitos macroeconómicos de que se ufana.

    La debilidad del Estado nacional y las imposiciones crecientes de los poderes fácticos aunados a la imposibilidad del triunfo de su candidato debieran inducir al jefe del Ejecutivo a la recuperación de la imparcialidad que corresponde a su elevado cargo. Es más, debieran inclinarlo a establecer los puentes y preparar los terrenos para una transición oportuna, ordenada y constructiva de su responsabilidad política. Ésa sería la mejor manera de honrar el mandato que el pueblo le otorgó.

    La posición de los partidos en contienda es menos cómoda. El único propósito que pueden racionalmente perseguir es colocarse en el segundo sitio aunque en apariencia pretendan todavía rivalizar con el puntero. La estrategia adoptada por el candidato del PAN se antoja la más errónea. Denostar sistemáticamente al ganador sólo lo empequeñece sin que lo ayude a resolver los problemas estructurales de su campaña que él mismo ha reconocido. Con el riesgo de distanciarse sin remedio del gobierno saliente.

    La actitud del candidato y de la cúpula del PRI parece más pragmática: convencer a los electores de que sólo una transferencia de intereses y de votantes conservadores hacia ese partido podría reestablecer los términos de la competencia. La hipótesis parte del supuesto verosímil de que un corrimiento de los simpatizantes priístas hacia el PAN resulta imposible, pero olvida que una porción importante de los gobernadores y de los candidatos del otrora partido dominante, admiten por adelantado la derrota y adelantan la posibilidad de establecer alianzas con la mayoría en ciernes.

    Ocurre que el verdadero problema en ese partido no reside en encontrar las estrategias para polarizar la elección con la alianza vencedora sino en resolver la sucesión interna, posterior a las elecciones. En ese contexto, a las fuerzas reales del PRI les importa muy poco que su candidato presidencial alcance la medalla de plata: lo que les preocupa es disponer de peso suficiente en el Congreso para prevalecer en la contienda interna y negociar con el nuevo gobierno.

    Se abre así un tiempo político distinto en el que la oposición ha dejado virtualmente de serlo y se prepara para construir una mayoría gobernante y promover un nuevo pacto social. La racionalidad de todos los actores, económicos y políticos, habrá de consistir en su habilidad para incrementar y entender su representatividad real, de manera a contribuir creativamente a la conformación de los nuevos consensos nacionales.

    Ello será posible si se reconoce explícitamente la potestad intransferible de los poderes que habrá de constituir la soberanía popular para convocar a un nuevo acuerdo entre los mexicanos. Si cesa la invectiva y el denuesto y prevalece un clima de concordia en la pluralidad.



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